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Full text of "La cruz de fuego (tópicos de un programa americano)"

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1418 
B48 


I  MANUEL  BERNÁRDEZ 


LA  CRUZ 


DE  FUEGO 


(TÓPICOS  DE  UN  PROGRAMA  AMERICANO) 


IvIBRERIA   NACIONAL 

A.   BájmBIRO   Y  HAMOS 

Barrdro  &  Cia.,  Sucesores 

MONTEVIDEO 


LA  CRUZ  DE  FUEGO 


DEly  MISMO  AUTOR 

25  días  de  Campo  [Cuadros  del  Uruguay),  1887. 

eS;  Tratado  de  la  Asunción  (Comentario  al  ajuste  Ichazo- 
Benitez,  para  el  arreglo  de  límites  entre  Solivia  y  Para- 
guay), 1895.       ' 

De  Buenos  Aires  ai,  Iguazú  (Cartas  de  un  viaje  a  Misiones), 
1901. 

Tambos  y  Rodeos.  Buenos  Aires,  1902. 

Santa  Fé,  1902. 

I,A  Argentina  en  i,os  Mares  Antarticos,  1903. 

Chii,e  en  i,a  Argentina  (Crónicas  commemorativas  del  Tra- 
tado de  límites  andino-patagónicos),  1903. 

lyA  Nación  en  marcha  ( Viajes  por  la  República  Argentina),  1904. 

La  Estancia  Argentina  (Informe  sobre  la  XIV  Exposición 
Rural  de  Palermo,  mandado  editar  en  inglés  por  ley  del 
Congreso  Argentino.  Medalla  de  oro  Exp.  de  St.  Louis),  1904. 

Hacia  i,as  Cumbres  [Crónicas  al  galopé).  Buenos  Aires,  1905. 

Ei<  BRASn,.  Su  Vida  —  Su  Trabajo  —  Su  Futuro  (Cartas  de 
Viaje  a  «El  Diario»),  1908. 

Creado  de  Gado  (Conferencia  e  artigos  publicados  pelo 
Ministerio  da  Via9áo  do  Brasil),  1910. 

Un  Continente  de  Paz  (Cartas  a  «  La  Nación »  y  « El  Dia- 
rio»),  Rio  de  Janeiro,  1912. 

A  Pecuaria  Brasii,eira  (Artigos  publicados  pela  Secre- 
taria da  Agricultura  de  S.  Paulo),  1 91 3. 

Paysandú-ISIanaos  [Problemas  del  intercambio  uruguayo-bra- 
silero). Publicado  por  el  Oub  Fomento  de  Paysandú, 
1914- 

O  Gigante  DeiTado  [Notas  e  actos  de  doze  annos  de  vida  no 
Brasil),  2  vol.,  Roma,  1922. 

O  C0RA9Á0  do  BRASn,  [Chronicas  de  Minas  Geraes).  Roma,  1922). 

La  Cruz  de  Fuego  (Tópicos  de  un  Programa  Americano),  Roma, 
1922. 

EN  PRENSA 

Algunos  Trabajos  [Diplomáticos  y  Económicos). 

ALGUNOS  Trabajos  [Periodísticos  y  Literarios). 

El  Desquite  y  otros  Cuentos. 

Panoramas  Argentinos. 

Sor, Levante  [Versos  Civicos). 

Soi,  Poniente  [Versos  Líricos),  (Edición  Moen). 

EN  PREPARACIÓN 

De  La  Cruzada  ax,  Centenario  [sesenta  anos  de  política 
uruguaya). 

Anteo  [Contactos  con  mi  tierra). 

Las  Patrias  Chicas     [Ensayo  de  psicología  histórica). 

Tres  Tierras  y  un  Cielo  [Páginas  argentinas,  brasileras  y 
uruguayas). 

La  tercera  Italia  [Notas  al  margen  de  una  Memoria  Di- 
plomática). 

Roma  —  t  L'Universelle  »  Imprimerie  Polyglotte. 


MANUEIy  BERNÁRDEZ 


LA  CRUZ  DE  FUEGO 


(TÓPICOS   DE  UN  PROGRAMA   AMERICANO) 


I^IBRERIA   NACIONAL 

A.   BARREIRO   Y   RAMOS 

Batreiro  &  Cia.   Sucesores 

MONTEVIDEO 


F 


«  Las  águilas  del  Norte  y  los  cóndores  meridionales  aprenderán  a  amarse 
sobre  los  picachos  llenos  de  invierno,  sobre  las  florestas  milenarias,  en  la 
paz  de  los  valles,  o  sobre  el  ímpetu  de  los  océanos,  y  sus  pupilas,  donde  gra- 
vita el  misterio  de  los  cielos  profundos,  velarán  perpetuamente  por  el  reposo 
de  las  ciudades  laboriosas.  Porvenir  hacia  el  que  marchamos  con  un  compás 
de  vencedores  ;  porvenir  en  que  puede  pensarse  sin  caer  en  un  optimismo 
sonámbulo,  ya  que  la  América  siente  su  gestación  en  las  entrañas ;  ya  que 
se  está  formando  algo  como  una  conciencia  colectiva,  y  ya  que  todo  ciudadano 
de  una  nación  americana  se  siente  al  mismo  tiempo  ciudadano  de  toda  la  Amé- 
rica libre «...  '<  habrá  mostrado  este  Congreso  que  por  encima  de  las  fron- 
teras cubiertas  de  hierro,  mas  alia  que  las  fortalezas  que  anuncian  las  sobera- 
nías, mas  fuerte  que  los  sillares  de  piedra  de  las  Cordilleras,  mas  evidente  que 
las  selvas  bárbaras  y  los  rios  palpitantes  y  robustos,  —  el  nombre  de  la  gran 
patria  americana  priva  sobre  todas  las  patrias,  como  sobre  la  luz  de  los  soles 
aislados  priva  la  gloria  armónica  de  las  constelaciones ». 

(HÉCTOR  Miranda,  Alocución  inaugtiral  del 
primer  Congreso  de  Estudiantes  Americanos). 


«  Yo  no  puedo  aseguraros  que  esas  normas  llegarán  a  tener  de  inmediato 
una  consagración  práctica,  ya  que  es  necesario  reconocer  que  surgen  a  veces 
dificultades  insalvables,  creadas,  en  momentos  determinados,  por  intereses 
poderosos  de  orden  moral  o  material  que  hay  que  respetar ;  pero  tengo,  si,  la 
convicción  de  que  en  el  futuro,  las  normas  a  que  yo  adhiero  se  impondrán  sobre 
todas  las  conveniencias  subalternas,  y  harán  que  el  Continente  Americano, 
libre  de  odios  seculares  y  de  perniciosos  prejuicios  de  razas,  sea  capaz  de  te- 
ner influencia  para  atenuar  las  hoscas  rivalidades  que  ahora  arruinan  a  los 
paises  europeos  y  comprometen  el  bienestar  del  Mundo «. 

(Baltasar    Brum,    Solidaridad  Americana, 
Conferencia  a  los  estudiantes  uruguayos). 


IvA  CRUZ  DB  FUEGO 


Tu,  placido  e  paludo  ulivo, 
non  daré  a  noi  n  ulla  :  ma  resta ! 
ma  cresci,  sioiro  e  tardivo 

nel  tempe  c±e  tace  ! 

(GlOVANNI  PASCOLI). 

Con  tallos  de  hierba  se  trenza 
la  cuerda  que  subyuga  a  los 
elefantes. 

(Pan  chatantra)  . 

I. 

El.  GIGANTE  ACOSTADO 

Las  páginas  contenidas  en  estos  volúmenes  (*) 
carecen  de  la  unidad  estética  de  un  plan,  pero  poseen 
la  coherencia  moral  de  una  orientación  constructiva, 
informada  en  sentimientos  de  concordia  y  de  tenaz 
idealismo,  de  cuyo  génesis  distante  es  grato  a  mi  oído 
y  a  mi  espíritu  repetir  las  palabras  augúrales  :  « al 
día  siguiente,  rayando  en  los  cielos  una  aurora  serena, 
el  Ar aguaya,  disminuida  su  mole  por  la  grandiosidad 
del  panorama  que  iba  surgiendo  de  las  ondas,  ponía 
rumbo  hacia  la  barra  de  la  maravillosa  bahía  de  Rio, 
en  cuyo  perfil  exterior  una  estupenda  fantasía  del  Crea- 
dor de  las  cosas  dibujó,  con  las  montañas  de  la  Gavea  y 
de  Tijuca  la  cara  de  nariz  aquilina,  con  el  Corcovado 
el  tronco  y  las  piernas,  y  con  el  Pan  de  Azúcar  los  pies 
de  un  cuerpo  humano  quimérico  y  grandioso,  que  es 
llamado  «el  gigante  acostado  »  o  «el  gigante  que  duerme». 
Allá  estaba  el  gigante,  tirado  de  espaldas,  inmóvil  en 
su  milenario  sueño  de  piedra  ;  pero  la  imaginación 
estimulada  por  la  extraña  y  severa  grandeza  del  es- 

(*)  Este  Ensayo  fué  publicado  como  Introducción  a  la 
obra  a  O  Gigante  Deitado  b  (El  Gigante  Acostado)  « Notas 
y  Actos  de  doce  años  de  vida  en  el  Brasil ».  2  vol,  Roma,  1922. 


8  La  Cruz  de  Fuego 

pectáculo  en  contraste  con  la  dulzura  virginal  del  am- 
biente matutino,  llevaba  a  pensar  si  no  habría  llegado 
la  hora  en  que  aquél  ciclópeo  durmiente,  despierto  por 
fin,  se  irguiese  a  cumplir  un  glorioso  destino  !  .  .  .  Pen- 
sando así,  esperimentaba  una  buena  alegría  al  darme 
cuenta  de  que  tal  pensamiento  no  despertaba  la  menor 
sombra  de  inquietud  ni  el  menor  recelo  en  el  cariño 
que  llena  mi  alma  por  las  dos  patrias  platenses  —  por  la 
mía  muy  amada  que  ata  mi  corazón  a  su  tierra  tres 
veces  bendita  con  los  lazos  de  la  infancia,  de  la  juven- 
tud, del  amor  santificado,  de  las  mayores  alegrías  y 
los  más  hondos  dolores,  y  por  aquella  cuyo  alto  interés 
y  cuyo  espíritu  me  guían  en  esta  jornada,  y  a  cuyo 
excelso  destino  me  ligan  vínculos  de  afectuosa  grati- 
tud y  de  nobles  deberes.  Voy  a  ver  —  voy  a  tratar  de 
ver  el  alma  del  Brasil  —  y  quiera  mi  buena  estrella 
que  las  convicciones  ulteriores  confirmen  el  tranquilo 
optimismo  con  que,  en  esta  hora  de  reHgioso  recogi- 
miento, libre  el  corazón  de  egoísmo  y  la  conciencia  de 
todo  preconcepto  que  pueda  perturbarla,  me  dispongo 
a  reañzar,  como  mejor  y  más  lealmente  sea  permitido 
a  la  pequenez  de  mis  medios,  la  obra  de  información 
imparcial  que  me  trae  a  estas  playas,  y  en  cuya  ejecu- 
ción deseo  ardientemente  poder  encontrar  y  traer  a  la 
luz,  ya  sea  en  su  realidad  objetiva,  ya  « bajo  el  manto 
diáfano  de  la  Fantasía,  la  fuerte  desnudez  de  la  Ver- 
dad ! ))  (*) 

Esas  palabras,  escritas  cuando  por  primera  vez 
contemplaron  mis  ojos  embebecidos  el  inagotable 
asombro  de  la  naturaleza  brasüera,  traducían  con 
sincera  emoción  el  limpio  pensamiento  con  que,  en  im 
momento  de  serias  aprensiones  internacionales,  acepté 
de  un  gran  diario  argentino  la  misión  de  un  viaje  de 
estudio  al  Brasil,  procurando  desentrañar  de  la  obser- 
vación de  las  cosas  y  del  trato  con  los  hombres,  la  ver- 
dad verdadera  sobre  sus  sentimientos  e  intenciones  en 
relación  a  sus  vecinos.  El  resultado  de  aquella  misión 
que  —  por  la  autoridad  del  diario  que  la  divulgó  — 
tuvo  una  repercusión  considerable   —  se  resumió  pri- 

(*)  «  El  Brasil »,  1908. 


La  Cruz  de  Fuego  9 

meramente  en  un  libro  y  fué  desdoblándose  después, 
al  azar  de  las  circunstancias,  en  una  asidua  y  agradable 
labor  encaminada  a  probar,  por  la  evidencia  de  un  cada 
vez  más  intenso  intercambio  de  intereses  materiales  y 
por  el  cambio  amable  de  nobles  valores  intelectuales 
y  sociales,  que  aquellos  dos  grandes  pueblos  no  tenían 
—  según  mi  poco  saber  y  entender  había  podido  cons- 
tatar en  el  Brasil  y  sabía  de  memoria  en  relación  a  la 
Argentina  —  otra  ambición  que  cultivar  en  paz  sus 
opulentas  heredades,  ni  existía  ningún  punto  forzoso 
de  roce  en  sus  derroteros  ;  pudiéndose,  por  el  contrario, 
ver  en  ellos  un  feliz  paralelismo,  hasta  en  el  hecho  de 
que  sus  respectivas  grandezas,  aún  cuando  llegasen,  en 
el  tiempo,  a  ser  equivalentes,  serían  siempre  y  cada 
vez  más,  desemejantes  —  de  donde  podía  deducirse 
sin  miedo  que  nunca  sus  destinos  vendrían  a  encon- 
trarse en  la  fatahdad  inextricable  de  ima  encrucijada. 
El  tiempo  no  necesitó  encanecer  para  dar  toda  ra- 
zón a  los  que,  creyendo  lealmente  en  lo  que  vieron  sus 
ojos  y  oyeron  sus  oídos,  declararon  contraria  a  toda 
realidad  actual  y  a  toda  lógica  de  futuro  qualqtder 
posibilidad  de  conflicto.  Bastaron  algunos  actos  polí- 
ticos, simples  y  cordiales,  entre  los  cuales  culminó 
por  su  pronta  eficacia  la  doble  misión  Campos  SaUes- 
Roca,  hija  de  una  feliz  inspiración  del  Canciller  Mtiller, 
para  que  las  supuestas  nubes  de  tormenta  se  disipasen 
en  el  aire  tranquilo,  y  los  profetizados  huracanes  se 
convirtieran  en  blandas  brisas  ;  formándose,  sin  ningún 
artificio,  por  natural  reacción  del  buen  sentido  colec- 
tivo predominante  en  ambos  pueblos,  un  ambiente  de 
franco  estímulo  para  el  fomento  de  actividades  útiles, 
en  el  sentido  de  intensificar  y  multipHcar  el  intercambio 
de  intereses,  que  debía  aumentar  y  hacer  cada  día 
más  duradera  la  armonía  y  la  confianza  de  los  espí- 
ritus. 

II. 

ASUNTOS   DE   FAM1I.IA 

En  este  ambiente  simpático,  al  par  de  muchas 
nobles  y  altas  voluntades,  me  fué  grato  continuar, 
y  continué  durante  años,   utilizando  mi  afición  predi- 


I  o  La  Cruz  de  Fuego 

lecta  de  publicista,  en  la  agradable  tarea  de  sugerir  o 
de  apoyar  medios  de  entendimiento,  en  múltiples  sen- 
tidos y  terrenos,  aun  después  de  haber  fijado  residencia 
en  Rio  de  Janeiro.  Comprendiendo  en  mi  esfera  de 
acción  sentimental  y  afectiva  un  campo  no  limitado 
por  ningún  egoismo  o  parcialidad,  ni  personal  ni  na- 
cional, mi  empeño  de  vulgarizador  de  ideas  y  hechos 
que  me  parecieron  útiles,  caminó  siempre  con  mi  ho- 
rizonte —  primero  hasta  los  confines  de  la  tierra  argen- 
tina, donde  viví,  lleno  de  nobles  estímulos,  doce  años 
de  vida  mental  activísima  y  creo  que  no  infecunda, 
después  dentro  de  la  vastedad  de  la  tierra  brasilera, 
donde  agregué  al  activo  de  mis  satisfacciones  íntimas 
otros  doce  años  no  menos  laboriosos,  puestos  con  la 
misma  sincera  dedicación  y  obedeciendo  siempre  a 
un  amplio  sentimiento  americano,  al  servicio  de  cuanta 
forma  de  trabajo  útil,  de  cuanta  actividad  o  posibilidad 
intelectual,  artística,  económica,  industrial,  comercial, 
deportiva,  turística,  social  —  en  fin,  de  cuanto  pensa- 
miento digno  de  atención  atravesara  el  sector  de  mi 
observación  y  pudiera  obtener  algún  pequeño  aumento 
de  prestigio  con  el  exiguo  concurso  de  mi  buena  volun- 
tad. Conferencias,  cartas  informativas  que  formaron 
un  grueso  epistolario,  informes  oficiales,  folletos,  artículos 
sueltos,  notas  de  reportaje  y  correspondencias  para 
diversos  diarios  del  Plata,  todas  esas  armas,  más  o 
menos  familiares  a  mis  manos  de  viejo  periodista,  fue- 
ron alternativamente  empleadas,  con  el  afán  y  el  pla- 
cer de  servir  aquel  ideal  de  afectuosa  lealtad  en  los 
sentimientos  y  de  prosperidad  en  el  trabajo.  Y  era  para 
mi  grande  satisfacción  y  fuerte  estímulo  no  tener  nunca 
que  hacer  restricciones,  ni  verbales  ni  mentales,  al 
pugnar  por  nuevas  formas  de  progreso  industrial  o 
de  armonía  cultural,  comercial,  económica,  pudiendo 
siempre  abarcar  en  amplios  gestos  cordiales  los  inte- 
reses de  todos  los  países  vecinos,  aconsejando  el  mu- 
tuo aprovechamiento  de  la  experiencia  que  cada  uno, 
en  lo  que  le  era  especial,  iba  adquiriendo,  para  aumentar 
así,  rápidamente,  por  la  adición  de  todos  los  tributos, 
el  acerbo  precioso  de  la  común  civilización.  Tal  proceder 
me  fué  siempre  norte,  como  se  verá  en  las  páginas  des- 


La  Cruz  de  Fuego  it 

hilvanadas  que  ahí  van  en  esos  volúmenes.  Poco  des- 
pués de  llegar  al  Brasil,  aun  sin  ningún  compromiso 
ni  siquiera  de  amistades  que  sólo  el  tiempo  y  una  grata 
convivencia  debían  originar,  fui  invitado  a  exponer 
algunas  ideas  sobre  reorganización  y  aprovechamiento 
industrial  del  rebaño  brasilero  ;  y  después  de  esbozar 
las  líneas  generales  del  plan  que  parecía  más  racional 
a  mi  poca  experiencia,  aconsejé  para  su  más  rápida  y 
segura  ejecución  la  conveniencia,  de  parte  del  Brasil, 
de  asimilar  directamente,  injertando  de  gajo,  con  sim- 
ples adaptaciones  a  su  caso,  el  fruto  maduro  de  nuestra 
experiencia  del  Plata,  ya  secular  en  estas  actividades, 
evitando  así  la  inmensa  pérdida  de  tiempo,  los  errores, 
las  decepciones  y  los  ríos  de  dinero  que  nos  costó  a 
nosotros  el  largo  aprendizaje.  Y  cuando  ya  radicado  en 
el  Brasü  miraba  hacia  el  Sud  meditando  nuevos  enten- 
dimientos, 5^a  fuese  para  aproximar  y  reunir  las  brillantes 
caravanas  de  nuestras  élites  sociales,  ya  fuese  para 
intercambiar  maestros,  o  para  comprar  reproductores 
ganaderos,  o  para  celebrar  acuerdos  de  protección  y 
defensa  de  nuestra  riqueza  agraria,  siempre  hablé, 
antes  que  del  Uruguay  o  de  la  Argentina,  del  Rio  de 
la  Plata.  Confieso  que  no  obraba  así  con  im  propósito 
completamente  definido  ;  obedecía  más  bien  a  un  sen- 
timiento o  impulso  americanista  ligeramente  romántico, 
que  desde  muy  temprano  influyó  en  mi  visión  de  las 
cosas  continentales,  las  que  en  ninguna  circtmstancia 
pude  dejar  de  considerar  de  común  interés.  Nunca  ad- 
mití la  hipótesis  de  que  ningún  país  de  América,  comen- 
zando por  el  mío,  pudiese  basar  su  prosperidad,  no  digo 
en  el  perjuicio,  sino  ni  aun  en  la  falta  de  información 
o  en  la  rectificación  de  un  rumbo  equivocado,  en  que  la 
experiencia  hecha  por  un  vecino  le  pudiese  servir. 
Siempre  creí  que,  si  cualquier  otra  nación  de  nuestra 
famüia  continental  pudiese  y  quisiera  hacer  alguna 
cosa,  industria,  comercio,  cultura,  como  nosotros  o 
mejor  que  nosotros,  y  nuestro  consejo  pudiese  servirle, 
deberíamos  dárselo  enseguida,  y  aun  anticipar  la  su- 
gestión si  tal  austera  satisfacción  estuviese  a  nuestro 
alcance. 


X2  La  Cruz  de  Fuego 

III. 
CADA  VINO  EN  SU   ODRE 

Felizmente,  estamos  apenas  tanteando  actividades, 
y  nuestra  principal  dificultad  es  la  de  escoger.  En 
aquel  orden  de  ideas,  por  ejemplo,  desde  las  columnas 
editoriales  de  « El  Diario  »  argentino  concurrí  en  ima 
noble  polémica  con  « La  Nación »  a  sostener  la  tesis 
de  la  nacionalización  del  puerto  de  La  Plata  como 
antepuerto  de  Buenos  Aires,  para  que  la  capital  argen- 
tina tuviese  un  puerto  profundo,  donde  pudieran 
entrar  los  barcos  de  gran  tonelaje  que  habian  de  resol- 
vernos el  problema  visceral  de  los  ñetes  económicos. 
Aparentemente  —  y  no  faltó  quien  me  lo  recordase  — 
eso  contrariaba  intereses  del  puerto  de  Montevideo, 
que  tiene  profundidad  para  los  grandes  calados  y  podía 
quizá  pretender  en  alio  alguna  pequeña  hegemonía 
platense.  Así  parece  que  yo  iba  contra  una  conveniencia 
de  mi  país  .  .  .  Pero  un  concepto  más  ampUo  de  las  co- 
sas mostraba  enseguida  la  honesta  coincidencia  de  los 
intereses,  —  porque  siendo  Buenos  Aires  cabeza  na- 
tural de  líneas  ultramarinas  y  siendo  su  tráfico  la  mayor 
atracción  en  el  Atlántico  Sud  para  los  grandes  navios, 
no  sería  posible  pretender  que  estos  viniesen  sólo  por  el 
tráfico  de  Montevideo,  resultando  así  nuestra  superiori- 
dad totalmente  ilusoria,  —  pues  pensar  que  podríamos 
imponer  a  Buenos  Aires  la  condición  de  un  puerto  de 
cabotaje  dependiente  del  nuestro  para  el  gran  tráfico 
era  una  niñería,  visto  que  el  lecho  fangoso  del  estuario, 
desde  Puerto  Madero  hasta  Punta  de  Indio,  podía 
ser  llevado  a  una  profundidad  de  28  a  30  pies  sólo  con 
obhgar  a  los  barcos  que  salieran  del  puerto  a  arrastrar 
cadenas  de  hierro  por  el  canal  hasta  los  fondos  mari- 
nos, como  se  hizo  en  el  Mississippi,  —  o  podrían  los  argen- 
tinos —  que  ya  improvisaron  en  veinte  meses,  traba- 
jando día  y  noche,  su  grandioso  puerto  miHtar  —  cons- 
truir de  un  año  para  otro  un  puerto  para  Buenos  Aires 
más  profundo  que  el  nuestro,  en  la  vecina  ensenada  de 
Samborombon,  que  una  electrovía  a  alta  velocidad 
aproximaría  a  una  hora  y  media  de  Puerto  Madero, 
constituyendo  así  un  potente  complexo  portuario.  Ante 


La  Cruz  de  Fuego  13 

esas  posibilidades  evidentes,  parece  claro  que  el  interés 
uruguayo,  aun  mirado  por  la  visual  de  un  patriotismo 
egoísta,  no  estaría  nunca  en  obstar,  aun  cuando  eso 
fuese  factible,  al  mejoramiento  de  la  situación  portua- 
ria argentina  ;  pero  es  curioso  e  instructivo  para  quien 
aprecia  la  utilidad  de  ciertas  generalizaciones,  compro- 
bar que  también  el  interés,  que  parecía  ajeno  al  caso, 
del  Brasil,  sería  perjudicado  si  la  Argentina  no  viniera 
a  tener  puertos  en  que  pudiesen  operar  barcos  de  gran 
tonelaje  :  porque  en  esa  hipótesis,  sólo  tendrían  estos 
el  atractivo  del  tráfico  brasilero,  que,  por  la  propia  na- 
turaleza de  sus  principales  productos  —  que  compara- 
tivamente a  su  valor  requieren  mucho  menor  tonelaje 
que  los  argentinos  —  no  comportaría  por  muchos  años 
el  establecimiento  de  grandes  líneas  exclusivas,  con  ca- 
becera terminal  en  Rio.  Era  el  conjunto  sumado  de 
nuestras  producciones,  donde  abultan  por  su  ingente 
volumen  métrico  los  cereales  y  las  carnes  argentinas, 
lo  que  nos  daría  a  todos  el  beneficio  de  los  grandes  tone- 
lajes —  hacia  donde  ya  iba  evolucionando  y  debe  for- 
zosamente volver  la  marina  mercante,  —  y  la  conse- 
cuente disminución  de  los  fletes,  vital  para  nuestra 
expansión  en  los  mercados  ultramarinos. 

IV. 

SIN   RUMBO   Y  SIN  PROGRAMA 

Sería  una  puerilidad  atribuir  a  quien  escribe  estas 
referencias  el  propósito  de  asumir  el  papel  de  precursor 
o  de  rapsoda  de  nuevas  gestas.  Quién  fuese  capaz  de 
pensar  tal,  vale  más  que  deje  el  libro.  Refiéreme  a  estas 
cosas  con  cierto  pormenor  porque  ya  no  es  tiempo  de 
hablar  de  intereses  de  América  por  medio  de  fórmulas 
sibilinas  y  dogmas  cerrados.  Precisamos  tratar  concre- 
tamente nuestros  asimtos,  nuestros  negocios,  nuestros 
ideales,  en  fin,  nuestros  intereses.  Precisamos  poner  sin 
demora  en  acción  el  viejo  lema  del  Brabante,  pero  menos 
que  hablando,  haciendo.  Discursos  de  confraternidad 
hemos  oído  bastantes.  Es  necesario  empuñar  la  palanca, 
y  que  cada  esfuerzo  personal  o  colectivo,  de  hombre 
o  de  nación,  haga  lo  más  que  pueda.   Nos  falta  im 


1 4  La  Cruz  de  Fuego 

programa  de  conjunto.  Debemos  pensar  en  hacerlo. 
Andamos  desorientados  dentro  de  nuestro  vasto  conti- 
nente, demasiado  absortos  en  nuestros  pequeños  egoís- 
mos, preocupado  con  exceso  cada  uno  de  nosotros  con 
su  caso  nacional,  con  su  política,  con  su  presupuesto, 
ignorando  lo  que  hacen  los  demás,  haciendo  un  aprendi- 
zaje democrático  muy  desigual  y  muy  lento,  porque 
nadie  procura  aprender  de  nadie  ;  mientras  que,  si  es- 
tuviésemos en  relaciones  más  familiares,  podríamos 
pasarnos  unos  a  otros  tanta  lección  útil,  tanta  expe- 
riencia provechosa,  por  encima  de  nuestros  muros  di- 
visorios !  «  No  quiero,  señor  »  —  decía  Webster  en  1826, 
hablando  en  el  Parlamento  americano  sobre  la  misión 
que  debía  ir  al  Congreso  de  Panamá  —  « hacerme  ilu- 
«  siones  sobre  los  progresos  de  aquellos  nuevos  Estados, 
« en  la  grande  obra  de  establecer  una  hbertad  popular 
« y  una  democracia  sobre  bases  sólidas.  Sé  que  en 
«  esta  obra  larga  son  niños  de  escuela.  Pero,  gracias  a 
« Dios,  ya  están  en  la  escuela  !  ».  Generoso  amigo 
nuestro  !  Aquella  escuela,  en  vez  de  conservarse  abierta 
para  toda  la  familia,  se  subdividió  en  tantas  cuantas 
unidades  políticas  surgieron  ;  y  faltando  el  gran  agente 
educador  de  la  comparación  constante  y  de  las  fectm- 
das  emulaciones,  muchas  de  las  escuehtas  se  con- 
virtieron en  capillas  sectarias,  de  tiranía  y  abdicación, 
que  hicieron  posibles  largos  y  espesos  aislamientos  me- 
dioevales entre  pueblos  que  en  una  intensa  vida  de  rela- 
ción y  en  un  estrecho  y  leal  contacto  de  las  manos  y 
de  las  almas,  tenían  la  condición  suprema  de  su  pro- 
greso. 

V. 

I.A  LECCIÓN  DEIv  PASADO 

Sin  embargo,  venía  desde  el  dintel  de  nuestra  vida 
libre  un  obscuro  pero  evidente  sentimiento  de  cohesión, 
insinuándose  en  la  preocupación  generosa  de  no  aislar 
los  esfuerzos  destinados  a  hbertar  el  continente  dentro 
de  límites  o  fronteras  apenas  empezadas  a  dehnear, 
en  la  tierra  estremecida,  por  los  sables  de  la  Revolución. 
Kntre  las  palabras  precursoras  —  sagradas  simientes 
que  no  podían  dejar  de  germinar  en  la  hora  propicia  — 


La  Cruz  de  Fuego  15 

es  dulce  a  mi  oído  sentir  el  eco  perenne  y  grave  de 
la  palabra  de  Artigas,  el  primero  en  el  tiempo  que,  ir- 
guiéndose  sobre  el  precario  horizonte,  aún  no  definido, 
de  la  patria  que  estaba  fundando,  y  extendiendo  la 
mirada  aún  más  allá  de  los  vastos  confines  del  Virreinato 
del  Plata,  pensó  y  habló  del  « interés  de  América  », 
declarando  que  « la  libertad  de  América  formaba  su 
sistema,  y  planearla  era  su  único  anhelo  »,  y  en  memo- 
rable nota  de  23  de  enero  de  1812,  «  cuando  las  vic- 
torias españolas  en  el  Alto  Perú  hacían  dudar  de  la 
suerte  de  la  Revolución  »,  afirmó  la  necesidad  de  una 
campaña  continental  ;  campaña  de  irrevocable  reden- 
ción, que  cinco  años  más  tarde  sería  gloriosamente  rea- 
lizada por  San  Martin,  atravesando  los  Andes,  Hber- 
tando  a  Chile  y  subiendo  al  Norte  —  en  una  escuadra 
chilena  y  acaudillando  soldados  argentinos  y  chilenos— 
a  hacer  del  opulento  Virreinato  del  Perú  una  gran  na- 
ción libre  —  y  por  BoHvar,  bajando  de  los  majestuosos 
planaltos  ecuatoriales  como  un  heraldo  del  destino,  y 
dejando  detrás  de  sus  victorias,  ya  en  floración,  un  se- 
millero de  nuevas  naciones.  Uno,  ejecutor  genial  y 
estoico  de  los  grandes  ideales  de  Mayo,  —  otro,  Hombre- 
Providencia  y  Hombre-Tempestad,  en  cuya  naturaleza 
volcánica  más  que  en  la  de  cualquier  otro  de  los  grandes 
condotieros  de  la  historia,  se  reaHzaba  aquella  subHme 
y  formidable  mezcla  del  concepto  emersoniano,  « de- 
monio y  dios,  fulguración  y  espasmo,  estupendo  anta- 
gonismo que  se  mueve  con  los  polos  del  Universo », 
aquellas  dos  ingentes  fuerzas  desencadenadas  irresis- 
tiblemente como  dos  convergentes  pamperos  de  Li- 
bertad, el  uno  del  Septentrión  al  Noto,  el  otro  del  Noto 
al  Septentrión,  eran  como  una  primera  encarnación  del 
Verbo  americano,  como  una  fuerza  virtual  del  principio 
aún  no  enunciado,  pero  ya  latente  y  actuando  miste- 
riosamente en  la  conciencia  de  los  pueblos,  de  la  soH- 
daridad  continental.  Sobre  la  trágica  serie  de  tormentas 
que  ha  sido  nuestra  lucha,  ya  secular,  por  la  indepen- 
dencia y  por  la  democracia,  el  arco-iris  de  iniciativas 
prematuras  y  audaces,  de  actos  inspirados  por  un  ge- 
neroso idealismo,  de  altas  palabras  proféticas,  ha,  de 
distancia  en  distancia,  extendido  sobre  la  torva  faz  de 


i6  La  Cruz  de  Fuego 

los  cielos,  la  cinta  promisora  de  sus  siete  colores.  Y 
quizá  valiese  la  pena  recordar  siquiera  algunas  de  las 
nobles  sugestiones  que  surgen  del  pasado  como  índices 
indicadores  del  rumbo,  para  comprobar  la  universa- 
lidad de  aquellos  sentimientos,  orientados  en  el  sentido 
de  integrar  en  alguna  forma  una  entidad  continental. 
Va  a  tener  un  siglo  el  inaudito  gesto  de  Bolívar,  estéril 
en  frutos  inmediatos,  inmenso  en  sugestiones  de  futuro, 
pretendiendo  formar  en  el  Congreso  de  Panamá  una 
Confederación  imposible  por  su  índole  imperialista  que 
los  pueblos  americanos  sentían  instintivamente  con- 
traria a  sus  vitales  conveniencias  ;  pero  junto  a  ese 
designio  liberticida,  como  un  purísimo  diamante  en- 
garzado en  un  arma  de  muerte,  fulguró  por  vez  primera 
bajo  nuestros  cielos  la  idea  del  arbitraje,  ñamada 
a  ser  el  fluctuat  nec  mergitur  de  los  pueblos  americanos. 
Nada  se  hace,  mas  todo  se  prepara.  Kl  sentimiento  de 
cohesión,  que  no  es  sino  el  instinto  de  conservación  de 
la  raza,  continúa  a  reflorecer  en  sucesivas  primaveras, 
depurándose  gradualmente  de  designios  nocivos,  evolu- 
cionando através  de  Conferencias  y  Congresos  Sud 
y  Panamericanos,  cada  vez  con  mayor  energía,  desde 
el  ideal  elemental  y  sentimentalista  de  Monteagudo 
de  «  conservar  la  paz  y  la  amistad  entre  las  Naciones 
del  Nuevo  Mundo  »  hacia  la  forma  más  dinámica  de 
crear  una  entidad  jurídica  continental,  bajo  la  base  de 
la  unificación  del  Derecho.  Era  el  camino  más  seguro 
aunque  tal  vez  el  más  largo.  La  Conciencia  política  fa- 
vorable a  una  comimidad  permanente  de  los  Estados 
americanos,  ha  oscilado  en  ese  terreno  entre  impulsos 
divergentes  ;  pero  la  conciencia  jurídica  ha  caminado 
a  lentos  pasos  firmes,  y  con  ella  la  idea  de  sohdaridad 
ha  continuado  emergiendo  de  la  nebulosa  ideológica, 
ensayando  su  fuerza  episódicamente,  en  lances  memora- 
bles, en  que  los  pueblos  de  América  I,atina  han  honrado 
su  origen,  acudiendo  alternativamente  los  unos  en  apoyo 
de  los  otros  :  ora  es  Chile,  que  después  de  haber  coope- 
rado con  ejércitos,  escuadra  y  dinero  para  la  independen- 
cia del  Perú  y  de  haberlo  ayudado  más  tarde  a  abatir 
en  Yungay  la  peligrosa  tiranía  de  Santa  Cruz,  apoya 
nuevamente  al  vecino  en  el  incidente  de  las  Islas  Chin- 


La  Cruz  de  Fuego  17 

chas,  invocando  por  primera  vez  la  entonces  reciente 
Doctrina  de  Monroe,  y  acompaña  al  pueblo  hermano 
hasta  el  sacrificio,  declarando  por  soHdaridad  guerra  a 
España  y  sufriendo  el  bombardeo  de  Valparaíso  ;  ora 
es  la  Argentina,  que  sin  tener  ningún  motivo  especial 
ni  aún  de  vecindad  geográfica,  protesta  también  en 
apoyo  del  Perú  por  la  altísima  voz  de  su  Ministro 
Sarmiento,  que  funda  el  gesto  memorable  «  en  el  espí- 
ritu de  solidaridad  continental  y  en  la  unidad  de 
principios  e  intereses  americanos  »,  y  más  tarde,  ya  en 
nuestros  días,  apoya  a  la  gloriosa  y  atribulada  patria 
de  Bolívar  con  la  histórica  nota  Drago,  que  fundó  é 
impuso  una  nueva  Doctrina  al  mundo  civilizado  ;  ora 
es  el  Brasil,  protestando,  desde  los  trópicos  distantes, 
en  notable  documento,  ante  el  Gobierno  de  España, 
contra  el  bombardeo  de  Valparaíso  (*)  y  ofreciendo  en 
la  misma  grave  contingencia  a  Chile  sus  buenos  oficios 
y  su  apoyo  moral  « para  que  no  prevalezcan  principios 
ofensivos  a  la  autonomía  y  a  los  legítimos  intereses  de 
los  Estados  del  continente  americano  »  y  más  tarde, 
alternativamente,  concurriendo  con  su  concurso  mili- 

(*)  ...  «La  moderna  civilización,  respetando  los  derechos 
de  los  beligerantes,  tiende  a  aminorar  los  males  que  resultan 
del  estado  de  guerra  ;  consigue  proteger  tanto  la  propiedad 
neutral  como  la  enemiga  inofensiva,  y  condena  todo  acto 
de  hostilidad  que  no  sea  necesario.  Valparaíso  estaba  prote- 
gido por  esta  práctica  saludable.  No  era  tma  plaza  de  guerra  ; 
era  una  ciudad  comercial  y  encerraba,  además  de  la  propie- 
dad enemiga  enteramente  inofensiva,  propiedad  extranjera 
y  neutral  de  valor  considerable.  Su  destrucción  en  nada  apro- 
vechaba a  España.  No  quitaba  recursos  al  enemigo,  ni  ín- 
fima directa  o  indirectamente  en  el  éxito  de  la  guerra.  Bom- 
bardeando aquella  ciudad,  perjudicó  España  principalmente 
a  los  intereses  neutrales,  y,  estableció  un  precedente  fatal 
que  no  puede  ser  sancionado,  ni  aún  por  el  silencio  de  las  de- 
más naciones.  El  Brasil,  y  la  mayor  parte  de  los  Estados  Ame- 
ricanos, nuevos  aun,  no  disponen  de  todos  los  recursos  nece- 
sarios para  hacerse  respetar ;  y,  diseminada  su  riqueza  y 
su  población  a  lo  largo  de  costas  extensas  e  indefensas, 
están  sujetas  al  abuso  de  la  fuerza,  y  necesitan,  por  eso,  más 
que  las  otras,  que  sean  mantenidas  las  máximas  de  la  civili- 
zación moderna  que  constituyen  su  principal  y  más  eficaz 
Erotección ».  (Despacho  del  Consejero  Saraiva,  jefe  del  Go- 
iemo  Imperial,  a  la  Legación  Brasilera  en  Madrid  para  ser 
comunicado  al  Gobierno  de  España.  15  mayo  1866). 


i8  La  Cruz  de  Fuego 

tar  y  financiero  para  ajoidar  a  destruir  despotismos 
en  la  Argentina  y  en  el  Paraguay,  y  para  auxiliar  al 
vecino  Uruguay  en  diversas  crisis  ¿olorosas  de  su  or- 
ganización nacional ;  ora  es  el  Perú  —  que  ya  probara  su 
fe  americana  organizando  en  Lima  dos  Congresos  jurí- 
dicos continentales,  uno  en  1864,  otro  en  1879  —  invi- 
tando para  el  segundo,  con  un  gesto  que  era  un  grito 
de  aliento  soHdario  «  a  la  República  de  Cuba  en  armas  » 
en  momentos  en  que  la  joya  antillana  mantenía  heroi- 
camente con  España  su  primer  guerra  por  la  indepen- 
dencia :  ora  son  —  en  un  lance  espléndido  —  todos  los 
pueblos  latinos  del  Nuevo  Mundo,  toda  la  latinidad 
americana  presente  en  el  segundo  Congreso  de  la  Haya, 
que,  sin  haber  pensado  en  acuerdos  previos,  en  un  uná- 
nime movimiento  de  defensa  de  su  vital  interés,  de  su 
dignidad  y  del  concepto  a  que  se  sentía  con  pleno  de- 
recho ante  la  civilización,  sostuvo  victoriosamente, 
contra  los  leaders  altaneros  del  Poder  y  de  la  Fuerza, 
apoyando  con  los  votos  de  todas  las  delegaciones  la- 
tino-americanas el  pensamiento  genial  y  la  palabra 
admirable  de  Ruy  Barbosa,  la  tesis  —  que  era  para 
nosotros  suprema  condición  de  ser  o  de  no  ser  en  la 
comunidad  internacional  —  de  la  igualdad  de  todas 
las  naciones,  débiles  o  armipotentes,  en  la  soberanía 
y  en  el  Derecho  ;  ora  es  aquél  gesto  nobilísimo  de  los 
Ministros  Murature,  Müller  y  Villegas  —  los  Canci- 
lleres del  A.  B.  C.  —  que  con  serena  decisión,  en  una 
hora  singularmente  delicada  para  la  poHtica  paname- 
ricana (también  con  el  apoyo  expreso  de  todas  las 
naciones  latino-americanas  que  muestran  así  una  vez 
más  su  espontánea  disciphna  para  actuar  en  conjunto) 
intervienen,  con  resultado  venturoso,  para  evitar  un 
inminente  conflicto  armado  entre  Méjico  y  Estados 
Unidos  que  ya  había  desembarcado  tropas  en  Vera- 
cruz  —  gesto  que  por  su  profunda  significación  y  su 
eficacia  motivó  nobles  palabras  de  gratitud  de  las  dos 
naciones  en  conflicto  y  el  fraternal  regocijo  de  toda  Amé- 
rica (*)  ;  ora  es,  en  fin,  y  para  venir  a  los  hechos  más 

(*)  La  lectura  de  los  documentos  producidos  en  esta  me- 
morable mediad  ón  —  notable  en  su  iniciativa  por  tratarse 
de  intervenir  en  un  conflicto  en  que  listados  Unidos  había 


La  Cruz  de  Fuego  19 

recientes  —  el  Uruguay,  que  después  de  haber  demos- 
trado en  1889,  en  el  Congreso  de  Montevideo  —  ilu- 
minado por  el  preclaro  espíritu  de  Gonzalo  Ramírez  — 
la  practicabüidad  de  acuerdos  jurídicos  permanentes 
entre  los  pueblos  americanos,  (y  de  haber  propuesto 
en  la  Haya,  por  la  voz  precursora  de  Batlle  y  Ordo- 
ñez,  el  tratamiento  preventivo  de  la  guerra  por  medio 
de  una  asociación  de  Naciones  como  ésta  que  recién 
ahora,  después  del  cataclismo,  procura  hacerse  efectiva) 
actuando  dentro  del  ambiente  caliginoso  y  violento  del 
conflicto  europeo,  bajo  la  elevada  y  vigorosa  acción 
diplomática  del  Canciller  Brum,  tuvo  la  fortuna  de 
dar  vida  jurídica  y  fuerza  política  al  más  alto  y  más 
útü  postulado  del  Congreso  de  Panamá,  consiguiendo 
firmar  con  tres  potencias  europeas  y  con  cuatro  nacio- 
nes americanas  —  de  las  cuales  el  Brasil  fué  la  primera 
—  Tratados  de  Arbitraje  General  y  Obligatorio  que,  en 
relación  a  los  posibles  desmanes  de  la  Injusticia  y  de  la 
Fuerza,  recuerdan  aquel  prodigioso  hilo  de  seda  de  la  mi- 
tología escandinava,  único  con  que  fué  posible  reducir 
a  la  impotencia  al  sanguinario  lobo  Fenris  ;  y  des- 
pués de  ese  paso  trascendental,  dio  aún  el  Uruguay 
otro  de  más  largos  alientos,  llamado  a  imprimir  un 
sentido  concreto  y  una  fimción  permanente  —  por  lo 
menos  en  relación  al  Uruguay  —  a  la  idea  de  solidari- 
dad americana,  con  el  Decreto  de  18  de  Junio  de  1917 

ya  entrado  en  las  vías  de  hecho,  y  notable  en  sus  resultados, 
que  solo  fueron  obtenidos  después  de  negociaciones  largas 
y  delicadísimas,  compHcadas  por  el  estado  revolucionario 
en  que  se  hallaba  Méjico  en  esa  ocasión,  es  uno  de  los  ele- 
rnentos  de  juicio  más  interesantes  para  juzgar  de  las  emergen- 
cias posibles  del  futuro  por  la  lección  del  pasado.  Cumple 
reconocer  cjue  Estados  Unidos,  evidentemente  el  más  fuerte 
en  la  ocasión  y  ya  resuelto  a  obrar  materialmente  (en  un 
escenario  donde,  con  mucha  frecuencia,  le  han  sido  atribuidas 
intenciones  no  favorables  a  la  prosperidad  pacífica  de  Mé- 
jico) en  esta  circvmstancia  de  la  intervención  —  comedida  y 
amigable  cuanto  se  quiera,  pero  intervención,  ingerencia  al 
fin  —  de  la  América  del  Sud  en  un  grave  negocio  de  su  in- 
terés, fué  irreprensible  de  principio  a  fin.  Los  informes  di- 
plomáticos de  las  naciones  mediadoras  contienen  documentos 
del  más  alto  valor  para  juzgar  aquel  sugerente  caso  histó- 
rico. 


20  La  Cruz  de  Fuego 

que,  inmediatamente  después  que  el  Brasil  y  Estados 
Unidos  hubieron  entrado  en  la  guerra  « considerando 
«  que  en  diversas  comunicaciones  el  Gobierno  del  Uru- 
«  guay  había  proclamado  el  principio  de  la  solidaridad 
« americana  como  regulador  de  su  politica  internacio- 
«  nal,  entendiendo  que  el  agravio  inferido  a  los  derechos 
«  de  un  país  del  continente  deberá  ser  considerado  como 
« tal  por  todos  y  provocar  en  ellos  una  reacción  uniforme 
« y  común  ;  que  en  la  esperanza  de  ver  reahzar  im 
«  acuerdo  a  ese  respecto  entre  las  naciones  de  América, 
«  que  haga  posible  la  aplicación  práctica  y  eficiente  de 
«  dichos  ideales,  había  adoptado  el  gobierno  uruguayo 
«  una  actitud  de  expectativa  en  cuanto  a  su  acción,  pero 
«  significando  en  cada  caso  su  simpatía  por  los  países 
«  continentales  que  se  veían  obligados  a  abandonar  la 
« neutralidad  ;  considerando  que,  mientras  no  se  pro- 
« dujera  ese  acuerdo,  el  Uruguay,  sin  contrariar  sus 
«  sentimientos  y  sus  convicciones,  no  podía  tratar  como 
«  beligerantes  a  los  países  americanos  que,  en  defensa 
« de  sus  derechos,  se  vieran  comprometidos  en  una 
«  guerra  intercontinental,  resolvía  declarar  :  que  ningún 
«  país  americano  que,  en  defensa  de  sus  derechos,  se  hallase 
«  en  estado  de  guerra  con  naciones  de  otro  continente, 
«  seria  tratado  come  beligerante  ».  Mi  condición  de  uruguayo 
no  me  puede  impedir  la  mención  del  caluroso  aplauso 
con  que  la  conciencia  de  América  acogió  aquella  decla- 
ración, hecha  por  una  nación  sin  poder  militar,  cuando 
la  guerra  era  aún  una  mortal  incógnita  para  los  amigos 
de  la  causa  ahada  —  mucho  más  cuando  puedo  afirmar 
que  si  mi  corazón  de  uruguayo  sintió  en  aquella  circuns- 
tancia un  varonil  orgullo,  mucho  más  hondamente 
repercutieron  en  mi  sentimiento  de  americano  las  al- 
tas palabras  irrevocables. 

VI. 

PROGRAMA   POWTICO 

Siguiendo  asi,  a  grandes  pasos,  el  surco  cada  vez 
más  luminoso  y  más  claro,  que  el  concepto  de  la  soli- 
daridad ha  venido  dejando  en  nuestra  historia,  y  viendo 
con  nuestros  propios  ojos,  en  los  días  actuales,  la  forma 


La  Cruz  de  Fuego  21 

en  que  una  serie  de  actos  solemnes  y  graves  lo  definie- 
ron y  precisaron,  no  se  podría  decir  con  verdad  que 
América  no  posea  un  programa  político,  o  por  lo  menos 
una  base  programática  suficiente  para,  si  pareciera 
conveniente  después  de  bien  examinados  los  intereses 
de  la  familia  en  el  continente,  fijar  los  puntos  básicos 
de  un  entendido  permanente.  Al  contrario  :  el  propio 
autor  del  Decreto  uruguayo  que  tradujo  el  principio 
idealista  de  la  solidaridad  en  una  fórmula  positiva  y 
dinámica,  aunque  forzosamente  provisoria,  propuso, 
ya  siendo  Presidente  de  la  República,  la  formación  de 
una  Liga  Americana,  fundada  sobre  ciertas  bases 
destinadas  a  completar  la  Doctrina  Monroe  con  una 
especie  de  Estatuto  equivalente  del  grupo  latino-ameri- 
cano, comprometiendo  su  reacción  colectiva  contra  la 
agresión  que  sufra  cualquier  nación  americana,  no  sólo 
contra  su  indepenílencia,  sino  también  contra  sus  de- 
rechos (*).  Tratándose  de  cuestiones  que  a  todos  inte- 
resan en  la  misma  medida,  y  donde  no  hay  ni  inten- 
ciones que  esconder,  ni  reservas  mentales  que  hacer, 
ni  ventajas  particulares  que  sacar,  puede  decirse  sin 
indiscreción  que  un  número  no  pequeño  de  gobiernos 
y  de  institutos  americanos  hicieron  conocer  al  Presi- 
dente Brum  su  franca  conformidad  y  su  disposición 
simpática  para  una  inmediata  acción  en  aquel  sentido  ; 
debiendo  atribuirse  a  la  necesidad  de  atender  primero 
a  la  solución  apremiante  de  los  agudos  problemas  que 
nos  dejó  la  guerra,  el  hecho  de  no  haber  aquel  pensa- 
miento hecho  su  camino.  Pero  no  creo  que  la  demora 
le  haya  restado  vitaHdad,  y  en  cambio,  pienso  que  su 
oportunidad  —  con  una  ampUación  que  parece  indicada 
por  fenómenos  posteriores  —  puede  ser  más  flagrante 
cuanto  más  tarde  Europa  en  recobrar  su  perdido  cen- 
tro de  gravedad,  y  cuanto  más  nosotros  mismos  este- 
mos en  dificultades,  que  cada  día  parecen  mayores, 
para  pagar  nuestra  parte  aHcuota  en  los  errores  y  con- 
flictos de  Europa,  que  nos  cuestan  tan  caros  como  a 
ella.  Librados  a  nuestros  propios  medios,  olvidados  en 

(*)    Bai^TaSar  Brum,    « Solidaridad  Americana ».   —  Con- 
ferencia en  la  Universidad  de  Montevideo  (21  abril  de  1920). 


22  La  Cruz  de  Fuego 

los  indecisos  planes  que  el  Viejo  Mundo  estudia  para 
su  reconstrucción  económica,  va  imponiéndose  clara- 
mente a  nuestra  conciencia  este  doble  hecho  determi- 
nante :  primero,  la  actitud  de  Europa,  que  afligida  y 
abrumada  por  sus  propios  asuntos,  y  poco  o  nada  ha- 
biendo aprendido  en  la  guerra  en  relación  a  la  América 
Latina,  vuelve  a  dedicarle  aquella  misma  indiferencia 
distraída  de  antes  de  la  guerra,  sin  darse  cuenta  del 
considerable  terreno  que  en  los  caminos  del  orden 
poHtico  y  social  ella  perdió  y  nosotros  ganamos  :  y 
segundo,  el  franco  y  progresivo  interés  que  la  América 
del  Norte  viene  poniendo  en  entenderse  con  las  veci- 
nas latinas.  Un  diario  parisién  atribuye  ese  interés 
a  la  facilidad  con  que  los  latinos  de  América  « olvi- 
dando insistentes  aprensiones  »,  se  decidieron  por  ima 
poHtica  de  abierto  panamericanismo,  y  al  hecho  de  que 
Estados  Unidos,  aburrido  de  ver  a  Europa  perder 
tanto  tiempo  en  decidirse  a  hacer  esta  cosa  suprema- 
mente simple  :  ponerse  de  nuevo  a  trabajar  —  en  vez 
de  obstinarse  en  sacar  del  viejo  y  desacreditado  rece- 
tario pohtico  el  remedio  para  su  terrible  enfermedad, 
visceralmente  económica,  —  resolvió  desinteresarse  de 
Europa  e  intensificar  sus  medios  de  penetración  comer- 
cial y  financiera  en  el  Sud  del  Continente,  «  abriendo 
las  puertas  de  cualquier  dificultad  con  la  Uave  dorada 
de  fácües  empréstitos ».  Lo  que  parece  cierto  es  que 
Europa  no  ha  alcanzado  a  comprender  —  con  excep- 
ción de  Bélgica  y  quizá  de  Italia  —  que  una  de  las 
bases  más  seguras  y  tranquilas  de  su  resurrección  eco- 
nómica y  de  su  pacificación  social  podía  haber  sido  la 
América  Latina  ;  y  cuando  por  fin,  en  la  Conferencia 
de  Genova,  pareció  decidida  a  afrontar  la  situación  en 
su  aspecto  real  organizando  un  pian  de  saneamiento 
económico  de  Europa,  lo  que  quiere  decir  del  mundo 
(pues  la  interdependencia  y  correlación  de  todos  los 
factores  económicos  mundiales  es  un  hecho  imposible 
de  ignorar),  no  se  acordó  de  la  América  Latina,  és  de- 
cir, prescindió  precisamente  de  una  de  las  reservas  de 
energía  que  mayor  cantidad  de  fagocitos  y  de  elemen- 
tos de  reintegración  podía  haber  aportado,  incorporada 
a  la  corriente  circulatoria  de  la  economía  universal. 


La  Cruz  de  Fuego  23 

Para  curar  la  parte  enferma  del  mundo,  se  dejó  de  lado 
una  de  las  partes  donde  existen  más  elementos  de  sa- 
lud ...  Si  cupiese  hacer  humorismo  con  estas  cosas 
serias,  podríamos  suponer  la  curiosa  ilusión  de  un  hos- 
pital en  que  los  enfermos  esperasen  curarse  permutando 
sus  respectivas  dolencias.  En  el  caso  de  Europa  diríase  un 
medio  de  propagar  voluntariamente  los  gérmenes  epidé- 
micos, como  hacían  nuestras  abuelas  cuando  el  sarampión 
les  entraba  en  la  casa  :  juntaban  al  enfermo  con  todas 
las  criaturas,  para  que  agarrasen  enseguida  la  infección. 
Hoy  la  medicina  es  contraria  a  tales  procedimientos, 
que   tratándose   del   sarampión  podían  pasar  .  .  . 

El  hecho,  en  lo  que  nos  dice  relación,  parece  ^ser 
que,  ante  este  estado  de  cosas  desalentador  que  se 
prolonga  sin  término  visible  y  que  entristece  nuestros 
corazones  de  hijos  de  la  civilización  europea,  incapaces 
de  contemplar  sin  alarma  la  induración  de  la  tremenda 
crisis  que  —  además  de  arruinamos  también  a  nos- 
otros —  amenaza  secar  o  poluir  algimas  de  las  más 
puras  e  illustres  fuentes  de  la  cultura  humana  —  parece 
evidente  que  Estados  Unidos,  poco  accesible  a  consi- 
deraciones sentimentales,  pensó  realmente  en  la  conve- 
niencia de  cultivar  escenarios  de  expansión  comercial 
y  financiera  más  firmes  y  tranquilos,  y  con  su  intrépida 
decisión  habitual  resolvió  intensificar  su  acción  comer- 
cial y  financiera  en  nuestros  mercados,  que  durante  la 
guerra  reconoció  y  apreció  —  talvez  con  un  poco  de 
sorpresa  —  en  sus  inmensas  posibiHdades.  En  todo  caso, 
los  motivos  de  este  hecho  poca  importancia  tienen  : 
lo  que  importa  es  el  hecho  mismo,  que  es  de  toda  evi- 
dencia, constituyendo  im  accidente  considerable,  que 
puede  ahorrarnos  medio  siglo  en  la  evolución  de  nuestro 
progreso  material  y  social,  si  sabemos  tomar  medidas 
oportunas  para  recibir  la  formidable  preferencia  que 
nos  solicita,  de  manera  a  aprovechar  sus  beneficios  sin 
tener  que  sufrir  sus  posibles  y  quizá  graves  inconvenien- 
tes —  ya  que  la  palabra  peligros  puede  parecer,  y  efec- 
tivamente yo  la  creo,  excesiva.  La  poHtica  panameri- 
cana que  todos  defendimos  en  Congresos  y  Conferen- 
cias, aimque  con  la  vaga  sensación  de  estar  tratando 
de  ima  cosa  aun  muy  genérica  e  inactual,  entra  así 


24  La  Cruz  de  Fuego 

de  golpe  en  las  realidades  determinantes,  invade  nues- 
tros sectores  económicos,  banquea,  intercambia,  y 
sobre  todo,  nos  presta  largamente  dinero,  Bl  eje  de 
nuestra  politica  económico-financiera  empieza  a  sufrir 
un  fundamental  desplazamiento.  América  I^atina  es 
llamada  así,  clara  y  sugestivamente,  por  actos  de  una 
eficacia  poderosa,  a  una  implícita  y  progresiva  integra- 
ción continental. 

VII. 

CONSEJO  DE  FAMII.IA 

Es  una  hora  solemne.  Es  quizá  la  hora  de  reflexio- 
nar y  de  estudiar  la  conveniencia  de  un  plan  de  con- 
ducta encaminado  a  obtener  que  aquella  integración 
no  pueda  llegar  a  tener,  en  el  tiempo,  otro  carácter 
ni  otras  consecuencias  que  las  de  una  vasta,  fecimda  y 
cordial  asociación  de  intereses.  Es  quizá  la  hora  de 
que  los  pueblos  latino-americanos  se  reúnan  en  con- 
sejo de  familia  para  considerar  si  antes,  o  por  lo  menos 
al  mismo  tiempo  de  atar  estos  vínculos  politico-eco- 
nomicos,  no  seria  factible  y  saludable  estrechar  un 
poco  más  los  vínculos  domésticos,  dándoles,  en  cuanto 
sea  posible,  una  significación  práctica,  que  acabe  de 
asentar  en  la  fisica  de  honestos  y  sóHdos  intereses, 
la  metafisica  de  los  tradicionales  sentimientos.  Nadie 
hallaría  extraños  estos  entendidos  entre  nosotros, 
porque  no  es  posible  contestar  que  tenemos  intereses 
privados,  característicos,  exclusivos  de  nuestra  Amé- 
rica, de  nuestros  pueblos,  de  nuestra  civilización  audaz 
y  desigual,  en  fin,  de  nuestra  raza.  Al  contrario  de  lo 
que  ocurre  en  la  familia  civil,  donde  la  edad  provoca 
la  dispersión  de  los  individuos  obrando  como  una  fuer- 
za centrífuga,  nuestra  mayoría  de  edad  política,  signi- 
ficando mas  juicio,  mayor  cultura  espiritual,  más  clara 
y  perfecta  conciencia  moral  y  jurídica,  mayores  inte- 
reses a  defender  y  a  fomentar,  ha  obrado  felizmente 
como  una  suave  y  tenaz  fuerza  centrípeta,  de  afi- 
nidad y  de  coherencia,  gravitando  visiblemente  hacia 
ciertos  planos  ideales  de  cohesión  y  entendimiento. 
Pero  eso  tenía  y  tiene  una  base  espiritual,  un  punto  de 


La  Cruz  de  Fuego  25 

partida  indestructiblemente  afectivo  —  tenía  y  tiene 
la  base  del  origen  común,  la  misteriosa  fuerza  de  afi- 
nidad de  la  raza,  Ks  de  ahí  que  nació  la  noción,  cada 
vez  más  precisa  y  firme,  de  que  la  América  Latina  tiene 
un  destino  homogéneo,  ima  partida  a  jugar  asociada 
en  el  tablero  de  la  historia,  un  bien  común  a  defender, 
Y  cumple  precisar  que  ese  sentimiento,  que  desde  el 
albor  de  nuestra  independencia  vimos  flotar  sobre  las 
ondas  agitadas  de  nuestro  destino,  tenaz  e  insumergi- 
ble como  el  Espiritu  de  Dios  que,  según  el  Génesis, 
cuando  el  mundo  era  un  Caos,  flotaba  sobre  las  aguas, 
es  un  sentimiento  genuinamente  americano,  que  Agus- 
tín Edwards,  Ministro  de  Chile  en  Londres,  acaba 
de  bautizar  con  el  nombre  exacto  y  feliz  de  « patrio- 
tismo continental »,  declarando  que  ese  sentimiento 
«  que  no  existe  en  ningún  otro  continente  )>,  constituye 
un  seguro  político  mutuo  entre  todos  los  pueblos  ame- 
ricanos, grandes  y  pequeños.  « Quién  osara  levantar 
la  mano  sobre  cualquiera  de  ellos,  encendería  la  llama 
de  nuestro  patriotismo  continental ».  Esas  palabras 
del  eminente  diplomático  chileno  traducen  con  energía 
la  realidad  del  sentimiento  que  hemos  visto  actuar, 
en  nobles  gestos  expontáneos,  de  los  cuales  solo  recor- 
damos aquellos  que  ofrecían  una  más  franca  y  promi- 
sora  significación,  histórica  y  actual,  como  son  por 
ejemplo  los  que  muestran  entro  Chile  y  el  Perú  vinciilos 
de  sangre,  amor  y  sacrificios,  anteriores  a  su  dolorosa 
discordia,  tan  fuertes  y  potentes,  que  no  pueden  dejar 
de  imponerse  de  nuevo  y  con  la  misma  fuerza  de  cohe- 
sión a  las  nobles  almas  de  los  dos  pueblos,  luego  que  la 
insospechable  imparcialidad  del  arbitro  escogido  pro- 
nuncie su  palabra  de  justicia  y  de  paz,  que  el  interés  y 
el  corazón  de  América  desean  pronta  y  definitiva  ;  y 
como  son  también  y  muy  especialmente,  aquellos  actos 
en  que  las  dos  grandes  subfamilias  continentales, 
la  de  sangre  española  y  de  la  raiz  portuguesa,  a  pesar 
de  la  diversidad  de  las  lenguas,  muestran  sentir  en  lo 
íntimo  de  su  ser  colectivo  una  fuerte  tendencia  a  la 
unidad,  que  va  triunfando  hasta  de  la  tradición  ances- 
tral —  tradición  que  era  de  luchas  y  rivalidades  im- 
placables entre  nuestras  dos  naciones  madres.  Diríase 


26  La  Cruz  de  Fuego 

que  las  dos  progenies  de  la  vieja  raza  común,  pasan- 
do el  vasto  mar  lustral  con  rumbo  a  las  tierras  de  la 
Esperanza  —  donde  cada  ima  de  ellas  adqmrió  ricos  bie- 
nes sobre  la  tierra  y  ancho  lugar  al  sol  —  aligeraran  sus 
herencias,  echando  por  la  borda  todos  los  pesos  fimes- 
tos.  Así,  solo  duraron  las  rivahdades  entre  hijos  de 
España  e  hijos  de  Portugal,  el  tiempo  que  duró  nuestra 
condición  de  colonias.  Una  vez  independientes  de  las 
viejas  metrópoHs,  las  rivahdades  europeas  que  aquí 
no  tenían  razón  de  ser,  gradual  y  expontáneamente 
fueron  desapareciendo  ;  el  sentimiento  original  de  la 
raza  fué  recobrando  sus  derechos ;  y  poco  después, 
—  a  pesar  de  la  diferencia  de  las  lenguas  y  de  las  insti- 
tuciones, que  imponían  al  Imperio  un  prudente  aisla- 
miento contra  el  contagio  repubhcano  —  las  fuerzas 
de  afinidad  comenzaron  a  obrar  y  a  definirse,  produ- 
ciendo alianzas  de  guerra  con  fines  de  bien  común  y 
actos  diplomáticos  de  recíproco  apoyo,  entre  el  Brasil 
monárqmco   y   las  repúbhcas   hispano-americanas. 

Siento  una  real  satisfacción  pudiendo,  aunque  sea 
de  paso,  hacer  esta  constatación,  sin  dudas  ni  restric- 
ciones, remarcando  especialmente  el  hecho  de  la  disci- 
plina expontánea  y  cordial  con  que,  así  como  en  la 
lucha  contra  la  tiranía  de  López,  donde  los  tres  ejér- 
citos ahados  combatieron  con  la  misma  bravura  bajo 
el  comando  de  Mitre  o  de  Caxias,  todos  los  pueblos 
de  la  América  española,  en  la  ya  citada  jornada  de  la 
Haya,  marcharon  en  perfecto  acuerdo  con  el  insigne 
Embajador  de  la  América  portuguesa.  Y  la  acción  fué 
disputada  precisamente  en  disidencia  con  la  América 
inglesa,  que  con  sus  accidentales  compañeros,  acaudi- 
llados por  el  famoso  barón  Marshall,  autoritario  y  so- 
berbio, capituló  lealmente  ante  la  actitud  altiva,  deci- 
dida y  coherente,  del  grupo  latino-americano.  Nuestra 
grande  hermana  del  Norte  no  estaba  entonces  con  noso- 
tros. Fuerte,  estubo  en  esa  memorable  jornada  con  la 
Fuerza,  —  mientras  Rio  Branco,  consciente  del  grave 
pehgro  que  corrían  las  nacionahdades  pequeñas, 
los  pueblos  sin  poder  militar,  con  im  gesto  magnifico 
de  fé  en  el  espíritu  de  la  raza,  consultó  por  circular  tele- 
gráfica a  todas  las  Cancillerías  hispano-americanas  so- 


La  Cruz  de  Fuego  27 

bre  la  conveniencia  de  una  acción  común,  obtenién- 
dose en  pocas  horas  el  resultado  memorable  (*).  Y 
yo  no  sabría  decir  lo  que  en  aquel  áureo  episodio  fué 
más  bello,  ejemplar  y  glorioso  :  si  la  intrépida  inspi- 
ración de  Rio  Branco,  si  la  elocuencia  soberana  del  pa- 
ladín brasilero  conquistando  para  su  nombre  y  para  su 
nación  el  honor  de  haber  conducido  la  f  alan  je  latino- 
americana a  la  primer  batalla  y  a  la  primer  victoria, 
o  si  el  gesto  elevado  y  unánime  de  los  diez  y  siete  pue- 
blos de  lengua  española  que  por  sus  ilustres  represen- 
taciones, donde  había  nombres  de  tan  altos  prestigios 
continentales  como  Batlle  y  Orddñez  y  Drago,  deci- 
dieron, sin  una  discrepancia,  apoyar  al  Embajador  del 
único  pueblo  americano  de  lengua  portuguesa  ! 

VIII. 

I.AS   DOS  AMÉRICAS 

Surge  de  estos  hechos  la  evidencia  de  que  la  latini- 
dad americana  está  afectada  por  dos  grandes  categorías 
de  intereses,  que  no  chocan,  pero  que  no  se  confun- 
den :  el  interés  racial,  pecuhar  al  grupo  de  nacio- 
nes que  ella  constituye,  y  el  interés  político,  común 
a  todo  el  complexo  continental.  La  famiha  anglo-ame- 
ricana  y  la  familia  de  origen  latino,  tienen  vastos  pla- 
nos de  coincidencia  donde  asociar  provechosamente 
su  esfuerzo  y  su  genio ;  pero  cada  una  tiene  interés  — 
y  con  ese  interés  coincide  el  interés  continental  —  en 
no  perder  su  fisonomía  moral,  en  no  destruir  su  he- 
rencia psicológica  y  social,  en  purificar  y  perfeccionar 

(*)  «La  consecuencia  inmediata  de  la  presentación  de 
este  proyecto  »  (dando  una  posición  de  privilegio  a  las  grandes 
potencias  en  el  Tribunal  de  Justicia  Arbitral  que  se  proponía 
crear)  «  fué  producir  un  gesto  de  protesta  entre  las  pequeñas 
potencias,  especialmente  las  latino-americanas.  El  Ministro  del 
Exterior  de  Rio,  a  lo  que  parece,  hizo  circular  por  todas  las 
capitales  de  América  Latina  la  « cruz  de  fuego  »  con  que  en 
los  Highlands  se  convocaba  a  las  tribus  para  la  guerra,  acen- 
tuando el  ultraje  que  aquella  proposición  infligía  al  princi- 
pio de  la  igualdad  de  derechos  de  todos  los  Estados  soberanos. 
La  consecuencia  fué  recibir  las  delegaciones  una  por  una, 
instrucciones  para  apoyar  al  Dr.  Ruy  Barbosa...  »  (Wiiyi<iAM 
STEAD,    Notas   sobre   la   Conferencia  de   la  Haya). 


28  La  Cruz  de  Fuego 

las  viejas  virtudes  de  las  respectivas  estirpes.  Porque 
si  los  peregrinos  de  la  Mayflower  trajeron  con  ellos  y 
trasmitieron  a  'sus  descendientes  una  base  moral  más 
severa  y  un  sentido  más  práctico  de  la  vida,  el  viejo 
hogar  latino  cultivó  en  nuestras  tierras,  propicias  a 
toda  buena  simiente,  sus  seculares  tradiciones  de  lúdal- 
guía  y  de  honor,  de  cortesía  y  de  ideaHsmo,  de  respeto 
a  la  fe  prometida  y  a  la  palabra  dada,  que  no  pueden 
sino  ennoblecer  y  en  cierto  modo  espiritualizar  el  sen- 
tido de  la  vida  en  nuestras  sociedades  contemporáneas, 
donde  conceptos  egoístas  y  sentimientos  groseros  tien- 
den a  un  peligroso  predominio.  Podrá  convenirnos, 
ciertamente,  una  gradual  y  recíproca  asimilación  de  lo 
que  las  dos  civiHzaciones  tienen  de  más  útil  y  amable. 
Pero  entre  tanto,  nos  cumple  mantener  la  herencia 
limpia  y  depurada,  hasta  en  beneficio  de  la  originalidad 
de  la  civilización  continental,  que  tendrá  un  atractivo 
más  en  la  diferenciación  doméstica  de  los  dos  grandes 
grupos  que  pohtica  y  geográficamente  la  integran. 

Así,  todo  cuanto  queda  dicho  —  y  aún  confirmado 
después  del  formidable  drama  de  la  guerra  por  la  cons- 
tante coincidencia  de  las  ideas  y  el  fuerte  espíritu  de 
apoyo  mutuo  que  dio  eficacia  y  prestigio  a  las  delega- 
ciones latino-americanas  en  la  Conferencia  de  Versa- 
lles  y  en  las  dos  internacionales  del  Trabajo  —  todo  eso 
revela,  en  la  identidad  de  miras  cada  vez  más  estrecha, 
la  existencia  de  valores  pecuHares  de  nuestro  patri- 
monio, de  fuerzas  y  substancias  espirituales  de  nuestros 
pueblos  y  de  nuestra  gente ;  y  todo  eso  muestra  la  pro- 
cedencia de  ciertos  entendidos  que  confieran  a  nues- 
tro grupo  étnico  americano  una  personaHdad  mo- 
ral colectiva,  coherente  y  prestigiosa,  ligada  por  víncu- 
los de  cooperación  en  el  fomento  de  su  progreso  y 
de  su  cultura,  y  sujeta,  por  expresión  de  su  voluntad 
soberana,  a  ciertos  deberes  políticos  de  conjunto. 

Esos  deberes  políticos,  donde  dominan  dos  fimda- 
mentales,  —  uno  por  decirlo  así,  de  carácter  interno,  des- 
tinado a  conservar  inalterada  la  paz  por  medio  de 
un  compromiso  permanente  de  arbitraje,  otro,  de  carác- 
ter externo,  comprometiendo  una  reacción  común  en 
defensa  de  cualquiera  de  las  naciones  asociadas  que 


lya  Cruz  de  Fuego  29 

venga  a  sufrir  una  agresión,  —  están  contenidos  en  el 
programa  Brum.  Apenas  en  lo  que  se  refiere  a  la 
declaración  de  apoyo  mutuo  parece  definirse,  por  las 
razones  de  familia  ya  demostradas,  y  por  otras  que  flu- 
yen de  un  atento  examen  de  la  actualidad  interna- 
cional, la  conveniencia  de  que  sea  desdoblada  en  dos 
partes :  la  primera,  comprometiéndose  cada  una  de 
las  naciones  que  integran  el  grupo  latino-americano  a 
prestarse  mutuo  apoyo  contra  cualqmer  agresión  a  su 
soberanía  o  sus  derechos  ;  la  segunda  (que  puede  ser 
correlativa  y  hecha  en  el  mismo  acto,  y  rubricada  con 
la  misma  pluma  sin  dejar  secar  la  tinta)  comprome- 
tiéndose el  grupo  latino-americano  con  carácter  expreso 
de  solidaridad  continental  y  de  reciprocidad  a  la  Doctrina 
Monroe,  a  apoyar  colectivamente  a  la  América  del 
Norte,  contra  toda  y  cualquier  agresión  extra-conti- 
nental. 

El  primer  deber  —  de  aceptar  el  compromiso  de 
arbitraje  general  y  sin  limitaciones  —  quizá  encuen- 
tre momentáneamente  algunas  dificultades  por  motivos 
notorios  —  pero  debemos  creer  inminente  la  remo- 
ción del  obstáculo  más  grave  —  el  diferendo  chileno-pe- 
ruano —  después  del  cual  parece  que  ninguno  de 
los  pleitos  o  cuestiones  que  quedan  aún  por  liquidar 
entre  las  naciones  americanas  impediría  la  rápida  adop- 
ción de  aquél  principio  vital  por  toda  América.  Al  con- 
trario :  la  negociación  de  un  acuerdo  semejante,  des- 
tinado a  garantir  la  concordia  de  la  familia,  sería 
una  oportunidad  excelente  para  que  una  mediación 
insospechable,  fraternal  y  afectuosa,  fuese  ejercida 
ante  todas  las  naciones  que  aún  tuvieren  cuestiones 
de  cualquier  naturaleza  a  Hquidar,  apelando  a  su  espí- 
ritu americano  y  a  sus  anhelos  de  paz,  y  pidiéndoles 
que,  si  hallasen  dificultades  para  un  acuerdo  directo, 
cordial  y  rápido,  entreguen  sus  litigios  a  la  solución 
arbitral,  que  es  la  que  resguarda  todas  las  responsabi- 
lidades, todas  las  susceptibilidades  y  todas  las  digni- 
dades (*). 

(*)  Un  pmito  fundamental  debe  ser  incluido  explícitamente 
en  las  bases  del  acuerdo  latino-americano  :  es  la  deUcada 
y  grave  cuestión  del  cobro  de  las  deudas  —  cuestión  que 


30  La  Cruz  de  Fuego 

IX. 

REVISTA   HOMÉRICA 

El  segundo  deber  no  puede  encontrar  resistencias. 
El  pueblo  latino-americano  que  rehusase  su  firma  a  un 
acuerdo  de  esa  naturaleza,  renegaría  su  propia  histo- 
ria. Además,  ya  no  se  trata  solo  de  declarar  principios.; 
se  trata  de  adoptar  previsiones  que  la  guerra  europea 
actualizó    rudamente,    abriéndonos   los    ojos   sobre    la 

resuelta  sin  serias  previsiones  aceptadas  por  todos  los  pue- 
blos, sería  el  talón  de  Aquües  de  la  Liga.  Necesitamos  afir- 
mar la  honestidad  esencial  de  nuestras  nacionalidades,  y 
proceder  por  expontáneo  imperio  a  declarar  que  no  es  ni  será 
nunca  nuestro  propósito  organizar  la  impmiidad  de  la  insol- 
vencia volimtaria  ni  de  la  imprudencia  notoria,  que  puedan 
injustamente  herir  los  prestigios  y  el  crédito  moral  y  finan- 
ciero de  las  naciones  que  cuidan  con  esmero  su  concepto  y 
su  responsabihdad.  En  ese  sentido  tenemos  taijibién  normas 
ya  trazadas  y  ya  debatidas  y  aceptadas  por  el  consenso  de 
gran  número  de  naciones  europeas  y  americanas  en  la  se- 
gunda Conferencia  de  la  Haya ;  una  propuesta  americana 
estableciendo  que  « no  será  lícito  a  ninguna  potencia  emplear 
la  fuerza  para  cobrar  deudas  de  otro  Estado  sin  que  previa- 
mente fuese  sometido  el  caso  a  juicio  arbitral »  tuvo  la  sim- 
patía general  y  fué  apoyada  por  Ruy  Barbosa  en  un  discurso 
definitivo.  Sin  atentar  a  la  esencia  de  la  Doctrina  Drago,  esa 
condición  la  aclara  en  sentido  útil  a  nuestra  moral  y  a  nuestro 
crédito.  El  Presidente  Brum,  que  pugnara  como  Canciller 
con  pleno  éxito  para  obtener  de  las  potencias  europeas,  por 
medio  de  Tratados  de  Arbitraje,  la  definitiva  abolición  de 
prácticas  arbitrarias  y  humillantes  que  tan  dolorosos  recuer- 
dos del  autoritarismo  de  la  fuerza  dejaron  en  el  pasado  sud- 
americano, no  olvidó  en  las  bases  de  su  proyecto  de  Liga 
Americana,  una  previsión  contra  posibles  reincidencias,  esta- 
bleciendo que  «  ningún  asunto  que  según  las  leyes  de  un  país, 
deba  ser  juzgado  por  sus  propios  jueces  o  tribunales,  podrá 
ser  substraído  de  su  jurisdición  natural  por  medio  de  recla- 
maciones diplomáticas,  y  estas  solo  serán  admitidas  cuando 
se  trate  de  un  caso  de  evidente  denegación  de  justicia  ».  Fluye 
del  texto  de  esta  cláusula  que  la  Liga  se  opondrá  a  la  intro- 
misión de  la  diplomacia  cuando  la  juzgare  fuera  de  razón. 
Pero  no  convendrá  establecer  el  inmediato  sometimiento 
del  asunto  al  arbitraje,  con  plazo  perentorio  para  el  laudo, 
cuando  se  trate  de  deudas  impagas  ?  En  todo  caso  es  este 
un  ptmto  que  debe  quedar  en  claro  en  el  pacto  de  familia, 
en  resguardo  de  nuestra  probidad  y  en  medro  de  nuestro 
crédito  financiero  y  moral. 


La  Cruz  de  Fuego  31 

conveniencia  de  continuar  creyendo  plenamente  en  la 
fuerza  del  derecho,  pero  sin  descuidar  otros  medios 
complementarios  de  garantir  nuestro  patrimonio  y 
nuestro  lugar  al  sol.  Y  que  fuerza  formidable,  en  su  apa- 
rente desorden  primitivo  y  bravio,  puede  ser,  y  sería, 
llegado  el  caso,  nuestra  fuerza,  empleada  en  una  odisea 
grandiosa  de  defensa  solidaria !  Que  espectáculo  esplén- 
dido el  de  toda  una  cohorte  de  naciones,  dejando, 
como  el  umbro  de  la  oda  carducciana,  el  arado  en  el 
surco,  el  rebaño  en  el  pasto,  la  herramienta  en  el  taller, 
« la  sposa  a  Tara  »,  y  corriendo,  entusiasta  y  unánime, 
bajo  el  impulso  potente  del  « alma  única »  que  Ruy 
Barbosa  constató  en  las  Américas,  a  defender  nuestro 
derecho,  nuestro  honor,  la  soberanía  en  tierra  ameri- 
cana de  nuestra  familia  de  pueblos,  que  recuerda  una 
genealogía  bíblica,  engrandecida  e  iluminada  por  la 
luz  del  Derecho  y  de  la  Libertad  !  Que  fuerza  inmensa, 
infinita,  sería  la  de  toda  esa  masa  combatiente  de  diez 
y  ocho  naciones  que  congregan  cien  millones  de  almas, 
mobiUzándose  al  impulso  de  un  solo  movimiento  incon- 
trastable, a  todo  lo  largo  de  nuestros  mares,  a  todo  lo 
profundo  de  nuestras  ñorestas,  en  todas  las  crestas, 
de  cuchillas,  de  morros,  de  cerros,  de  montañas,  desde 
los  risueños  valles  andinos  y  las  pampas  verdes  del  sud, 
y  los  chacos  hirsutos  y  los  frígidos  planaltos,  hasta 
las  sabanas  de  Colombia,  desde  los  glaciares  de  Maga- 
llanes y  la  taciturna  estepa  patagónica  hasta  las  bocas 
del  Orinoco,  del  Mar  de  las  Antillas  y  el  Golfo  de  Méjico 
al  Atlántico  Sud,  del  idíhco  delta  del  Plata  al  dramá- 
tico estuario  del  Amazonas,  donde,  como  el  largo  mu- 
gido de  un  Dragón  custodio  de  Tesoros,  atruena  los 
ámbitos  la  formidable  voz  del  Pororoca  !  .  .  . 

Tal  sería  el  espectáculo  ejemplar  y  grandioso  que 
nuestra  famiHa  americana  sería  capaz  de  dar  al  mundo. 
Pero  digamos  luego  que  tamaño  esfuerzo  no  sería  nece- 
sario sino  en  caso  de  reproducirse  una  conflagración 
como  la  reciente  de  Europa,  con  resultados  diferentes, 
esto  es,  que  dejasen  a  alguna  potencia  o  grupo  de  poten- 
cias, victoriosas  y  orientadas  en  el  sentido  de  una  ex- 
pansión imperiahsta  en  nuestra  América,  como  habría 
sido  el  caso  de  Alemania  triunfante,  según  vehementes 


32  La  Cruz  de  Fuego 

comprobaciones,  de  las  que  basta  recordar  los  famosos 
telegramas  interceptados  al  conde  Luxburg,  minis- 
tro en  Buenos' Aires.  En  tal  caso,  la  cuestión  sería  sim- 
plemente de  vida  o  muerte.  Pero  no  siendo  el  peligro 
de  esa  gigantesca  magnitud,  no  sería  nunca  necesario 
a  América  ni  siquiera  tomar  las  armas  para  defender 
integralmente  su  soberanía  y  sus  derechos  :  bastarían 
las  medidas  de  represión  y  retraimiento  indicadas  por 
el  Presidente  Brum,  entre  las  cuales  resalta,  por  su 
formidable  eficacia,  nuestra  condición  de  productores 
de  alimentos  y  materias  primas.  «  Cuando  Estados  Uni- 
dos dejó  de  exportar  algodón  se  cerraron  casi  todas  las 
fábricas  de  Manchester ».  El  día  en  que,  para  repeler 
cualquier  injusto  bloqueo  en  cualquier  sector  de  cual- 
quier mar  americano,  todos  los  algodones,  las  lanas, 
las  pieles,  las  fibras,  los  cereales,  las  carnes,  los  azúca- 
res, los  cafés,  los  cacaos,  los  minerales,  las  potasas,  los 
guanos,  los  salitres,  las  mil  substancias  vegetales  que 
alimentan  industrias,  toda  la  múltiple  producción 
de  las  tres  zonas  de  nuestra  América,  se  rehusase,  de 
golpe,  a  embarcar  para  las  fábricas  y  para  el  estómago 
universal,  mucha  carestía,  mucho  frío  y  mucha  hambre 
había  de  sentir  la  Humanidad,  y  millones  de  obreros 
y  campesinos,  bruscamente  privados  de  trabajo  por 
falta  de  materias  primas,  o  de  cosechas  por  falta  de 
la  nutrición  indispensable  a  sus  tierras  empobrecidas, 
serían  en  todo  el  mundo  nuestros  providenciales  alia- 
dos !  Estas  claras  verdades  no  están  dichas  aquí  por 
vez  primera.  En  1908,  el  Barón  de  Rio  Branco  dijo  a 
quién  estas  líneas  escribe,  las  siguientes  palabras,  que 
publicadas  en  «  El  Diario  »  de  Buenos  Aires,  tuvieron 
en  la  América  L^atina  una  profunda  repercusión : 
« Nadie  sueña  entre  nosotros  en  imponer  tutorías, 
porque  ante  el  Derecho  todos  somos  iguales,  y  el  Bra- 
sil profesa  ese  principio  con  tal  convicción  que,  a 
pesar  de  nuestra  notoria  amistad  con  América  del  Nor- 
te y  del  sincero  interés  con  que  la  cultivamos,  no  va- 
cñamos  un  minuto  en  adoptar  la  actitud  definida  que 
es  conocida  en  el  reciente  Congreso  de  la  Haya,  no  acep- 
tando, ni  para  el  Brasil  ni  para  nadie,  que  pueda  haber 
naciones  con  más  derecho  y  naciones  con  menos.  .  . 


I/a  Cruz  de  Fuego  33 

Tenemos  que  garantir  nuestra  herencia  y  asegurar  nues- 
tro común  derecho  a  trabajar  y  a  prosperar  en  paz.  .  . 
Para  eso  nuestras  fuerzas  deben  y  pueden  ser  eficaces  ; 
pero  mientras  no  nos  vincule  un  proposito  coherente 
solo  podrán  serlo  en  grado  precario. . .  El  día  que  no 
exista  sino  im  pensamiento  y  una  acción  en  toda  cues- 
tión internacional  que  afecte  al  continente,  entonces 
si,  no  habrá  osadía  capaz  de  imponemos  un  vejamen. 
Cuando  ya  no  sea  solo  cuestión  de  ocupar  un  puerto, 
sino  de  bloquear  medio  continente  sobre  dos  océanos, 
las  cosas  cambiarán  substaucialmente,  no  solo  para  la 
seguridad,  sino  también  para  el  prestigio  y  el  concepto 
moral  de  nuestra  América  »  (*) . 

X. 

tUCES  EN  El,  CAMINO 

Defínese  así  claramente  la  índole  y  el  alcance,  moral 
y  positivo,  de  los  compromisos  que  nosotros,  hijos  de 
la  estirpe  latina  y  ciudadanos  de  América,  tendría- 
mos que  asumir  ante  la  conciencia  del  mundo,  concre- 
tando nuestra  Ubre  voluntad,  dentro  del  espíritu  diná- 
mico de  la  Doctrina  Uruguaya  —  pero  desenvolviendo 
la  prestación  de  auxiho  mutuo  en  dos  partes,  o  dos 
acuerdos  sucesivos,  donde  los  pueblos  latino-america- 
nos declaren,  primero  :  su  decisión  de  prestarse  asis- 
tencia, en  los  términos  de  la  fórmula  Brum,  reac- 
cionando todos  en  favor  de  cualquiera  de  ellos  que,  en 
defensa  de  su  soberanía  o  de  sus  derechos,  fuese  agre- 
dido por  una  potencia  extraña  —  y  segundo  :  que  el 
grupo  latino-americano  declare  que  cualquier  agresión 
extra-continental  a  los  Estados  Unidos  del  Norte  será 
mirada  —  en  la  forma  de  la  declaración  de  Monroe  — 
«  como  la  manifestación  de  una  disposición  hostil »  en 
relación  a  todo  el  grupo  latino-americano,  y  motivará 
de  su  parte  xma  reacción  uniforme  —  esto  es  :  produ- 
cirá automáticamente  ima  ahanza  defensiva,  de  hecho 
y  de  derecho,  entre  los  Estados  Unidos  del  Norte  y  todas 
las   naciones   latino-americanas ;   debiéndose    entonces 

(*)   « ;^1   Brasil »,    1908,   pags.   201   y  202. 
3 


34  La  Cruz  de  Fuego 

coronar  la  expontánea  entente  con  un  compromiso  ex- 
preso y  permanente  entre  laz  dos  Grandes  y  Altas 
Partes,  de  Arbitraje  General  y  Obligatorio. 

Pero,  se  dirá,  si  la  cohesión  espiritual  de  América 
es  un  hecho  revelado  en  múltiples  formas,  a  lo  largo  de 
un  siglo,  para  que  sería  necesario  este  explícito  y  solemne 
entendimiento  ?  Si,  en  la  expresión  del  Ministro  Ed- 
wards,  quién  ose  levantar  la  mano  sobre  cualquiera  de 
nuestros  pueblos  «encendería  la  llama  de  nuestros  pa- 
triotismo contienental »,  no  estaría  de  hecho  cumpHda 
la  secular  aspiración  ? 

No  lo  estaría.  No  lo  estaría  sino  de  un  modo  even- 
tual y  precario,  y  solo  respondiendo,  y  eso  genérica- 
mente, sin  garantías  positivas  de  estabilidad,  a  una 
de  las  altas  finahdades  que  la  América  lyatina  debe 
tener  en  vista,  consagrando  en  un  pacto  explícito  el 
dogma  de  su  intangibiHdad  y  de  la  intangibüidad  con- 
tinental, y  comprometiendo  en  defensa  de  ese  dogma 
su  esfuerzo  común,  simultáneo  y  total. 

La  utiHdad  de  tma  declaración  conjunta  no  se  dis- 
cute. No  es  lo  mismo  tui  acuerdo  virtual  que  un  acuerdo 
formal ;  no  puede  tener  el  mismo  valor  ni  producir  los 
mismos  efectos  internos  y  exteriores,  la  conjetura  que 
la  seguridad  de  una  acción  colectiva.  No  existiendo  un 
compromiso  que  hgue  la  fe  y  el  honor  de  los  Estados 
para  determinada  emergencia,  la  diplomacia  que  en  eso 
tuviese  interés,  podría  abrigar  esperanzas  de  dividir  el 
bloc,  fomentar  divergencias,  obtener  abstenciones.  La 
solidaridad  no  puede  ser  una  probabiHdad,  si  ha  de  ser 
un  valor  poHtico  cotizable.  Debe  ser  una  reaHdad  orga- 
nizada y  notoria.  Y  sus  finalidades  deben  ser  igualmente 
declaradas,  simple  y  altivamente,  a  la  faz  del  mtmdo. 

La  primera  finalidad,  indicada  por  claras  circuns- 
tancias, consiste  en  formar  los  latino-americanos  en 
el  continente,  por  aquellos  medios,  una  entidad  de  ar- 
monía y  de  equilibrio,  no  frente  a  la  entidad  anglo-ame- 
ricana,  y  mucho  menos  contra  ella,  sino  para  bien 
nuestro,  para  su  bien  y  al  lado  de  ella. 

Es  saludable  hablar  con  sinceridad  y  claridad,  por- 
que el  momento  no  comporta  eufemismos.  La  grande 
Union  del  Norte,  de  tiempo  en  tiempo,   ha   inquietado 


La  Cruz  de  Fuego  35 

seriamente  a  nuestro  mundo  latino,  nervioso  y  suscep- 
tible, propenso  quizá  a  atribuir  a  ciertos  movimientos 
perentorios  y  gestos  bruscos  de  los  temperamentos  san- 
guíneos una  significación  excesiva.  El  hecho  es  que 
las  aprensiones  debian  tener  alguna  base  a  juzgar  por 
las  austeras  advertencias  que  motivaron,  aún  en  el 
siglo  pasado,  apenas  a  treinta  años  de  distancia  del 
famoso  Mensaje  del  Presidente  Monroe.  Hablando  con 
su  ruda  franqueza  en  1865  ante  un  auditorio  de  ameri- 
canos, en  la  ilustre  y  puritana  Rhode  Island,  el  gran 
Sarmiento  los  advertía  de  las  graves  desconfianzas  que 
en  la  América  I^atina,  debido  a  ciertas  interpretaciones 
arbitrarias,  empezaba  a  despertar  la  Doctrina  Monroe, 
que,  dijo  con  su  admirable  eficiencia  verbal,  «  comienza 
a  ser  más  una  niebla  que  una  luz  ».  .  .  I^a  razón  del  he- 
cho era  la  eterna  razón  que  explica  la  degeneración  de 
las  grandes  religiones  :  «  que  hay  siempre  una  secta 
que  materiahza  las  ideas  morales  y  piensa  que  el  Me- 
sías prometido  es  un  poderoso  monarca  que  viene  a 
someter  el  mundo  al  poder  del  pueblo  elegido ».  .  . 
Afirmaba  con  claridad  graves  deturpaciones  de  la  Doc- 
trina :  « El  depositario  olvidó  por  un  instante  las  le- 
yes sagradas  del  depósito,  y  la  Doctrina  Monroe  per- 
dió su  santidad  y  dejó  de  ser  ima  barrera,  como  hoy 
se  pretendería  pervertirla  en  amenaza  »  .  .  .  Y  concluía 
con  un  leal  consejo  admonitorio,  previendo  posibles 
veleidades  imperiahstas :  « Estados  Unidos  necesita 
declarar  que  es  el  país  que  queda  entre  dos  océanos  y 
dos  tratados.  Al  día  siguiente  en  que  lo  hagan,  la  Doc- 
trina Monroe  será  aceptada  por  el  derecho  de  gentes, 
cerrando  así  el  rumbo  por  donde  puede  algún  día  en- 
trar agua  en  la  sentina  de  la  magnifica  nave. . .»  «A  ese 
precio  la  Doctrina  Monroe  será  el  ramo  de  olivo  ofre- 
cido al  mundo  ».  Asi  habló  Sarmiento,  uno  de  los  más 
luminosos  espíritus  y  de  los  más  altos  corazones  que  ha- 
ya producido  nuestra  fértil  América.  Asi  habló  el  Maes- 
tro puro  y  severo,  a  los  ciudadanos  de  aquella  nación 
que  el  amaba,  y  de  donde,  en  su  puño  potente  de  sem- 
brador, trajera  y  arrojara,  con  impulsos  titánicos,  por 
toda  su  fecunda  y  vasta  tierra,  las  simientes  redentoras 
de  la  Escuela  de  Horacio  Mann. 


36  La  Cruz  de  Fuego 

XI. 

I,A   PIEDRA   DE   TOQUE 

Casi  setenta  años  pasaron.  Muchas  visiones  som- 
brías dejaron  en  nuestra  retina  indelebles  imágenes  de 
sorpresa  y  espanto.  Tuvo  lugar  la  guerra  de  Estados 
Unidos  con  España,  la  compra  de  las  Filipinas  por  el 
vencedor  y  la  anexión  de  Puerto  Rico,  Pero  se  dio 
también  el  caso  de  Cuba  ;  y  él  domina  con  una  poderosa 
sugestión  el  cuadro  dramático  de  aquellos  días  y  de 
aquellos  sucesos,  ansiosamente  seguidos,  con  senti- 
mientos contradictorios,  por  todos  los  pueblos  ibero- 
americanos, en  cuyo  corazón  se  debatía  el  amor  entra- 
ñable por  la  gloriosa  madre  España  con  los  fraternales 
votos  por  la  suerte  de  Cuba  libre. 

El  caso  de  Cuba,  que  fuera  considerado  como  un 
inquietante  enigma,  debe  ser  más  bien  tenido  como  una 
serena  revelación.  Inútil  recordar  que  tanto  en  España 
como  en  nuestra  América,  existió  siempre  la  creencia 
de  que  Estados  Unidos,  desde  1871,  en  que  la  «  cuestión 
cubana »  que  surgiera  veinte  años  antes,  asumió  un 
carácter  agudo,  premeditaba  la  anexión  de  Cuba. 
Razones  estratégicas  y  razones  higiénicas  —  ambas 
de  seguridad  nacional  —  razones  morales,  razones  eco- 
nómicas, múltiples  razones  de  vecindad  —  daban  a 
nuestra  creencia  el  cuño  de  una  expHcable  fatalidad. 
Además,  la  propia  Unión,  que  no  acostumbra  ocultar 
intenciones,  había  propuesto  la  compra  de  la  isla  a 
España,  que  ya  en  181 8,  durante  la  primera  Presidencia 
Monroe,  le  había  vendido  la  Florida.  Así,  cuando  — 
después  de  terriblemente  sojuzgada  por  el  puño  de 
hierro  de  We3"ler  la  revolución  que  tuvo  su  programa 
de  lucha  y  de  martirio  en  el  verbo  solar  de  Marti  — 
Estados  Unidos  decidió  intervenir  por  las  armas  en 
favor  de  Cuba,  pocos  optimistas  en  el  mundo  latino 
dudaron  del  resultado  que  tendría  para  la  isla  la  ter- 
minación de  la  contienda. 

Verdad  es  que  la  Joint  Resolution  del  Congreso  de 
Washington,  en  vísperas  del  conflicto,  dijera  al  mundo 
cual  era  la  volrmtad  de  la  nación  americana,  trazara 


La  Cruz  de  Fuego  37 

su  camino,  declarara  su  finalidad  :  « Para  reconocer 
la  independencia  del  pueblo  de  Cuba,  exigiendo  que  el 
Gobierno  de  España  renuncie  a  su  autoridad  y  gobierno 
en  la  isla  de  Cuba,  y  que  retire  de  Cuba  y  de  aguas  cu- 
banas sus  fuerzas  de  mar  y  tierra  ;  y  ordenando  al  Pre- 
sidente de  Estados  Unidos,  que,  para  llevar  a  efecto 
estas  resoluciones,  haga  uso  de  las  fuerzas  de  mar  y 
tierra  de  Estados  Unidos ».  Tal  rezaba  el  epígrafe  de 
la  «  Resolución  Conjunta  »  del  Senado  y  la  Cámara  de 
Washington,  cuyo  texto  asentaba  la  decisión  del  Con- 
greso americano  en  este  zócalo  de  bronce :  «  Cuba  ES, 

Y   DE   DERECHO    DEBE    SER,   LIBRE   E   INDEPENDIENTE  ». 

La  fórmula,  de  puro  y  severo  estilo  puritano,  como  una 
paloma  que  tuviese  alas  de  águila,  voló  instantánea 
a  través  de  los  horizontes,  por  sobre  las  multitudes  de 
las  vastas  Américas,  que  la  saludaron  con  emoción  y 
maravilla.  Nuestra  sentimentalidad  hidalga  comprendía 
y  admiraba  aquel  gesto.  Pero  la  «  Resolución  »  tuvo, 
treinta  meses  después,  un  apéndice.  La  nave  del  ideal 
recibió  cierta  carga  de  buen  sentido.  Bajo  el  magnífico 
velamen  de  la  declaración  inicial  fué  prudentemente 
embarcado  el  lastre  de  la  enmienda  Platt.  Así  la  Joint 
Declaration  que  naciera  inspirada  en  el  ideahsmo  de 
Don  Quijote,  acababa  reposando  en  la  prudencia  cor- 
data de  Sancho.  Y  nuestra  sentimentahdad  —  talvez 
fuese  más  exacto  decir  nuestra  mentalidad  —  no  com- 
prendió aquellas  restricciones  que,  a  nuestros  ojos,  quizá 
excesivamente  obsesionados  por  el  miraje  romántico, 
perjudicaban  el  magnífico  gesto,  extendiendo  sobre  la 
sinceridad  americana  la  sombra  de  tma  duda.  .  , 

La  enmienda  Platt  surgió  como  una  simple  enmien- 
da al  Presupuesto  de  la  Unión,  en  1901,  esto  es,  cuando 
la  guerra  ya  había  terminado,  Estados  Unidos  había 
ocupado  la  isla,  y  con  un  trabajo  tenaz  y  metódico  la 
había  preparado  para  las  complejas  funciones  de 
una  nación  moderna.  Constaba  la  enmienda  de  seis 
artículos,  claros  y  simples,  fimdados  en  que  :  bajo  el 
régimen  colonial,  Cuba  no  había  podido  aprender  a  go- 
bernar su  suerte  ;  casi  no  tenía  escuelas,  no  tenía  hi- 
giene, no  tenía  órganos  de  administración ;  debía 
crear   todo   su   mecanismo   de   gobierno   y   no   poseía 


38  La  Cruz  de  Fuego 

ni  experiencia  ni  clases  preparadas  sino  para  guerrear. 
Abandonada  a  sí  misma,  antes  de  haber  hecho  ningún 
aprendizaje  de  gobierno,  de  administración,  de  poli- 
tica  electoral,  en  fin,  de  democracia,  iba  a  caer  en  la 
anarquía  de  las  revoluciones,  a  derrochar  el  dinero,  a 
abusar  de  los  empréstitos,  a  comprometer  proba- 
blemente de  nuevo,  con  imprudencias  y  concesiones, 
su  independencia  y  quizá  hasta  la  seguridad  de  Estados 
Unidos,  que  tendría  ahi  ante  sus  ojos  un  penoso  espec- 
táculo de  incesantes  revueltas  y  miserias,  como  único 
resultado  visible  de  su  obra.  Era  necesario  prevenir 
tales  contingencias  para  que  el  acto  que  se  iba  a  reali- 
zar no  fuese  estéril.  Y  la  enmienda  prevenía  con  pater- 
nal franqueza,  —  incomprensible  y  hasta  un  poco  escan- 
dalosa para  nuestro  culto  del  eufemismo  —  estableciendo 
que  Cuba,  una  vez  constituida,  no  podría  firmar  con 
ninguna  potencia  extranjera  tratados  que  pudiesen 
menoscabar  su  independencia ;  debía  consentir  que 
Estados  Unidos  pudiese  intervenir  para  mantener  la 
independencia  y  el  gobierno  constituido ;  no  debía  con- 
^  traer  empréstitos  sino  cuando  sus  rentas  cubriesen 
sus  propios  gastos  y  dejasen  un  saldo  bastante  para  el 
servicio  de  intereses  y  amortizaciones  ;  en  fin,  además 
de  otras  cláusulas  de  previsión,  establecía  medidas  espe- 
ciales en  relación  a  la  salud  e  higiene  públicas. 

Tales  las  condiciones  que  el  Gobierno  de  Estados 
Unidos  sancionó  é  impuso  a  Cuba  para  reconocerle 
la  independencia.  Pero  en  todo  caso,  la  cronología 
demuestra  que  fué  con  la  bandera  idealista  y  el  gesto 
incondicional  de  la  Joint  Declaration  que  la  gran  Unión 
del  Norte  entró  en  la  guerra,  venció  e  hizo  la  paz  — 
durante  cuyas  negociaciones  ocurrió  un  episodio  peli- 
groso. . .  Ue  fué  ofrecida  por  los  negociadores  la  transfe- 
rencia de  la  soberanía  de  la  isla  de  Cuba.  Era  una  for- 
midable tentación.  Pero  el  Gobierno  de  Washington 
resistió  serenamente,  no  aceptando  ni  haciendo  sino 
lo  que  ya  había  decidido  hacer  antes  de  entrar  a  la  lu- 
cha. Su  acción  fué  rectilínea.  Firmó  la  paz,  ocupó  la 
isla  y  metódicamente,  organizó  en  ella  una  nación  mo- 
derna, con  su  capital  desinfectada,  higienizada,  dotada 
de  todos  los  mecanismos  necesarios  —  administrativo. 


La  Cruz  de  Fuego  39 

económico,  docente,  higiénico,  municipal,  gubernamen- 
tal y  político  —  todo  en  tres  años  de  trabajo,  en  que  la 
ciencia,  la  energía,  el  método,  la  vigorosa  capacidad  de 
organización  del  pueblo  americano  se  probaron  de  un 
modo  admirable  —  bastando  recordar  que  fué  durante 
la  ocupación  de  Cuba  que  el  sabio  cubano  Finlay  obtuvo 
crédito  y  medios,  que  el  gobierno  colonial  no  le  diera, 
para  descubrir  y  ofrecer  al  mundo  el  medio  de  libertar- 
se del  flagello  de  la  fiebre  amarilla.  El  interventor  Wood 
acabó  de  preparar  materialmente  la  nueva,  nación,  pre- 
sidió im  comicio  ejemplarmente  libre  para  la  elección 
del  primer  Presidente  de  la  República  Cubana,  agarró 
su  sombrero  y  se  fué. 

Tal  fué  el  caso  de  Cuba.  Con  esa  simplicidad  de 
gestos  la  patria  de  Washington  cumplió  su  palabra. 

XII. 

I,A  ZONA  DE  FUEGO 

Pero  la  enmienda  Platt  queda  ;  y  queda  en  ese 
noble  activo  político  y  moral,  como  contradicción  de 
aquella  actitud  Hmpia  y  austera,  además  del  episodio 
cesáreo  de  Panamá,  el  peso  muerto  de  Puerto  Rico, 
que  el  gobierno  de  Estados  Unidos  incorporó  a  su  te- 
rritorio como  botín  de  guerra.  Es  verdad.  Son  graves 
puntos  de  interrogación.  Y  yo,  a  pesar  de  profesar  un 
convencido  panamericanismo,  no  tengo  el  propósito 
de  evangelizar  ni  de  hacer  pro  Estados  Unidos  im  ale- 
gato de  abogado  ingenuo  :  estoy  tratando  de  poner  en 
limpio  puntos  de  vista,  de  juicio,  de  apoyo  y  de  induc- 
ción del  futuro,  que  vitalmente  nos  interesa  apreciar 
en  su  justo  valor. 

Asi,  en  cuanto  al  origen  de  la  enmienda  Platt,  pasa 
en  juzgado  que  ella  surgió  de  una  sugestión  del  propio 
jefe  de  la  ocupación,  el  honestísimo  General  Wood, 
que  deseaba  la  independencia  de  Cuba  y  sinceramente 
la  preparó  ;  pero  que  después  de  observar,  en  un  año 
de  residencia  en  la  isla,  el  estado  de  las  pasiones,  la 
intolerancia  de  las  facciones  que  surgían,  la  absoluta 
falta  de  práctica  de  administración  y  gobierno  de  la 
población  nativa,  pensó  que  sin  una  fuerza  que  la  mode- 


40  ha.  Cruz  de  Fuego 

rase  en  los  primeros  tiempos,  caería  inmediatamente 
en  la  anarquía  :  y  llevó  esa  impresión  a  Washington, 
motivando  la '  presentación  de  la  enmienda  Platt.  Tal 
es  lo  que  parece  cierto  en  relación  al  génesis  de  aquél 
famoso  acto  político,  que  tan  desencontrados  senti- 
mientos despertó  en  América,  siendo  justo  decir 
que  en  su  inmensa  mayoría  le  fueron  adversos. 

En  cuanto  a  las  previsiones  contenidas  en  la  en- 
mienda, convertidas  hoy  en  las  cláusulas  de  un  tratado, 
debe  decirse,  en  honor  de  la  verdad,  que  Cuba,  en  los 
veinte  años  que  lleva  de  vida  independiente,  no  las 
ha  sentido  sino  como  una  influencia  moderadora  y 
amiga,  en  dos  ocasiones  en  que  la  revolución  y  la  anar- 
quía política  amenazaron  destruir  el  orden  constituido 
y  los  frutos  de  la  paz.  Al  terminar  el  primer  gobierno, 
el  üustre  Estrada  Palma,  a  quién  el  interventor  Wood 
dejara  en  la  Presidencia,  cedió  a  la  tentación  de  conti- 
nuar en  el  mando,  e  intentó  imponer  una  reelección  que 
no  fué  sancionada  por  el  electorado.  La  revuelta  ex- 
plotó. Los  Estados  Unidos  vinieron,  apagaron  el  fuego, 
quedaron  manteniendo  el  orden  hasta  que  se  hicieron 
nuevas  elecciones  ;  y  se  retiraron.  Dos  presidencias  más 
tarde,  el  general  Menocal  pleitea  la  reelección  y  obtiene, 
a  lo  que  parece,  la  mayoría.  Mas  por  una  razón  o  por 
otra,  la  revolución,  esta  vez  fuerte  de  treinta  mil  hom- 
bres en  armas,  se  encendió  nuevamente.  Era  otra  opor- 
tunidad para  intervenir.  .  .  Pero  se  diría  que  el  agente 
moderador  pensó  que  quizá  ya  no  fuese  necesario  esta 
vez  el  hecho  material  de  su  presencia.  Lansing  se  abs- 
tiene de  ir  a  Cuba.  Limítase  a  declarar  al  comité  revo- 
lucionario que  no  sería  reconocido  ningún  gobierno 
que  surgiese  de  la  revolución.  La  advertencia  resulta 
suficiente.  Y  por  segunda  vez,  la  previsión  de  la  en- 
mienda Platt  preserva  a  Cuba  de  la  anarquía  y  la  reen- 
camina  en  la  via  institucional.  Dase  así  el  notable  caso 
de  que,  en  vez  de  aumentar,  de  acuerdo  con  las  expec- 
tativas escépticas,  la  sombra  inquietante  de  la  inter- 
vención disminuye  ;  en  vez  de  pasar  de  las  palabras 
a  los  hechos,  como  parece  fatal  en  los  temperamentos 
autoritarios  y  agresivos,  la  Unión  retrocede  de  los  he- 
chos a  las  palabras.   La  sombra  disminuye.  .  .   Y  el 


La  Cruz  de  Fuego  41 

altivo  patriotismo  cubano,  de  pura  cepa  ibérica  como  el 
nuestro,  comienza  a  sentirse  bien  en  su  tierra,  comienza 
a  sentirla  libre  como  la  soñó  y  ardientemente  la  quiso 
en  las  gestas  heroicas  con  que  consagró  históricamente 
su  derecho  a  la  libertad.  Talvez  el  alma  de  Don  Quijote 
no  quedó  enteramente  satisfecha  ;  pero  el  alma  de 
Sancho,  llena  de  una  plebeya  y  simple  sabiduría,  exultó 
ingenuamente,  pareciendole  que  el  rudo  buen  sentido 
de  los  anglo-americanos  habia  conseguido  consorciar 
el  idealismo  heroico  del  hidalgo  con  el  prudente  rea- 
lismo del  escudero,  —  lo  que,  si  resultase  verdad  plena 
y  cumplida  en  el  hecho  y  en  el  tiempo,  Uegaria  a  re- 
sumir toda  la  ciencia  de  la  vida  !  .  .  . 

(Esperemos  sin  pusilánime  desconfianza  las  sanciones 
probatorias  del  tiempo  y  de  los  hechos  ;  pero  no  sin  hacer 
constar,  en  esta  hora  solemne  y  grave,  para  templar 
nuestra  fé  en  las  propias  virtudes  morales  y  viriles, 
que  la  obra  de  nuestra  raza  en  América,  a  pesar  de  do- 
lorosos errores  iniciales  y  contemporáneos,  ha  sido 
profunda  y  buena,  y  sus  resultados  son  irrevocables. 
En  todos  los  pueblos  americanos  la  fragua  está  ardiendo, 
y  un  patriotismo  insomme  forja,  del  alba  al  crepúsculo, 
la  obra  de  arte,  de  dolor  y  experiencia,  de  su  capacidad 
institucional,  de  su  cultura  y  de  su  democracia.  En 
esta  ruda  lidia  por  la  perfección  han  templado  todos 
su  indomable  voluntad  de  independencia,  y  hoy,  lo 
hecho  es  hecho.  Nuestra  infancia  está  vivida.  Aún 
los  que  en  estos  mismos  días  sufren  mal  de  discordia  y 
tiñen  con  sangre  el  verde  de  sus  campos,  son  ya  pueblos 
adultos,  que  dentro  de  su  heredad  y  según  sus  medios 
y  temperamento  están  ásperamente,  están  cruelmente, 
pero  están  —  están  inevitablemente  !  —  depurando 
su  civilización.  Tal  es  el  sino.  Todo  crecimiento  de  pue- 
blo ha  tenido  que  ser  crismado  y  fortalecido  con  sangre 
y  lágrimas.  No  existe  en  nuestra  civilización  ni  en  nin- 
guna otra,  quién  pueda  tirarnos  la  primera  piedra. 
Hay  que  pasar  por  esa  prueba.  No  importa  que  algunos 
tropiecen  y  a  veces  desesperen,  y  lloren  de  dolor  y  al- 
cen los  puños.  Padecer  :  ascender  !  Aunque  la  cuesta 
es  dura,  no  haya  duda  ni  miedo  :  todos  han  de  subir 
por  su  pié  hasta  la  cumbre.  Que  importa  que  unos  tar- 


42  La  Cruz  de  Fuego 

den  mas  que  otros  ?  Tenemos  por  delante  y  por  nuestros 
el  Porvenir  y  el  Tiempo  !  Unidas  las  manos,  arriba  las 
almas,  puebloslibres  de  América  !  Tal  debe  ser  nuestra 
fe  de  familia.) 

Kl  caso  de  Puerto  Rico  parece  estar  considerado 
por  los  americanos  bajo  un  ángulo  especial  de  psicolo- 
gía política.  Afirmase  que  Roosevelt,  en  su  intransigente 
concepto  de  la  vida  y  en  su  culto  de  la  acción  y  de  la 
voluntad,  mientras  proclamaba  y  consagraba,  como  Pre- 
sidente de  la  Unión,  el  derecho  de  Cuba  a  ser  libre,  de- 
claraba que  Puerto  Rico  no  estaba  en  el  mismo  caso, 
porque  nada  había  hecho  para  conquistar  su  indepen- 
dencia, dándose  siempre  bien  con  España  —  mientras 
que  Cuba  había  sostenido  para  libertarse  dos  guerras 
largas  y  sangrientas.  Pero  lo  que  no  hicieron  los  por- 
torriqueños en  la  guerra  se  diría  que  pretenden  hacerlo 
en  la  paz,  pugnando  por  su  independencia  con  una  ar- 
diente propaganda.  Y  parece  evidente  que  Estados 
Unidos  nada  ha  hecho  para  contrariar  los  sentimientos 
de  los  nativos,  ni  aún  en  la  expresión  mas  visible  y 
dinámica  de  la  acción  política  —  el  comicio  —  porque 
actualmente  la  mayoría  absoluta  del  Congreso  de  Puerto 
Rico,  donde  predominaba  el  partido  de  la  autonomía 
de  la  isla,  es  partidaria  de  la  independencia  total.  'LiSl 
lógica  de  los  antecedentes  parece  llevar  el  ánimo,  sin 
exagerado  optimismo,  a  pensar  que  cuando  Estados 
Unidos  piense  que  Puerto  Rico  está  maduro  para  la 
vida  Hbre,  le  entregará,  como  a  Cuba,  las  llaves  de  su 
destino. 

Dejo  ahi  esas  palabras  como  un  voto  y  una  clara 
esperanza.  lyos  pueblos  que  gozan  de  buena  salud  moral 
deben  ser  cautos,  pero  no  escépticos.  Es  asi  que  un  sen- 
timiento de  serenidad  surge  para  nosotros  del  caso  de 
Cuba,  que  debemos  considerar  como  una  piedra  de 
toque.  Nadie  en  aquellas  circunstancias  hubiera  podido 
obligar  a  los  americanos  a  salir  de  la  Habana.  Nadie, 
o  casi  nadie,  creía  que  saheran.  Uos  obUgó  simple- 
mente su  propia  decisión  comunicada  al  mundo,  el 
respecto  de  si  mismos  y  el  culto  de  la  palabra  empeñada. 
Me  niego  a  considerar  las  hipótesis  sutiles,  que  circu- 
laron en  un  tiempo,  de  que  ellos  hicieron  eso  « para 


ha.  Cruz  de  Fuego  43 

adormecer  el  recelo  de  las  otras  Américas ».  Parece 
que  eso  sería  llevar  muy  lejos  nuestra  perspicacia.  La 
nación  que  procede  como  Estados  Unidos  procedió  en 
Cuba,  contrajo,  antes  que  con  nadie,  consigo  misma, 
compromisos  definitivos,  y  tiene  derecho  a  que  sus 
palabras  sean  tomadas  en  un  sentido  real  y  literal. 
Tal  es  el  caso  de  América  Latina.  Estados  Unidos  ha 
mandado  a  nuestros  pueblos  mensajes  que  ningún 
viento  podrá  llevar.  En  su  nombre,  EHhu  Root  nos  dijo 
desde  una  alta  tribuna  de  Rio  Janeiro  :  ((No  deseamos 
más  victorias  que  las  de  la  faz,  ni  más  territorio  que  el 
nuestro  ».  En  su  nombre,  Henry  WTiite  nos  dijo  desde 
una  alta  tribuna  de  Buenos  Aires  :  «  La  Doctrina  Mon- 
roe  está  destinada  a  ser  una  ley  general  que  consagre 
la  libertad  y  la  independencia  de  todas  las  naciones  del 
continente  ».  Grabemos  en  el  mármol  de  nuestra  fe  ame- 
ricana esas  palabras,  que  ningún  viento  podrá  Uevar ! 

XIII. 

K  PIvURIBUS  UNUM  ! 

Podemos  así  concluir  sin  ingenuidad  ni  hipocresía, 
que  Estados  Unidos  no  es  una  nación  imperialista.  No 
es  porque  ella  declaró  solemnemente  que  no  lo  es  — 
apesar  de  Puerto  Rico,  y  —  para  no  dejar  sin  examen 
esta  otra  objeción  —  apesar  de  aquél  expediente  eje- 
cutivo con  que  « cansada  de  esperar  que  Colombia 
desatase  el  nudo  del  istmo,  decidió  cortarlo »,  pero  aun 
en  ese  caso  no  yendo  más  allá  de  lo  necesario  para 
realizar  sin  más  demoras  una  obra  que,  siendo  de  gran 
interés  suyo,  era  de  gran  beneficio  mimdial,  cicatri- 
zando la  herida  territorial  de  Colombia  con  tma  com- 
pensación pecuniaria  y  razonables  ventajas  económi- 
cas, y  dejando  del  otro  lado  del  canal,  donde  podría 
haber  olvidado  algún  destacamento,  una  nueva  nación 
independiente,  que  tenemos  el  derecho  de  contar  co- 
mo nuestra.  Todo  esto  ya  está  empezando  a  ser  histo- 
ria ;  pero  esa  misma  historia  enseña  que  hay  situaciones 
en  que  la  presión  de  los  intereses,  las  reacciones  obs- 
curas de  las  pasiones  colectivas  soplando  en  la  direc- 
ción de  la  Necesidad,  en  ñn,  la  fatalidad  insidiosa  de 


44  La  Cruz  de  Fuego 

las  cosas,  saliendo  de  su  somnolencia  a  favor  de  una 
penumbra  o  de  un  eclipse  cómplice,  obra  per  se,  con 
el  frío  automatismo  de  las  fuerzas  de  la  naturaleza, 
sin  consulta  y  hasta  a  despecho  de  la  voliuitad  de  los 
hombres.  Y  ocurre  entonces  con  esas  energías  en  orgas- 
mo, lo  que  con  las  mareas  y  las  crecientes  :  inundan 
las  tierras  bajas  del  contorno,  penetran  en  los  campos 
abiertos,  invaden  las  depresiones  y  los  cauces  vacíos, 
ocupan  todos  los  vagos  e  indefensos  dominios  de  la 
Imprevisión  —  pero  respetan  las  cumbres,  las  tierras 
altas  y  aún  las  tierras  bajas  —  aún  aquellas  tierras 
más  bajas  que  el  nivel  del  mar,  pero  donde  la  Previsión, 
como  en  los  polders  de  la  vieja  Holanda,  construyó  a 
tiempo  barreras  protectoras  entre  ellas  y  las  fuerzas 
oceánicas. 

Los  latinos  de  América  no  tenemos  pues  por  que 
prevenirnos  contra  intenciones  que  el  examen  leal  de 
los  hechos  no  muestra  preexistentes.  Nuestra  previsión 
debe  considerar  serenamente  contingencias  más  profun- 
das y  objetivos  más  altos.  En  la  mecánica  del  Uni- 
verso, los  núcleos  superiores,  desenvolviendo  una  fuerza 
de  atracción  proporcional  a  su  masa  y  a  su  densidad, 
incorporan  —  sin  ninguna  intención  imperiahsta  !  — 
cuanto  planeta  secundario  o  asteroide  vagabundo  en  el 
espacio  acierta  a  incidir  en  el  arco  de  su  órbita.  Para 
que  el  Nuevo  Mundo  pueda,  en  el  pensamiento  de 
Canning,  equilibrar  al  antiguo,  la  constelación  del  Norte 
debe  tener  en  nuestro  hemisferio  otra  constelación 
equivalente.  Contrapeso  en  la  tierra,  equilibrio  en  el 
cielo.  La  América  Latina  debe  ser  para  la  América 
Inglesa  una  igual,  no  una  subalterna,  una  aliada  res- 
petada por  ser  respetable,  no  una  cHentela  desvincu- 
lada y  desvahda.  Con  ese  designo  trascendental  es 
que  debemos  crear  entre  nosotros  una  entidad  equi- 
valente a  la  suya,  para  que  las  fuerzas  de  atracción 
se  equihbren  y  nuestras  echpticas  puedan  desenvolverse 
en  un  paralehsmo  armonioso.  A  esa  finaHdad  debemos 
conducir  el  vínculo  de  apoyo  mutuo  entre  todos  los 
Estados  de  nuestra  raza,  cuya  población,  en  rápido 
progreso,  es  apenas  inferior  en  ocho  o  diez  millones  a 
los  ciento  diez  millones  de  la  Union  del  Norte,  y  cuya 


La  Cruz  de  Fuego  45 

vastedad  territorial  vence  tres  veces  sus  nueve  millo- 
nes de  kilómetros,  poseyendo  también  como  ella,  pero 
en  proporción  mucho  mayor,  todos  los  climas  y  todas 
las  producciones,  todos  los  recursos  para  prosperar 
sobre  las  vastas  tierras  y  todas  las  vías  de  expansión 
sobre  los  vastos  océanos.  Como  ella,  más  ampliamente 
que  ella,  nosotros,  reunidos,  somos  la  síntesis  del  mundo. 
Después  de  esta  prueba  de  nuestra  unidad,  de  este 
acto  de  comunión  de  nuestra  estirpe,  podremos,  enton- 
ces sí,  estender  a  nuestra  hermana  del  Norte  las  dos 
manos  abiertas,  empeñándole  expontáneamente  la 
reciprocidad  del  inestimable  apoyo  que  ella  nos  dio, 
cuando  intrépidamente  estendió  su  éjida  minervina 
sobre  nuestro  desamparo.  En  el  año  próximo  —  Di- 
ciembre de  1923  —  la  Doctrina  Monroe  pasará  el  um- 
bral de  su  primer  centuria.  Espléndida  ocasión  para 
que  la  América  Latina,  reconocida  y  fraternal,  promueva 
el  Jubileo  Secular  de  la  gloriosa  Doctrina,  y  ya  instituido 
entre  sus  diez  y  ocho  Estados  el  « Seguro  Político  Mu- 
tuo »  ofrezca  a  la  noble  hermana  primogénita  una 
póliza  saldada,  saludando  entonces  el  lema  piuritano 
como  el  Verbo  Precursor  y  el  Numen  Propicio  de  nues- 
tra Confederación  Espiritual.  E  phiribus  unum ! 

XIV. 

I.OS  NUEVOS  TIEMPOS 

Debemos  preparar  los  nuevos  tiempos.  Con  esta 
ampliación,  que  en  vez  de  desvirtuar  afirma  y  ratifica 
la  fórmula  Brum,  y  que  ciertos  sucesos  de  la  post- 
guerra sugieren  con  imperio,  la  Liga  Americana  será 
un  hecho  reaüzado  en  forma  que  las  dos  grandes  fa- 
milias étnico-políticas  que  entrarán  a  constituirla 
puedan  desenvolver  ampliamente  y  sin  rozamientos, 
dentro  del  vasto  sistema  continental,  las  energías  de 
su  espíritu  y  los  recursos  de  su  genio.  Afirmado  el  víncu- 
lo político  —  aimque  sea  simple  y  hmitado  a  ima 
función  única,  pero  permanente  —  constituido  nues- 
tro frente  único,  los  acuerdos  especiales  de  todo  or- 
den serán  más  fáciles  y  frecuentes.  La  Liga  creada  en 
previsión  de  agresiones  externas  a  la  integridad  o  al 


46  ha.  Cruz  de  Fuego 

derecho  de  las  patrias  americanas,  no  será  así  mas 
que  la  modalidad  previa,  el  estrato  básico  de  una  nueva 
y  grandiosa  formación  histórica,  llamada  a  ser  el  es- 
cenario de  una  floreciente,  quizá  de  una  definitiva  ci- 
vilización, fecundada  por  el  amor  y  el  esfuerzo  frater- 
nal de  todas  las  razas  reconciliadas.  Quedará  abierto  y 
franco  el  camino  de  los  entendidos  colectivos  para 
obrar  en  bloque  en  los  Congresos  internacionales,  ju- 
rídicos, económicos  o  políticos,  para  mancomunar  pros- 
pectivamente la  acción  en  la  Liga  de  las  Naciones,  en 
las  Conferencias  del  Trabajo,  o  en  cualquier  otra  orga- 
nización o  circunstancia  en  que  vengan  a  ser  afectados 
los  intereses  o  los  ideales  profesados  por  la  comunidad  ; 
intereses  e  ideales  que  estará  eUa  obligada  a  mantener 
firmes  y  altos,  para  desempeñar  la  función  que  le  com- 
pete en  el  nuevo   equilibrio  internacional. 

Así  prepararemos  los  nuevos  tiempos  ;  y  podremos 
con  serena  confianza  ofrecer  a  Europa  la  cooperación 
que  ella  no  nos  pidió,  pero  que  le  debemos,  en  fihal 
correspondencia  a  lo  que  ella  hizo  por  nuestra  suerte, 
moviéndose  en  parte  por  su  propio  interés,  pero  en 
parte  principal  y  eminente  cumpliendo  la  gloriosa  mi- 
sión que  le  cupo,  de  integrar  con  su  ciencia  y  su  au- 
dacia el  mundo  físico  y  extender  por  toda  su  redondez 
el  beneficio  de  la  civiHzación.  Porque  solo  una  oblite- 
ración del  recto  sentido  histórico  y  moral  podría  hacer 
pensar  que  el  interés  de  América,  que  su  Liga  o  consor- 
cio para  ciertas  acciones  de  conjunto,  poHticas,  finan- 
cieras, económicas  o  jurídicas,  en  una  palabra,  que  el 
panamericanismo  organizado  y  actuante  pueda  ser 
divergente  o  asimétrico  del  interés  de  Europa,  «  cuya 
«  sangre  es  nuestra  sangre,  cuyo  espíritu  nos  anima  y 
«  de  quién  nos  sentimos  solidarios  en  la  obra  conjunta 
« de  reaUzar  el  ideal  greco-latino  de  la  libertad.  Nos 
«  allegó  la  Europa  el  contingente  de  su  experiencia,  que 
« la  América  remoza  con  su  entusiasmo  lozano,  con  su 
« idealismo  juvenil,  con  su  desinterés  fecundo  de  so- 
« ciedad  nueva,  amplia  en  la  vastedad  de  sus  campos, 
«  opulenta  en  la  entraña  de  sus  cordilleras,  sonora  en 
«  el  prodigio  de  sus  florestas,  potente  en  el  caudal  de 
«  sus  ríos,  avasallante  en  la  inquieta  ambición  de  sus 


La  Cruz  de  Fuego  47 

«  pioneers,  ávidos  de  crear  y  producir  la  riqueza  para 
«  el  mundo  y  para  Europa,  madre  de  las  luces  y  conti- 
«  nuadora  de  las  venerables  civilizaciones  ».  .  .  «  Por- 
«  que  el  Uruguay  siempre  ha  sentido  como  propios  los 
«  dolores  y  los  ensueños  de  América  ;  por  la  identidad 
« de  nuestros  problemas  comimes,  por  la  fraternidad 
«natural  derivada  del  origen,  nuestro  pais  entiende  que 
« los  problemas  de  América  interesan  a  todos  los  ciuda- 
«  danos  de  la  gran  patria  común,  cuyos  destinos  mag- 
« nificos  se  pronunciaron  con  la  intervención  que  le 
«  ha  cabido  en  la  gran  contienda,  en  que  ha  unido  a  la 
« clara  comprensión  de  su  real  interés,  la  fidelidad  a 
«  una  tradición  vital  para  su  progreso  y  la  gratitud  sa- 
ngrada hacia  las  patrias  madres,  de  cuya  cultura  vivi- 
« mos,  cuya  estirpe  continuamos.  Pequeño  y  vibrante, 
«  el  Uruguay  palpita  ante  el  triimf o  de  América  con  la 
« ágil  frecuencia  de  tm  corazón.  Su  americanismo  es 
«  síntesis  de  amor  ;  nimca  índice  de  recelo  o  sospecha  ; 
« americanismo  que  se  define  diciendo  que  deseamos 
« para  América  no  solo  el  predominio  de  superiores 
« principios  jurídicos  de  equidad  y  arbitraje,  sino  la 
«  reaHdad  de  un  sentimiento  concreto  que  permita  ac- 
« clones  conjuntas,  actitudes  solidarias,  declaraciones 
« imiformes ».  (*)  Esas  palabras,  pronunciadas  desde 
una  alta  tribuna,  dicen  con  el  vigor  con  que  yo  los 
siento  y  con  una  elegancia  que  yo  no  podría  darles, 
los  sentimientos  profesados  y  los  deberes  reconocidos 
de  América  entre  sus  componentes  y  del  alma  ameri- 
cana en  relación  a  la  Europa-madre  ;  sentimientos  y 
deberes  que  es  grato  a  mi  espíritu  poder  afirmar  y  re- 
petir, por  voces  que  como  la  mía,  pero  mejor  que  la 
mía,  traducen  también  el  íntimo  sentir  y  el  alto  pensar 
del  pequeño  y  vibrante  Uruguay  —  que  en  su  afán  de 
servir  con  lo  más  puro  de  su  volimtad,  en  la  causa  la- 
tino-americana la  causa  de  la  latiriidad,  en  la  causa  de 
la  latinidad  la  causa  de  América,  en  la  causa  de  Amé- 

(*)  Juan  Antonio  BuERO,  El  Uruguay  en  la  Vida  In- 
ternacional. Discurso  proniinciado  como  Ministro  de  Rela- 
ciones Exteriores  en  nombre  del  Gobierno  uruguayo,  ante 
los  representantes  de  las  naciones  que  constituyeron  la  Liga 
de  Honor.  Montevideo,  1918. 


48  La  Cruz  de  Fuego 

rica  la  causa  de  la  Civilización,  en  la  causa  de  la  Civi- 
lización la  causa  de  la  Humanidad,  palpita,  generoso  y 
ardiente,  «  con  Ja  ágil  frecuencia  de  un  corazón  ». 

XV. 

IvAS   DOS  I^I^AVES    DEÍ  I,A  AMÉRICA  LATINA 

Concordados  los  principios  sería  llegada  la  hora 
propicia  para  metodizar  los  trabajos. 

La  cooperación  financiera  inter-americana  comenzó 
a  organizarse  un  año  después  del  año  inicial  de  la  guerra, 
con  el  primer  Congreso  Financiero  de  Washington,  en 
1915,  en  que  Mac  Adoo,  entonces  Ministro  del  Tesoro  de  la 
Unión,  trazó  todo  un  programa  de  mutuo  apoyo  eco- 
nómico-financiero, declarando  que  eran  llegados  los 
días  en  que  se  imponía  una  mayor  cooperación  de  or- 
den material  entre  las  naciones  de  América  del  Norte 
y  las  de  América  del  Sud  ;  y  anticipó  la  defensa  moral 
de  esta  nueva  política  previniendo  que  no  debía  ser 
tachada  de  materiaHsta,  porque  sin  ella,  sin  la  prospe- 
ridad que  ella  origina,  «  sería  difícil  fomentar  altos  idea- 
les y  conservar  y  ejercer  una  gran  fuerza  moral»  (*). 
Verdad  elemental  y  formidable,  cu^'-o  olvido,  frecuente 
en  nuestro  temperamento  soñador,  incHnado  a  edificar 
un  palacio  en  las  nubes  antes  que  una  casita  en  el  su- 
burbio, suele  determinar  la  forzada  subserviencia  de  los 
individuos  y  la  dependencia  de  hecho  de  las  naciones 
pobres  —  faltos,  irnos  y  otras,  de  los  medios  materiales 
indispensables  para  que  la  virtud,  como  en  la  amarga 
frase  de  Shakespeare,  no  precise  pedir  venia  al  Soberano 
para  ser  altiva.  De  aquel  primer  Congreso  Financiero 
surgieron  dos  hechos  visibles  :  el  establecimiento,  en 
diversas  de  nuestras  capitales,  de  bancos  norteamerica- 
nos, caracterizados  por  una  gran  elasticidad  y  autono- 
mía de  movimientos,  y  por  im  espíritu  intrépido  en 
materia  de  cambios  y  Hberal  en  materia  de  créditos  y 
auxilios  financieros  ;  y  en  la  iniciación  de  no  menos  de 
ocho  organizaciones  anónimas  de  navegación  mercante 

(*)  T.  DE  SouzA  Lobo,  O  Programa  de  América,  «Gazeta 
de  Noticias »,  25  de  enero  de  1920. 


La  Cruz  de  Fuego  49 

inter-americana,  que  el  Congreso  Financiero  declaró 
ser  «  de  una  necesidad  vital  e  imperiosa  ».  Algunas  ope- 
raciones de  crédito  con  Estados  de  situación  más  cono- 
cidamente normal,  abrieron  también  la  marcha  de  la 
cooperación  financiera  —  pero  la  era  de  los  empréstitos 
sólo  se  inició  francamente  después  del  Segundo  Congreso, 
en  1920,  en  que  la  alta  banca  del  Norte  pudo  apreciar 
mejor  las  finanzas  de  nuestros  Estados,  con  las  informa- 
ciones directas  de  los  Ministros  de  Hacienda,  especial- 
mente invitados  a  Washington.  No  es  sin  embargo 
éste,  de  los  empréstitos  fiscales  sin  un  destino  positivo 
y  remunerador  para  los  países  que  los  contraen,  el 
aspecto  más  útil  que  puede  tener  la  ya  iniciada  coope- 
ración inter-americana.  El  auxilio  financiero  de  esa 
índole  es  el  más  fácil  de  dar,  porque  sólo  exige  el  cono- 
cimiento de  las  finanzas  del  Estado  que  lo  requiere  ; 
pero  el  auxilio  económico-financiero,  es  decir,  el  emprés- 
tito a  largo  plazo  destinado  a  financiar  obras  de  uti- 
lidad permanente  y  de  rendimientos  capaces  de  atender 
a  su  propio  costo  —  obras  de  aguas  y  cloacas  en  las 
ciudades,  ferrocarriles,  obras  de  irrigación  en  las 
comarcas  agrícolas,  de  aprovechamiento  de  las  fuerzas 
hidráulicas,  de  rectificación  de  rios  navegables,  de  co- 
lonización sobre  la  base  de  hacer  propietario  al  colono  — 
ese  auxilio  precioso,  que  es  el  que  más  nos  conviene  y 
mejor  servirá  nuestro  progreso  material,  ése  es  el  más 
difícil,  porque  exige  un  conocimiento  pormenorizado, 
territorial  y  económico,  de  las  naciones  clientes  ;  y  en 
ese  punto  Estados  Unidos  nos  ignora  tanto  por  lo 
menos  como  Europa.  En  el  primer  Congreso  Financiero, 
además  de  las  claras  palabras  de  Mac  Adoo,  el  delegado 
argentino  Samuel  Hale  y  el  delegado  brasilero  Amaro 
Cavalcanti,  de  ilustre  memoria,  secimdados  con  vigo- 
rosos conceptos  por  el  colombiano  Pérez  Triana,  por 
el  chileno  Izquierdo  y  por  el  uruguayo  Cosió,  fijaron 
rumbos  de  precisión  y  de  buen  sentido  a  los  trabajos 
preparatorios  de  la  cooperación,  diciendo  el  primero  que 
el  Congreso  «  debía  encontrar  la  forma  de  restablecer 
el  equilibrio  económico  de  América  por  medio  de  métodos 
panamericanos  y  con  recursos  panamericanos »,  y  el 
segundo  haciendo  resaltar  la  necesidad  de  que  las  na- 


50  La  Cruz  de  Fuego 

dones  panamericanas  adquiriesen  un  mutuo  conoci- 
miento de  su  situación  y  posibilidades  en  materia  co- 
mercial, industrial,  bancaria  y  de  transportes,  como 
único  medio  de,  garantiendo  negocios  seguros  y  honestas 
ventajas  a  productores  y  consumidores,  basar  un  inter- 
cambio capaz  de  mantenerse  y  progresar.  I^a  provecta 
experiencia  del  viejo  estadista  ponía  el  dedo  en  la  llaga  ; 
y  podría  haber  agregado,  con  su  gran  autoridad,  cono- 
cida y  acatada  en  los  medios  intelectuales  de  Washing- 
ton, que  era  igualmente  indispensable  y  urgente  estu- 
diar nuestras  recíprocas  prácticas  comerciales,  nues- 
tros hábitos  en  el  trato  de  los  negocios,  para  evitar  sor- 
presas y  desagrados  sensibles.  Actualmente  existen  en 
Estados  Unidos  doscientas  universidades  y  setecientos 
sesenta  y  cinco  colegios  de  enseñanza  superior  donde  se 
estudia  el  español,  que  es,  además,  obligatorio  en  los 
colegios  militares  de  West-Point  y  Annapohs  (*).  Hay 
motivos  para  creer  que  la  previsión  americana  no  ol- 
vidó incorporar  también  el  portugués  a  su  enseñanza, 
pues  ampliando  equitativamente  una  frase  de  Alberdi, 
puede  decirse  que  el  español  y  el  portugués  son  las  dos 
llaves  de  la  América  Latina  ;  pero  para  que  esa  disci- 
plina sea  eficaz  en  sus  efectos  y  las  llaves  lingüísticas 
sirvan  realmente  para  abrir  las  puertas  de  tma  confianza 
cordial,  es  indispensable  que  aquella  enseñanza  idio- 
mática,  cuando  dada  para  fines  comerciales  y  bancarios, 
sea  completada  con  un  breve  curso  de,  diremos  así, 
psicología  comercial  de  los  pueblos  latino-americanos. 
El  olvido  de  estas  simples  previsiones  ha  motivado  ya 
grandes  perjuicios  y  serios  sinsabores,  especialmente 
entre  los  exportadores  de  Estados  Unidos  y  los  impor- 
tadores de  las  naciones  del  Sud,  concurriendo  fuer- 
temente para  la  reducción  de  nuestras  compras  en 
1921  (**).  Precisamos   observamos   más   de    cerca,  sin 

(*)  Ver  el  excelente  Informe  de  los  Delegados  de  Cuba^ 
Drs.  Carlos  de  Armenteros  y  F.  Carreras  Justiz,  sobre  la  pri- 
mera reunión  de  la  Conferencia  Internacional  del  Trabajo  (ex- 
posición sosteniendo  el  derecho  de  la  lengua  española  a  ser 
declarada  tercera  lengua  oficial).  Habana,  1921. 

(♦*)  Estas  dificultades  para  una  fácil  y  cordial  relación 
comercial  inter-americana  han  sido  observadas  repetidamente, 
y  sería  una  puerihdad  pretender  ignorarlas  ;  por  el  contrario. 


La  Cruz  de  Fuego  51 

alardes  de  superioridad  inútilmente  irritantes,  sin 
parti-pHs  capaces  de  deformarnos  la  visión  clara  de  las 
cosas,  y  sin  presuponer  que  la  cultura  o  las  prácticas 
del  vecino  son  inferiores  a  las  propias  por  el  hecho  de 
que  sean  diferentes. 

Tanto  cuanto  estas  previsiones  de  psicología  elemental, 
el  examen  de  las  posibihdades  materiales  de  cada  imo 
de  nuestros  países,  es  rma  necesidad  apremiante.  Uno 
de  los  breves  estudios  que  van  reunidos  en  el  volumen 
II  de  «  O  Gigante  Deitado  »,  lleva  estos  conceptos  que 
parece  útil  repetir  hasta  que  queden  en  el  oído  y  se 
infiltren  en  los  programas  de  gobierno  :  « Hoy  más 
que  nunca  se  impone  a  los  espíritus  la  opinión  previsora 
de  Say,  que  hace  más  de  un  siglo  afirmó  depender  de 
la  facilidad  con  que  cada  pais  encuentre  canales  de 

es  saludable  ponerlas  en  relieve,  por  lo  mismo  que  precisa- 
mos suprimirlas,  estableciendo  entendidos  estrechos  y  ami- 
gables que  no  se  podrían  suponer  posibles  a  costa  de  la  al- 
tivez o  simplemente  de  la  susceptibilidad  y  de  las  justificadas 
exigencias  de  una  de  las  partes.  Precisamente  hace  poco  tiempo, 
en  una  sesión  del  Comité  Central  de  las  Industrias  de  Bél- 
gica, donde,  con  la  intervención  activa  y  dirigente  del  Minis- 
tro J  aspar,  fué  decidido  enviar  a  la  América  Latina  uiía  im- 
portante Misión  Industrial  y  Comercial  belga  que  circula 
en  estos  momentos  por  las  naciones  del  Nuevo  Mundo,  se 
hicieron  con  referencia  a  las  relaciones  comerciales  inter- 
americanas, apreciaciones  que,  aimque  excesivas  en  la  in- 
dicación de  las  causas,  son  reales  en  la  apreciación  de  los  he- 
chos resultantes,  y  muestran  como  aquellas  dificultades  ya 
han  sido  observadas  por  los  países  competidores,  y  son  con- 
sideradas como  los  puntos  débües  —  los  sectores  de  ataque 
—  en  el  frente  panamericano  :  «  Avant  la  guerre,  dijo  Mr.  George 
Rouma,  —  cuya  soHda  competencia  y  vasta  información 
sobre  los  negocios  de  América  Latina  motivó  y  decidió  la 
Misión,  de  que  él  es  Presidente,  —  les  Etats-Unis  occupaient 
une  place  tres  modeste  dans  le  commerce  des  républiques  latines. 
Pendant  la  guerre,  l'Angleterre  a  souíenu  son  pavülon,  mais 
la  place  laissée  vide  par  la  France,  l'Italie,  la  Belgique  et  sur- 
tout  l'Allemagne,  a  été  prise  par  les  Etats-Unis,  qui  ont  fait  un 
effort  vraiment  considerable  et  qui  presque  partout  occupent 
en  ce  moment  la  premiére  place  :  au  Venezuela,  ils  accaparent 
70  %  des  importations  ;  á  Cuba,  60  %  ;  aii  Chili,  48  %.  Or 
malgré  l'appoint  de  leurs  banques  puissantes,  de  leur  prodigieuse 
rédame,  les  Etats-Unis  ont  contre  eux  leurs  allures  de  conqué- 
rants,  et  ce  qui  est  plus  important,  leurs  prix,  en  general,  plus 
chers  que   les  noíres,   et    leur  marchandise    moins  bonne ».   El 


52  La  Cruz  de  Fuego 

drenaje  naturales  para  su  producción  la  prosperidad 
económica  del  género  humano.  Procuremos  ver  cla- 
ramente nuestros  intereses  :  América  contiene  todo  : 
pero  no  contiene  todo  en  todas  partes.  Por  el  contrario  : 
nuestro  mal  es  nuestra  deficientísima  vida  de  relación 
comercial  y  económica,  que  condena  a  cada  uno  de 
nuestros  pueblos  a  padecer  de  inanición,  como  el  viejo 
Rey  Midas  encerrado  en  su  caverna  con  sus  inútiles 
tesoros.  Padecemos  simultáneamente  la  hartura  indi- 
gesta de  nuestra  producción  y  el  hambre  de  la  produc- 
ción de  los  vecinos.  Antes  de  la  guerra  el  salitre  de  Cliile 
llegaba  más  barato  a  Hamburgo  que  a  Pernambuco,  y 
el  azúcar  refinado  de  las  Islas  Mauricio  se  vendía  en  Mon- 
tevideo por  menos  precio  que  el  «  cristal  »  de  las  usi- 
nas de  Campos.  Nadie  podía  en  el  Rio  de  la  Plata  pen- 

orador  hallaba  la  razón  de  esa  inferioridad  relativa  « dans 
la  rareté  de  la  main-d' csuvre  qualifiée,  provenant  elle-méme 
de  V instahüité  professionnelle  ;  il  n'y  a  aux  Etats-Unis  que 
3  %  des  enfants  quittant  l'ecole  primaire  qui  entreprennent 
sérieusement  l'apprentissage  d'un  métier  et  qui  resient  dans  le 
méme  emploi  pendant  au  moins  deux  ans  ».  Por  su  vez  el  Pre- 
sidente del  Comité,  Mr.  M.  J.  Carlier,  dijo  :  aj'ai  été  l'année 
derniére  á  Washington,  et  je  me  suis  rendu  á  plusieurs  répri- 
ses  dans  l'Amérique  du  Sud  ;  j'ai  vu  avec  quelle  tenacité  et  avec 
quelle  volonté  les  américains  du  Nord  cherchaient  á  s'emparer 
de  ce  marché ;  mais  j'ai  pu  également  constater  combien  leur 
fagon  de  faire,  si  autoritaire,  si  dédaigneuse,  froissait  les  Sud- 
Américains  v.  Como  ya  queda  dicho,  hay  en  estos  conceptos 
exageraciones  de  expresión  y  de  causas  ;  pero  en  cuanto  a  la 
situación  de  las  cosas,  hay  un  fondo  de  exactitud  imposible 
de  negar  y  que  conviene  sea  meditado  y  tenido  en  cuenta 
por  la  sinceridad  de  las  dos  partes.  Tal  es,  naturalmente,  el 
motivo  de  esta  transcripción  :  el  deseo  sincero  de  que  la  cul- 
tura, la  probidad  esencial  y  la  maravillosa  capacidad  de  adap- 
tación del  pueblo  americano,  se  hagan  sentir  especialmente 
en  nuestras  relaciones  comerciales,  que  sin  eso  ntmca  conse- 
guirán una  situación  estable  en  los  mercados  latino-america- 
nos. Para  los  espíritus  sanos  la  verdad  es  siempre  preferible 
a  las  situaciones  ambiguas.  Queremos  ser  buenos  clientes  y 
buenos  amigos,  pero  solo  podremos  serlo  en  condiciones  de 
mutua  estimación,  que  respeten  nuestros  hábitos,  tradicio- 
nalmente  comedidos,  escrupulosos  y  honestos  en  materia 
de  tratos  y  negocios  —  hábitos  que  nuestros  acreedores  pre- 
suntivos no  pueden  dejar  de  hallar  inapreciables,  pues  son 
la  mejor  garantía  de  sus  intereses  ;  y  antes  que  desconocerlos 
les  conviene  considerarlos. 


La  Cruz  de  Fuego  53 

sar  en  el  carbón  brasilero,  porque  con  dos  mil  calorías 
menos  costaba  40  %  más  que  el  Cardiff .  Cuando  fui  por 
primera  vez  a  Minas  Geraes  procuré  informarme  solve 
posibles  ventas  de  hierro  dulce  de  la  Usina  Esperanza 
para  nuestras  industrias  del  hierro  :  quedaba  en  Monte- 
video 70  %  más  cara  que  la  fundición  de  Pensil vania. 
Todo  lo  que  contribuya  a  remediar  estos  absurdos  y  a 
hacer  del  intercambio  continental  una  función  normal 
orgánica,  continua  y  progresiva,  responderá  a  un  pro- 
fundo interés  americano  cuyo  fomento  es  un  honesto 
deber  de  todos.  Es  extraordinario  ver  la  desesperación 
con  que  nuestros  gobiernos  americanos  procuran  en- 
contrar nuevos  mercados  para  su  producción,  en  Europa, 
en  Asia,  en  los  más  remotos  rincones  del  planeta,  sin 
recordar  siquiera  la  posibilidad  de  ensachar  el  consumo 
recíproco  en  los  propios  mercados  continentales  ». 
Se  propone  para  llegar  a  ese  fin  un  Congreso  Económico- 
Comercial  sudamericano  ;  pero  nada  se  opone  a  que  sea 
panamericano,  ya  que  al  reconocimiento  e  inventario 
estadístico  de  nuestras  mercaderías  de  intercambio, 
va  ligado  el  problema  supremo  de  los  transportes,  sin 
cuya  solución  los  planes  más  sabios  e  ingeniosos  serán 
rúbricas  en  el  agua. 

XVI. 

HORIZONTES  ECONÓMICOS 

Así,  en  nuestro  prospecto  de  cooperación  continen- 
tal, paralelo,  por  lo  menos,  al  programa  político  de  que 
ya  tratamos,  y  al  financiero  que  empieza  a  ser  puesto 
en  acción,  falta  un  programa  económico-comercial  estu- 
diado en  sus  puntos  básicos  y  en  sus  problemas  concomi- 
tantes —  estadística  de  existencias  de  cada  mercadería 
en  cada  país  o  en  cada  sector  comercial,  aumentos  posi- 
bles de  producción,  precios  locales,  distancias  de  los  mer- 
cados, crédito  comercial  y  bancario,  fletes,  medios  ac- 
tuales y  posibilidades  de  transporte.  Este  último  es  el 
problema  visceral  —  y  atendiendo  a  la  inmensidad  de 
los  intereses  que  afecta,  puede  decirse  sin  exageración 
que  ya  dio  el  panamericanismo  pasos  aún  más  firmes, 
más  largos  y  audaces  que  en  los  propios  Congresos  Fi- 


54  Iva  Cruz  de  Fuego 

nancieros  de  191 5  y  1920,  en  aquella  Conferencia  Inter- 
nacional Americana  celebrada  en  Washington  en  1889, 
donde  fué  adoptada  la  decisión  memorable  de  estudiar 
la  practicabilidad  de  una  gigantesca  línea  ferroviaria, 
que  bajo  el  nombre  de  « Intercontinental  »  debía  unir, 
corriendo  de  clima  en  clima  por  el  interior  de  las 
tres  Américas,  las  capitales  y  los  intereses  económicos 
de  diez  y  seis  naciones,  desde  Montreal  en  el  remoto 
Canadá,  hasta  el  delta  del  Plata.  Aquella  idea  poderosa 
apasionó  a  los  pueblos,  y  tuvo  la  virtud  de  despertar 
otra  complementaria  y  no  menos  grandiosa  :  la  de  una 
vía  interoceánica,  ligando  el  Atlántico,  en  Recife,  al 
Pacifico,  en  Valparaíso.  «  Estas  dos  vastas  líneas  »  — 
escribía  en  un  estudio  notable  uno  de  los  espíritus  más 
clarovidentes  de  la  época  (*)  —  « van  a  ligar  entre  sí 
los  principales  centros  de  población  y  de  producción 
continental :  la  linea  interoceánica  en  su  trazado  directo 
Recife-Buenos  Aires- Valparaíso,  por  medio  de  bifur- 
caciones ya  existentes,  comunicará  con  las  ciudades  de 
Bahia,  Rio  de  Janeiro,  San  Paulo,  Santos,  Curityba, 
Porto  Alegre,  Asunción,  Montevideo,  Santiago  ;  y  la 
linea  intercontinental,  por  ferrocarriles  ya  construidos 
que  en  ella  vendrán  a  conjugarse,  ligará  Montreal, 
New  York,  Washington,  Filadelfia,  Brooklin,  Chicago, 
Boston,  St.  Ivouis,  Baltimore,  Cincinnati,  S.  Francisco, 
Nueva  Orleans  y  Méjico,  interesará  a  su  paso  a  todas 
las  naciones  de  la  América  Central,  desde  Guatemala 
hasta  Costa  Rica,  y  en  la  América  del  Sud,  por  su  tronco 
principal  y  ramales,  ligará  Bogotá,  Caracas,  Quito, 
Lima  y  Sucre,  alcanzando  con  sus  bifurcaciones  ter- 
minales Rio  de  Janeiro,  Montevideo  y  Buenos  Aires  ». 
Con  tan  altos  y  nobles  prestigios  se  presentaba  la  doble 
idea  civilizadora,  imponente  y  grandiosa.  Las  dos  gi- 
gantescas lineas,  una  en  el  rumbo  Norte-Sud  3^  la  otra 
en  el  rumbo  Bste-Oeste,  se  cruzarían  en  cierta  altura 
de  Bolivia,  impeliendo  titánicamente  el  tráfico  conti- 
nental hacia  los  cuatro  rumbos  cardinales,  y  por  los 
mil  ramales  conectados  a  las  grandes  aortas  troncales 

(*)  Juan  José  Castro,  Estudio  sobre  los  Ferrocarriles 
Sud- Americanos  y  las  grandes  lineas  internacionales  (Monte- 
video,  1893). 


La  Cruz  de  Fuego  55 

como  venas  de  un  vasto  sistema  circulatorio,  distri- 
buyendo materias  primas  y  manufacturas  a  todas  las 
usinas,  las  ciudades,  los  mercados,  los  puertos  de  las 
grandes  cuencas  fluviales  y  oceánicas,  comprendidas  en 
quince  millones  de  millas  de  territorios  fértiles,  habitadas 
por  setenta  millones  de  almas  de  la  mejor  población  de 
las  tres  Américas. 

XVII. 

El,    AMPI^EXO  DE  ACERO 

Ese  programa,  cuyas  inmensas  proyecciones  parece 
inútil  ponderar,  tuvo  vigorosos  comienzos  de  reali- 
zación integral  e  inmediata.  En  la  línea  interconti- 
nental pusieron  el  pecho  los  americanos  del  Norte  — 
principales  interesados  —  procediendo  con  su  habitual 
energía.  I^a  obra,  a  lo  que  parece,  va  muy  adelantada, 
—  pero  no  consta  si  en  los  trabajos  habrá  sido  bastante 
consultado  en  las  Américas  Central  y  del  Sud  el  interés 
local  y  el  interés  general  de  las  zonas  atravesadas  por 
la  gran  arteria.  No  habrá  faltado  una  provechosa  asis- 
tencia de  nuestra  parte  ?  Los  americanos  la  pidieron  y  la 
tuvieron  para  los  estudios  preliminares  del  trazado 
general  y  para  los  empalmes  de  la  nueva  línea  con  los 
sistemas  ya  existentes  o  en  obra.  Pero  después,  no  parece 
haber  acompañado  los  trabajos  una  cooperación  nues- 
tra, que  mucho  podría  haber  influido  en  el  mejor  enten- 
dimiento de  nuestros  intereses  y  conveniencias,  dando 
quizá  también  más  unidad  a  la  línea  Panamericana. 
En  todo  caso,  ella  avanza  hacia  su  terminación  —  y 
aunque  nos  falten  datos  precisos  de  las  últimas  conexio- 
nes hechas,  y  del  estado  actual  de  las  obras  comple- 
mentarias, parece  verificado  que  ya  están  prontos  para 
entrar  en  servicio  más  o  menos  11.000  de  los  14.000 
kilómetros  de  la  extensión  total  de  las  Uneas  y  de  sus 
principales  conexiones  con  las  capitales  que  debe  ser- 
vir, y  de  las  cuales  la  del  Paraguay,  la  del  Brasil  y  las 
dos  del  Plata,  parecen  virtualmente  excluidas,  dado 
que  el  mayor  recorrido  de  la  Hnea  en  la  América  Meri- 
dional, según  los  datos  conocidos,  será  por  la  vertiente 
Occidental  de  los  Andes.  Hemos  perdido  la  partida  ? 


56  La  Cruz  de  Fuego 

No  totalmente,  desde  que  Chile  y  el  Perú  ganan  con 
aquél  trazado.  Para  nosotros,  en  la  vertiente  del  Plata,, 
puede  ser  simplemente  una  partida  aplazada.  Nuestra 
solución  está  talvez  en  que  el  Intercontinental,  a  cierta 
altura,  bifurque  su  trazado,  manteniendo  el  brazo 
que  ahora  extiende  por  la  vertiente  andina  del  Pacifico, 
y  extendiendo  otro  —  para  el  que  ya  existe  mucha  obra 
hecha  —  por  la  vertiente  atlántica  hasta  la  boca  del 
Plata  :  incorporando  así  directamente  el  Brasil,  Boh- 
via,  el  Paraguay,  la  Argentina  y  el  Uruguay,  a  la  in- 
mensa red  Ínter  americana. 

La  línea  interoceánica  que  integraba  la  doble  y 
grandiosa  concepción  inicial,  está,  sino  fracasada,  aban- 
donada en  lo  que  hace  a  su  trazado  primitivo,  que  es  el 
de  mayor  interés  continental  (*)  y  en  ese  punto  ca- 
be ima  afectuosa  recriminación  a  los  gobiernos  brasi- 
leros de  1892  en  adelante,  que  descuidaron  aquella 
empresa  trascendental.  El  Brasil  era  el  más  vitalmente 
interesado  en  la  ejecución  de  esa  línea,  y  consciente  de 
ello,  autorizó,  el  17  de  setiembre  de  1891,  la  construc- 
ción de  las  obras  que  debían  integrar  en  su  territorio 
la  vasta  arteria  y  que,  según  el  programa  adoptado, 
partiendo  de  Recife  y  siguiendo  por  el  valle  del  San 
Francisco,  ligaría  por  las  vías  de  Araxá  y  Cataláo  con 
la  futura  Capital  Federal,  cortaría  transversalmente  los 
sistemas  ferroviarios  de  Minas   Geraes,  San  Paulo,  Pa- 

(*)  Estudios  posteriores  parecen  hacer  indicado  como  pre- 
ferible una  variante  que,  en  vez  de  llevar  la  línea  de  Recife 
a  Valparaiso  atravesando  el  Brasil  de  arriba  abajo  por  sus 
regiones  más  ricas  y  prósperas,  la  llevaría  mucho  más  arriba, 
al  puerto  de  Arica.  Esta  solución  acortaría  mucho  el  trazado, 
pero  reduciría  enormemente  la  importancia  de  la  línea,  pues 
además  de  atravesar  im  sector  menor  del  Brasil  y  por  terri- 
torios despoblados,  dejaría  fuera  de  la  influencia  de  la  línea 
al  Paraguay  y  a  las  naciones  del  Plata,  interesando  también 
mucho  menos  a  Chile.  En  todo  caso,  la  via  Recife-Arica  puede 
ser  otra  via,  pero  nunca  puede  excluir  la  Recife- Valparaiso. 
Aunque  estas  referencias  tienen  un  propósito  principal  de 
actuahzar  estas  grandes  cuestiones,  de  reactivar  esas  vastas 
posibihdades  de  América,  no  puedo  dejar  de  afirmar  el  error 
que  sería  eUminar  del  sistema  interoceánico  ganghos  tan 
esenciales  como  Montevideo  y  Buenos  Aires.  Estos  proble- 
mas deben  ser  resueltos  con  la  necesaria  superioridad  polí- 
tica y  técnica,  y  con  la  clara  noción  de  su  grandeza.  En  aque- 


La  Cruz  de  Fuego  57 

rana  y  Rio  Grande,  aprovechando  sus  trechos  conve- 
nientes ;  y  alcanzaría  en  San  Luis  la  frontera  con  el 
Uruguay.  Por  su  vez  el  Uruguay  no  demoró  en  hacer 
frente  a  la  parte  que  le  cabía,  concediendo,  aún  antes 
que  el  Brasil  —  por  Le}'^  de  5  de  Setiembre  de  1889  — 
la  construcción  de  la  Hnea  de  San  Luis  a  Colonia,  donde 
los  trenes  interoceánicos  procedentes  de  Recife  debían 
atravesar  el  Plata  en  ferry-boats,  llegar  a  Buenos  Aires 
y  de  allí,  ya  sin  solución  de  continuidad,  seguir  por  Men- 
doza através  de  la  Cordillera,  a  Valparaíso  y  Santiago. 
El  extraordinario  valor  comercial  y  económico  de 
esta  linea  para  América  en  general  y  para  el  Brasil  en 
particular,  la  inmensa  función  política  y  civilizadora 
que  está  llamada  a  desempeñar,  no  dejó  en  aquél  tiem- 
po ni  podría  dejar  hoy  ninguna  duda.  La  unión  de  los 
dos  grandes  océanos  era  una  aspiración  de  los  estadis- 
tas latino-americanos  desde  mediados  del  siglo  pasado, 
sintetizándose  en  el  ataque  al  formidable  obstáculo 
principal  —  la  cordillera  andina  —  después  de  abatido 
el  cual,  nada  podía  impedir  la  realización  de  la  grande 
obra.  En  1868  la  Legislatura  de  Buenos  Aires  mandó 
estudiar  un  ferrocarril  trasandino,  y  el  estadista  ar- 
gentino Rawson,  que  con  Rivadavia,  Alberdi,  Sar- 
miento y  Mitre  figura  entre  los  más  altos  videntes  del 
porvenir  americano,  escribió  al  ingeniero  y  diputado 
Agote,  promotor  de  la  leí,    una  carta   notable,    donde 

lias  extensiones  inmensas  hay  campo  para  muchas  esferas 
de  influencia  económica.  La  Argentina  y  Chile  lo  vieron  tan 
claramente  apenas  abrieron  el  túnel  de  Mendoza,  que  están 
tratando  de  perforar  la  Cordillera  por  otras  cuatro  partes, 
a  comenzar  por  el  Neuquen,  al  Sud,  yendo  a  salir  a  los  te- 
rritorios carboníferos  de  Chile  y  abriéndoles  una  vía  de  expor- 
tación de  su  carbón  para  el  Plata,  y  terminando  allá  arriba, 
por  la  vía,  también  ya  en  obra,  de  Huaitiquina,  en  Salta,  que 
va  a  dar  sahda  al  Norte  argentino  por  Antofagasta  ;  y  estu- 
dian todavía  los  trazados  del  Paso  San  Francisco  y  de  Tin- 
guirica.  También  el  Ecuador  construye  iina  línea  férrea  desde 
Puerto  Bolívar  en  el  Pacífico  a  Rio  Santiago,  afluente  del 
Marañon,  que  por  aquella  altvira  ecuatorial  abrirá  otra  comu- 
nicación entre  los  dos  océanos.  Todo  eso  se  hará  y  será  bueno  ; 
pero  nada  de  eso  puede  excluir  el  trazado  eminente,  que  será 
siempre  Recife- Valparaíso,  la  verdadera  gran  vía  interoceá- 
nica, que  ofrecerá  aún  el  camino  más  corto  entre  Europa  y 
el  Pacífico. 


58  La  Cruz  de  Fuego 

esbozaba  el  cuadro  de  los  trascendentales  beneficios 
americanos  3^  rci,undiales  derivados  de  la  ligación  de  los 
dos  océanos  por  una  altura  del  Continente  que  evitase 
los  inmensos  rodeos  impuestos  por  las  vias  entonces 
practicables  al  tráfico  internacional.  Después  de  mostrar 
con  su  sobria  elocuencia  las  ventajas  politico-econó- 
micas  que  tal  obra  tendría  para  las  naciones  del  Plata  y 
del  Pacífico,  asi  apreciaba  Rawson  sus  vastas  conse- 
cuencias en  la  economía  mundial  :  « en  relación  al 
«  comercio  universal  y  a  esos  mundos  nuevos  que  sur- 
tí gen  en  los  mares  del  Sul  con  los  nombres  de  Australia 
«  y  Nueva  Zelandia,  esa  vía  interoceánica  ha  de  ser  sin 
«  disputa  el  camino  más  eficaz  para  su  gigantesco  desen- 
« volvimiento,  preferible  mil  veces  a  todas  las  vías 
«  existentes,  a  la  vuelta  del  Cabo,  al  istmo  de  Panamá, 
« al  Canal  de  Suez  y  hasta  al  atrevido  Ferro  Carril 
«  Central  de  Estados  Unidos,  que  partiendo  del  Atlán- 
«tico  y  recorriendo  3.000  millas,  llegará  a  fines  de  este 
« año  a  San  Francisco  de  CaHfomia ».  Comentando 
esta  carta  escribía  el  ingeniero  Castro  en  el  estudio  ya 
citado  :  «  Si  tan  inmensos  horizontes  entreveía  Rawson 
«  para  la  línea  que  debía  unir  Valparaíso  a  Buenos  Ai- 
«  res,  cuales  no  deben  ser  los  de  esa  misma  linea  pro- 
« longada  hasta  Pernambuco  através  del  Uruguay  y 
«  del  Brasil  ?  I^a  imaginación  más  potente  no  llegaría  a 
« abarcar  la  transformación  del  destino  económico 
«  dé  estos  países,  una  vez  puesto  su  interior,  opulento 
«  en  los  más  variados  productos  de  la  fauna,  de  la  flora, 
« y  de  la  minería,  en  contacto  diario  con  los  grandes 
« mercados  del  universo.  La  línea  Valparaíso-Buenos 
«  Aires  servirá  intereses  del  Pacífico  y  del  Plata  ;  pero 
« la  linea  Valparaíso-Buenos  Aires- Pernambuco,  ver- 
tí dadera  linea  interoceánica,  sin  perjuicio  para  esos 
<(  intereses,  servirá  también  los  más  vastos  de  la  mayoría 
« de  las  naciones  sudamericanas.  Recorrerá  6.500 
«  kilómetros  por  territorios  fértiles,  poniendo  en  rela- 
« ción  continua  31.000,000  de  almas  (hoy  son  más  de 
«  60)  de  los  países  interesados  en  su  construcción.  La 
tí  linea  hasta  Buenos  Aires  abrevia  las  comunicaciones 
tí  del  Pacifico  con  el  Plata  y  Europa,  pero  no  resuelve 
«  el  problema  de  la  comunicación  rápida    del  Plata   y 


La  Cruz  de  Fuego  59 

«  del  interior  del  Brasil  con  los  otros  Estados  de  Amé- 
«  rica,  con  el  continente  europeo  y  con  la  Gran  Bretaña. 
« solución  de  la  más  alta  trascendencia,  que  vendrá 
«  con  la  linea  Recife- Valparaíso  ». 

Estas  reminiscencias  tienen  principalmente  un 
propósito  de  evocación.  Tienen  el  propósito  de  actuali- 
zar una  obra  que  se  anunció  quizá  prematuramente, 
pero  que  hoy  está  madura  y  se  presenta  impuesta  co- 
mo objetivo  de  primera  línea  en  un  plan  racional  de 
cooperación  financiera  panamericana.  Faltaron  segu- 
ramente capitales  en  aquél  tiempo  y  la  presión  de  los 
intereses  económicos,  mucho  más  reducidos  que  hoy, 
no  era  aun  bastante  fuerte  para  mover  la  indecisión  de 
los  gobiernos,  que  por  regla  general  prefieren  resolver 
cuestiones  de  utilidad  inmediata  y  que  puedan  dejar 
en  su  período  algún  resultado  visible.  Hoy  no  puede 
faltar  la  fuerza  financiera  necesaria  para  llevar  a  buen 
fin  aquella  obra  trascendental.  El  Brasil  tiene  ahi  uno 
de  los  empeños  en  que  más  gloria  y  honroso  provecho 
pueda  simultáneamente  y  con  un  esfurzo  único  con- 
quistar en  nuestros  días  una  nación  americana ;  y  no 
parece  dudoso  que  una  iniciativa  suya  en  tal  sentido 
seria  vigorosamente  secundada  por  todas  las  naciones 
interesadas  en  la  noble  empresa. 

XVIII. 

I,A   UNIDAD   DE  I,OS   DESTINOS 

El  vuelo  de  las  ideas,  ni  retardado  ni  desviado  de  su 
rumbo  expontáneo,  regresa  naturalmente  al  punto  de 
partida  de  la  obra  donde  está  contenida  una  parte 
de  mi  labor  de  publicista  durante  doce  años  de  grata 
residencia  bajo  el  cielo  claro  y  sereno  donde  la  conste- 
lación de  la  Cruz  del  Sud  abre  sus  brazos  tutelares.  Es- 
pero que  esta  breve  excursión  por  la  historia  de  tiempos 
vividos  y  por  la  que  con  pulso  nervioso  y  trama  des- 
igual están  tejiendo  los  rudos  tejedores  de  las  horas 
presentes,  ho  haya  sido  perdida.  Ignoro  si  ya  fué  hecho, 
por  palabra  más  docta  que  la  mía,  este  examen  panorá- 
mico de  la  armonía  en  que,  observados  de  un  punto  de 
vista  elevado  y  con  un  amplio  concepto  de  relación,   se 


6o  La  Cruz  de  Fuego 

vienen  desenvolviendo  y  entrelazándose  al  mismo  tiem- 
po, los  intereses  raciales,  los  intereses  políticos  y,  aunque 
todavía  sin  plan  y  en  formas  rudimentarias,  los  inte- 
reses económicos  de  las  dos  grandes  familias  étnicas 
que  comparten  la  soberanía  del  continente  americano. 
Si  este  examen  de  síntesis  aun  no  está  hecho,  esta  po- 
dría ser  su  primera  palabra ;  si  ya  está  hecho,  esta  será 
simplemente  una  palabra  más,  que,  como  la  hoja  de 
rosa  del  apólogo,  podrá  caer  dentro  del  vaso  lleno  sin 
hacerlo  desbordar. 

Regresamos  así  al  Brasil,  después  de  haber  atra- 
vesado mares  y  montañas,  capitales  y  congresos,  campos 
de  batalla  y  zonas  de  lucha  económica  ;  pero  es  curioso 
observar  como,  una  vez  impostado  el  criterio  en  ima 
altura  dominante  del  panorama  americano,  es  casi 
imposible  desvincular  totalmente  los  intereses  del 
Brasil  de  los  que  afectan  a  los  otros  países  continenta- 
les —  pues  además  de  la  ya  demostrada  y  notoria  inter- 
dependencia de  nuestra  vida  económica  y  de  la  analo- 
gía de  nuestros  problemas,  el  Brasil  ocupa  una  situación 
tan  singular  en  el  continente,  por  su  extensión,  por  su 
posición  geográfica  y  por  su  configuración  territorial, 
que  a  pesar  de  tener  cuatro  mil  millas  de  su  límite 
periférico  sobre  el  océano,  aún  le  queda  perímetro  para 
estar  vinculado  por  fronteras  terrestres  o  ñuviales  con 
otras  nueve  patrias  americanas.  Percíbese  así  la  im- 
posibilidad de  aislar  la  observación,  apenas  el  obser- 
vador alzándose  por  sobre  los  intereses  locales  y  transi- 
torios, plana,  aunque  sea  por  un  momento,  a  la  altura 
de  los  fenómenos  generales  y  de  los  intereses  permanen- 
tes. Así,  entre  los  problemas  enormes  del  Brasil  cuyas 
soluciones  se  presentan  a  su  esfuerzo  y  a  su  genio  como 
otras  tantas  incógnitas  en  la  ecuación  formidable 
de  su  destino,  se  destaca  de  manera  eminente  el  problema 
perenne  de  las  comunicaciones  dentro  del  propio  terri- 
torio, cuya  inmensidad  —  duplicada  por  la  topogra- 
fía, donde  la  planicie  entra  en  pequeña  proporción, 
mientras  el  morro,  pintoresco  y  fértil,  se  opone  insidio- 
samente al  fácil  avance  de  la  corriente  humana  —  se 
presenta  al  estadista  brasilero  como  la  primer  dificul- 
tad para  la  instalación  de  su  pueblo  en  su  opulenta 


La  Cruz  de  Fuego  6i 

heredad  territorial.  Múltiple,  vario,  infinito,  ese  problema 
que  abarca  la  tierra,  el  mar,  los  ríos  y  ya  empieza  a 
penetrar  en  la  jurisdicción  de  los  aires  y  de  los  cielos, 
es  quizá  el  único  que  nunca  podrá  ser  resuelto  hasta 
el  firi,  porque  cada  expansión  del  trabajo,  de  cualquier 
naturaleza,  hacia  cualquier  rumbo,  comporta  fatal- 
mente una  comunicación,  una  expansión  correlativa 
de  los  medios  de  transporte.  Sin  embargo,  el  Brasil 
viene  arrostrándolo  con  impulsos  titánicos,  donde  es 
inevitable  que  haya  faltado  un  plan  de  conjunto,  pero 
donde  no  faltó  nunca  una  noción  de  grandeza  y  tma 
preocupación  intensa  del  futuro,  ya  revelada  en  la 
ley  que  hace  más  de  ochenta  años  creó  el  Ferrocarril 
Central  del  Brasil,  en  limites  y  con  recursos  modestí- 
simos, no  obstante  lo  que,  con  una  presciencia  que  en- 
tonces habrá  parecido  ingenua  y  que  era  simplemente 
genial,  disponía  prolongamientos  que  debían  demandar 
las  lejanas  fronteras  de  la  nación  por  tres  rumbos, 
siendo  uno  de  ellos  el  remoto  Belém  del  Para  !  Pues 
bien  :  no  es  difícil  ver  como  y  cuanto  ese  problema  de 
las  comunicaciones  brasileras  que  parece  esencialmente 
nacional,  interesa  y  afecta,  por  todas  sus  rutas  terres- 
tres y  marítimas,  a  todos  sus  vecinos  de  frontera  y 
aún  de  continente. 

XIX. 

LOS   TRABAJOS   Y  LOS   DL\S 

En  las  vías  del  mar,  por  ejemplo,  el  Brasil,  con  su 
Lloyd,  sirve,  además  de  su  vastísimo  cabotaje,  el  trá- 
fico Rio  de  la  Plata-Amazonas,  interesando  a  la  Ar- 
gentina, el  Uruguay,  el  Paraguay  y  Bolivia,  que  en 
los  barcos  brasileros  de  la  línea  Corumbá-Montevideo 
encuentra  algún  alivio  para  el  asfixiado  tráfico  de  su 
rica  región  oriental.  Aún  en  el  mar,  el  Brasil  sirve  im 
itinerario  inter-americano  que,  por  motivos  que  fluyen 
de  la  lectura  de  estas  páginas,  puede  ser  de  una  gran 
transecendencia  político-económica,  además  de  im  fac- 
tor de  prestigio  moral  para  las  naciones  latinas,  dentro 
del  consorcio  panamericano.  No  sé  si  esa  línea,  que  era 
al  principio  Santos- Rio-New  York,  continúa  en  tráfico 


62  La  Cruz  de  Fuego 

desde  Montevideo,  como  en  mi  tiempo  de  Ministro  en 
Rio  obtuvo  el  gobierno  uruguayo  fácilmente  que  fuese 
hecho,  del  sincero  y  cordial  sentimiento  americanista 
del  gobierno  brasilero  ;  pero  en  todo  caso,  creo  que 
podría  ser  examinada  con  provecho  la  exequibiUdad  de 
una  entente  de  trafico  marítimo  interamericano,  que 
sobre  la  base  del  Lloyd  Brasilero,  y  quizá  homologando 
o  consorciando  algunos  de  los  grandes  y  excelentes 
transportes  uruguayos  que  hacen  el  tráfico  mercante, 
sirviese,  con  tarifas  especiales,  el  comercio  platense- 
brasilero  con  América  del  Norte,  pudiendo  gradual- 
mente extenderse  hasta  las  repúblicas  del  Pacífico. 
Ese  servicio  sería  precioso  como  acto  político  }'■  como 
hecho  económico,  actuando  como  elemento  regulador 
del  trafico  y  previniendo  la  natural  propensión  al  abuso 
tarifario  que  amenazaría  el  intercambio  entre  las  Amé- 
ricas,  si  el  tráfico  quedase  entregado  a  una  sola  bandera,' 
Una  línea  Callao-Valparaiso-Punta  Arenas-Buenos 
Aires-Montevideo-Rio  Grande-Santos-Rio  de  Janeiro- 
Bahia-Recife-New  York,  con  un  derivado  mensual  a 
Cuba,  Nueva  Orleans,  Veracruz  y  Maracaibo,  sería 
para  el  comercio  del  Perú,  Chile,  Argentina,  Paraguay, 
Bolivia,  Uruguay,  Brasil,  Cuba,  México,  Venezuela, 
un  poderoso  auxiliar  y  un  eficaz  regulador  de  itinerarios 
y  tarifas  (*).  El  I^loyd  Brasilero  tiene  ya  capacidad 
técnica  y  medios  materiales  para  poder  hacer  frente  con 
éxito  a  un  servicio  de  tan  clara  utihdad  continental, 
que  financieramente  tendría  su  futuro  garantido  por 
las  preferencias  del  tráfico  y  por  las  exenciones  y  pri- 
vilegios que  los  barcos  gozarían  en  los  puertos  de  las 
naciones  a  tal  fin  entendidas. 

En  las  vias  terrestres,  el  interés  del  Brasil  no  tiene 
menos  puntos  de  correspondencia  con  intereses  inter- 
nacionales más  o  menos  extensos.  Ya  se  ha  visto  el 
papel  principal  que  le  debía  caber  en  la  ejecución  de 
las  dos  grandes  líneas  continentales,  la  Panamericana 
y  la  Interoceánica,  especialmente  en  esta  última,  como 
con  patriótico  celo  lo  ha  indicado  y   reclamado    más 

(*)  Otra  variante  podría  segtiir  de  Cuba  por  Panamá  y 
bajar  hasta  Moliendo,  ligándose  así  por  un  trafico  regular 
toda  la  América  Latina. 


La  Cruz  de  Fuego  63 

de  un  publicista  brasilero.  Pero  su  esfuerzo  expansivo 
ya  caminó  valientemente  hacia  otros  rumbos ;  ya 
Uevó  los  rieles  por  diversos  sectores  a  las  fronteras 
argentina  y  uruguaya,  moviendo  por  esas  vias  gran 
parte  de  su  comercio  platense  y  de  ultramar  ;  ejecutó 
con  ingente  sacrificio,  pero  en  leal  cumplimiento  del 
Tratado  de  Petrópolis  que  liquidó  la  espinosa  cuestión 
del  Acre,  la  difícil  linea  Madeira-Mamoré,  de  lento 
pero  de  seguro  y  grande  beneficio  para  tres  naciones 
limítrofes  ;  construyó,  através  de  las  feraces  campañas 
pastoriles  de  la  Vaccaria  y  de  los  anegadizos  del  Pan- 
tanal matto-grossense,  la  larga  linea  del  Noroeste,  que 
salvando  el  Paranapanema  y  la  Sierra  de  Bodoquena 
llega  a  Puerto  Esperanza  en  el  Alto  Paraguay,  de  donde 
va  ahora  a  extenderse  fraternalmente  por  Corumbá, 
como  un  cabo  de  salvación,  hasta  Santa  Cruz  de  la  Sierra, 
para  que  BoUvia,  realizando  su  justa  aspiración  de 
tener  un  puerto  directo  de  salida  al  océano,  disponga 
para  su  tráfico,  como  si  fuesen  proprios,  de  los  puertos 
de  Santos  y  Rio  de  Janeiro,  cuya  menor  distancia  de 
Europa,  la  compensará  ampliamente  de  su  eliminación 
del  Pacifico  ;  finalmente,  completando  este  noble  acto 
de  auxiho  a  Bolivia  con  otro  inspirado  en  la  misma 
solidaridad  afectiva,  acaba  de  decidir  el  Brasil,  como 
ya  fué  recordado,  la  construcción  de  una  linea  especial- 
mente destinada  a  que  el  tráfico  de  pasajeros  y  cargas 
urgentes  del  Paraguay  para  ultramar  pueda  cortar, 
con  una  secante  a  San  Francisco  o  Santos,  la  enorme 
hipotenusa  territorial  que  hoy  le  impone  la  necesidad 
de  saHr  a  los  puertos  del  Plata. 

En  las  vias  fluviales,  «  esos  caminos  que  andan  », 
aún  está  por  comenzar,  con  el  carácter  programático 
que  debe  tener,  el  vasto  trabajo  del  Brasü.  Razonable 
parece,  naturalmente,  que  ponga  primeramente  su 
esfuerzo  en  desobstruir  y  mejorar  cursos  de  agua  que, 
como  el  San  Francisco  y  el  Parnahyba,  van  a  abrir 
a  la  colonización,  territorios  tan  fuertemente  indicados 
para  ese  destino  como  los  de  las  cuencas  media  y  supe- 
rior de  estos  grandes  rios,  y  que  acuerde  con  los  otros 
países  ribereños  la  apertura  a  la  navegación  del  alto 
y  medio  Uruguay,  problema  importantísimo  que  hace 


64  I^a  Cruz  de  Fuego 

ya  setenta  años  que  aguarda  solución  ;  pero  otros  co- 
metidos aún  más  trascendentales  están  imponiéndose 
al  Brasil,  de  'enorme  utilidad  suya  y  continental,  en 
cuya  ejecución  no  tardará  ciertamente  en  poner  sus 
aún  casi  intactas  energías,  llamando  a  concurso  las 
cooperaciones  que  sean  necesarias.  La  potamografía 
brasilera,  que  contiene,  además  del  padre  de  los  ríos, 
algunos  de  los  cursos  de  agua  más  largos  y  caudalosos 
del  planeta,  guarda  el  secreto  de  uno  de  los  mayores 
recursos  de  que  nuestro  progreso  podrá  disponer  para 
su  expansión  en  el  interior  del  continente,  con  medios 
propios,  aprovechados  a  favor  de  la  providencial  dispo- 
sición propicia  de  la  naturaleza.  En  efecto  :  apenas  se 
mira  el  mapa  del  Brasil,  llama  la  atención  aquella  po- 
derosa red  de  ríos,  que,  en  un  encadenamiento  serpen- 
tino, partiendo  de  la  gran  aorta  troncal  del  Amazonas, 
descienden  como  en  deliberada  busca  de  los  rios  que 
originan  el  Plata.  La  idea  de  reunir  estas  dos  gigantes- 
cas cuencas  trabajó  más  de  una  vez,  desde  largo  tiempo 
atrás,  la  imaginación  de  los  más  selectos  pensadores 
americanos.  Previendo  los  resultados  económicos  de 
la  guerra  del  Paraguay,  decía  Sarmiento  en  1865  : 
«  El  Rio  Paraguay  quedará  abierto  al  comercio  y  a  la 
«  civilización  del  mundo ;  ricos  dones  de  la  zona  tórrida 
« bajarán  por  aquellos  rios  majestuosos  a  juntarse  en 
« las  bocas  del  Plata,  y  el  futuro  verá  realizada  la  idea 
«  de  canalizar  el  terreno  que  divide  el  Paraguay,  afluente 
«  del  Plata,  del  Madeira,  afluente  del  Amazonas,  que 
« está  por  la  naturaleza  ligado  al  Orinoco  ;  presentando 
« así  al  mimdo  atónito  el  último  de  los  mundos  en  re- 
ce serva  para  la  expansión  de  la  Humanidad,  con  una 
«  navegación  fluvial  de  mil  doscientos  rios  tributarios, 
«  atravesando  el  valle  del  Amazonas  que  es  por  sí  solo 
«  un  mundo,  y  descargando  sus  aguas  y  su  tráfico  en 
« el  Mar  Caribe  por  el  Norte,  en  el  Amazonas  por  el 
«  Naciente,  o  en  el  Rio  de  la  Plata  por  el  Sud  ».  Sarmiento 
ignoraba  entonces  que  el  sueño  gigantesco  era  más 
realizable  de  lo  que  permitían  suponer  los  mapas  de  su 
tiempo,  donde  invariablemente  una  imponente  cordi- 
llera —  creada  por  una  errónea  hipótesis  del  barón  de 
Schewege  —  aparecía  dividiendo  de  Naciente  a  Poniente 


La  Cruz  de  Fuego  65 

las  cuencas  del  Plata  y  del  Amazonas.  Pero  Hartt,  Le- 
verger,  Chandless,  y  todos  los  geógrafos  que  reconocie- 
ron aquella  región  después  de  Schewege,  eliminaron 
la  «  sierra  mítica  »,  desvanecieron  el  fantasma  del  obs- 
táculo ingente,  comprobando  el  aserto  de  D'Orbigny, 
de  que  « los  últimos  afluentes  del  Amazonas  se  confun- 
« den  de  tal  modo  con  los  primeros  afluentes  del  Plata, 
« que  se  puede,  en  tiempo  de  lluvia,  pasar  pequeñas 
« barcas  de  ima  a  otra  vertiente  ;  y  tm  canal  de  4.800 
« metros  cavado  en  un  charco,  bastaría  para  completar 
« un  canal  natural  que  atravesaría  todo  el  centro  de  la 
«  América  del  Sud  ». 

XX. 

ANUNCIACIONES 

Imposible  escapar  a  la  fascinación  que  fluye  de  esas 
extraordinarias  palabras.  No  habrá  llegado,  por  ventura 
para  el  mundo,  la  hora  de  la  Encarnación  de  ese  Verbo  ? 
Y  a  quién  más  que  al  Brasil  puede  corresponder  la  glo- 
ria de  poner  el  primero  las  manos  y  el  alma  en  esa  em- 
presa estupenda  ?  De  la  guerra  europea  nos  viene  la 
saludable  sugestión  de,  en  lo  posible,  beber  en  nuestro 
vaso,  crear  medios  propios  de  expansión,  de  vida  y  de 
seguridad,  substraídos  por  la  naturaleza  a  los  peligros 
que  pueden  venir  de  fuera.  Si  un  bloqueo  marítimo 
nos  obstruyese  los  caminos  del  mar,  estaríamos  tran- 
quilos teniendo  expeditos  desde  ocho  grados  al  Norte 
de  la  línea  ecuatorial  hasta  el  grado  35  de  latitud  Sud, 
los  anchos  y  seguros  caminos  de  las  grandes  aguas 
continentales,  por  donde  todas  las  naciones,  desde 
Venezuela  —  y  aquellas  tres  lindas  hermanas  que  le 
están  vecinas  y  que  tarde  o  temprano  entrarán  en  la 
familia  —  y  Colombia,  Ecuador,  Perú,  Chile,  Bolivia, 
Paraguay,  Argentina,  Uruguay  y  naturalmente  Brasil, 
podrían  operar  vastas  concentraciones  de  todo  orden, 
sobre  todos  los  sectores  de  ese  mundo  interior,  intan- 
gible contra  cualquier  poder  y  enteramente  señor 
de  sus  movimientos  y  de  su  indestructible  vitalidad. 
Pero,  sin  necesidad  de  pensar  en  contingencias  sombrías 
—  que  prodigiosa  civilización,  nunca  vista  en  la  Historia 
después  de  aquella  remotísima  que  los   prolíficos  agri- 


66  La  Cruz  de  Fuego 

cultores  Caldeos  fundaron  entre  el  Tigris  y  el  Eufrates, 
podría  florecer  en  esas  apacibles  e  infinitas  Mesopota- 
mias,  gozando  de  todas  las  ventajas  de  la  fácil  comuni- 
cación con  los  océanos,  y  defendidas  por  desmesurados 
baluartes  territoriales  contra  los  peligros  que  comporta 
la  vecindad  del  mar  ! 

Veo  desde  aquí  mucho  espirito  ligero  sonreír,  y 
mucho  escéptico  sacudir  la  cabeza.  No  importa. 
Inmensas  como  son,  fantásticas  como  parecen,  to- 
das estas  cosas  se  nos  aproximan  a  grandes  pasos. 
La  imaginación  realizadora  que  es  la  que  crea  las 
obras  útiles  en  la  tierra  y  los  mundos  en  el  espacio, 
va  a  llenarse  de  estas  grandes  obsesiones.  Es  lo  que 
quieren  los  hombres  de  fé,  que  esperan  y  no  dudan  : 
crear  la  ansiedad  de  las  Anunciaciones,  la  inquietud 
preanunciadora  de  formidables  Realidades  que  se 
ponen  en  marcha.  La  guerra  mundial,  que  fué  ima 
inaudita  realización  destructiva,  dio  a  la  humanidad 
una  nueva  noción  de  su  poder,  mucho  mayor  de  la 
que  tenía  antes  del  catachsmo.  Lo  que  el  cerebro, 
el  músculo,  el  coraje  y  el  genio  de  los  hombres  creó 
e  hizo  en  esos  cuatro  años  apocalípticos,  habría  en 
otros  tiempos  llenado  una  centuria.  Adquirimos  una 
nueva  medida  del  potencial  humano.  Tengan  esto 
presente  los  hombres  de  Estado  y  los  responsables  de 
los  destinos  del  mundo.  El  tiempo  se  contrajo  ante 
el  nuevo  ritmo  de  nuestra  marcha.  Las  obras  fantás- 
ticas de  ayer  deben  ser  las  obras  comunes  de  hoy, 
o  sino  el  hombre  probaría  esta  miseria  :  que  solo  para 
el  Mal  se  engrandece  !  No  puede  ser  verdad.  « El 
Mal  existirá  siempre  en  la  Tierra  pero  hoy  más  que 
nunca,  los  pueblos  de  América  briÜan  por  sus  virtu- 
des !  ».  Estendamos  la  noble  afirmación  a  toda  la 
estirpe  humana,  cuyo  destino,  si  no  mereciese  esta 
absolución,  sería  un  sarcasmo  siniestro ! 

XXI. 

I,A   FUERZA   Y  El,  HOMBRE. 

Figuran  entre  otros  muchos  problemas  importan- 
tes para  el  Brasil  que,  como  los  ya  indicados  en  esta 
referencia,  interesan  igualmente  a  otros  Estados  con- 


La  Cruz  de  Fuego  67 

tinentales,  los  del  carbón  y  el  hierro,  dos  problemas 
estrechamente  afines,  a  los  cuales  ya  está  siendo  dada 
solución  por  empresas  y  gobiernos  brasileros,  pero 
a  cuyo  respecto  sería  un  ideal  grato  a  los  vecinos  no 
habilitados  por  la  naturaleza  con  esos  vitales  recur- 
sos industriales,  que  no  fuese  canalizada  la  exporta- 
ción, por  las  empresas  que  la  están  preparando,  en 
forma  que  nos  dejase  en  desventaja  como  clientes, 
especialmente  en  relación  al  acero  y  al  hierro.  La 
Itabira  Iron  Co.  por  ejemplo,  que  va  a  constituir  una 
organización  poderosa,  llevará  razonablemente  de  pre- 
ferencia su  producción  a  la  América  del  Norte,  donde 
tiene  sus  raíces  financieras  ;  y  las  otras  organizaciones 
francesas  e  inglesas  que  están  instalándose  en  los  te- 
ritorios  ferríferos  del  Brasil,  van  a  seguir,  también, 
con  seguridad,  la  misma  política  de  acaparamiento 
de  esas  preciosas  materias  primas  que  aquellas  nacio- 
nes hacen  hoy  en  Europa,  en  Asia  y  en  los  Balcanes. 
Pero  no  es  dudoso  que  la  previsión  de  los  estadistas 
brasileros,  que  ya  se  hizo  sentir  en  las  modificaciones 
hechas  al  contrato  del  grupo  Farquar  por  el  gobierno 
del  Presidente  Pessoa  y  en  las  patrióticas  resistencias 
del  Presidente  de  Minas,  i\.rthur  Bernardes,  a  com- 
prometer el  grandioso  futuro  siderúrgico  de  su  Es- 
tado y  del  Brasil  por  contratos  que  hoy  parecen 
generosos  pero  que  mañana  resultarían  el  plato  de 
lentejas  de  Esaú,  nos  dejan  la  confianza  de  que  nuestros 
ferrocarriles,  nuestros  puentes,  nuestras  construccio- 
nes urbanas,  nuestra  maquinaria  agrícola,  mecánica 
e  industrial,  todo  el  vasto  utillaje  del  trabajo  3^  del 
progreso  moderno  que  tiene  por  base  principal  el 
acero  y  el  hierro,  tendrá  una  fuente  fácil  y  conveniente 
de  provisión  en  el  Brasil  inmediato  y  amigo. 

El  problema  de  la  inmigración  y  de  la  coloniza- 
ción, siendo  eminente  para  el  Brasil,  que  puede  con- 
tener en  su  territorio,  solo  con  una  densidad  demo- 
gráfica análoga  a  la  de  Portugal,  cuatrocientos  millones 
de  almas,  es  también  im  problema  esencial  para  todos 
nosotros,  pues  continúa  siendo  un  dogma  que  en  nues- 
tra América  « gobernar  es  poblar  ».  Pero  ya  poseemos 
experiencias   que   no   podríamos   olvidar,   y   que   nos 


68  La  Cruz  de  Fuego 

aconsejan  no  perder  tiempo,  pero  no  tener  tampoco 
una  prisa  es?cesiva  en  la  incorporación  de  nuevos 
elementos  étnicos  a  nuestras  poblaciones.  Ya  sa- 
bemos que,  como  lo  expresó  Lucio  V.  López  en  un 
agudo  concepto,  «  ni  el  elemento  nuevo  es  bueno  por 
«  ser  nuevo,  ni  el  número  es  la  fuerza,  ni  el  montón 
« humano  constituye  el  progreso  ».  Hoy  podemos  ver 
nuestro  interés  fundamental  más  claramente  de  lo 
que  lo  podía  percibir  en  el  pasado  la  patriótica  e  in- 
genua precipitación  de  nuestros  gobiernos,  que  en 
la  impaciencia  de  engrandecer  rápidamente  las  pa- 
trias recien-nacidas,  dejaban  volcarse  sin  precaución, 
en  la  tierra  desprevenida,  aldeas  enteras  de  inadap- 
tables,  sin  contar  los  elementos  tarados  y  los  « ma- 
riages  pour  l'exportation »,  que  en  ciertas  épocas, 
felizmente  ya  distantes,  en  vez  de  beneficiarnos,  con- 
tribuyeron a  aumentar  la  población  de  hospicios, 
hospitales  y  presidios.  Conducida  por  su  libre  volun- 
tad, por  su  pie  aventurero,  por  varoniles  ambiciones, 
por  ansias  de  pan  o  libertad,  vino  a  nuestros  países 
mucha  gente  buena  y  sana,  que  hizo  su  fortuna  y 
cooperó  a  la  nuestra,  y  a  quién  debemos  y  dedicamos 
un  fraternal  cariño  ;  pero  con  las  levas  subsidiadas, 
con  las  masas  artificialmente  movidas  por  empresa- 
rios de  exportación  humana,  ha  venido  generalmente 
una  proporción  excesiva  de  escorias.  Así,  parece 
una  verdad  general  para  todos  que  la  inmigración 
debe  ser  expontánea,  debe  venir  a  su  costa  y  riesgo, 
y  entrar  con  los  dos  pies  5^  con  toda  el  alma  en  las 
nuevas  patrias.  Las  masas  eventuales,  las  bandadas 
de  golondrinas,  pueden  servir  necesidades  del  mo- 
mento, pueden  tener  cierta  utilidad  económica, 
pero  no  tienen  ninguna  utilidad  sociológica.  Y  aún 
después  que  dejan  de  venir,  como  ocurrió  durante 
la  guerra,  especialmente  en  el  Rio  de  la  Plata,  se  com- 
prueba con  admiración  que  no  eran  indispensables, 
que  el  trabajo  tropezó,  vaciló,  entró  en  crisis,  evolu- 
cionó, pero  no  se  detuvo,  y  que  nuestros  países  pue- 
den ya,  utilizando  sus  propios  elementos,  realizar 
un  trabajo  de  menor  superficie,  pero  de  mayor  pro- 
fundidad,   suprimiendo   el   drenaje   de   fuertes   sumas 


La  Cruz  de   Fuego  69 

que  se  iban,  y  que  quedan  ahora  en  manos    de    los 
trabajadores  nacionales  o  radicados  en  el  país. 

El  Brasil,  además  del  problema  general  de  su  co- 
lonización, tiene  el  ingente  fenómeno  agrícola-in- 
dustrial de  su  cosecha  cafetera,  que,  enormemente 
desenvuelta  como  está,  exige  un  número  de  brazos 
desproporcionado  con  las  posibilidades  demográficas 
de  la  nación.  Para  atender  a  esa  fuerte  exigencia 
regional  —  que  complica  el  problema  nacional,  pru- 
dentemente progresivo,  de  la  población  —  la  diplo- 
macia brasilera  ha  hecho,  con  innegable  habilidad» 
especialmente  con  relación  a  la  emigración  italiana, 
cuanto  era  discretamente  posible  hacer,  dentro  del 
concepto  de  circunstancias  que  Italia  actualmente 
profesa  en  ese  asimto  —  concepto  que  en  este  mo- 
mento, por  un  motivo  comprensible,  debo  abstenerme 
de  juzgar.  En  todo  caso,  cumple  esperar  los  resulta- 
dos de  esta  nueva  modalidad  aplicada  al  fenómeno 
migratorio ;  pero  sin  olvidar  dos  cosas  que  son  esenciales 
para  tener  xma  idea  clara  del  problema  en  su  vasta  pers- 
pectiva, que  la  necesidad,  en  el  Brasil  de  grandes  le- 
vas de  trabajadores,  es  regional  y  no  nacional,  lo  que 
quizá  facihta  una  posible  solución,  aimque  sea  par- 
cial, con  elementos  del  propio  país  debidamente  mobi- 
lizados  ;  y  que,  en  el  resto  de  la  nación,  o  sea  en  la 
mayoría  de  los  Estados,  desde  Rio  Grande  del  Sud 
hasta  Para,  y  en  los  propios  Estados  de  San  Paulo 
y  Minas,  en  las  regiones  no  cafeteras,  el  problema  es 
del  todo  diverso,  exigiendo,  más  que  cantidad  de  bra- 
zos adventicios,  calidad  selecta  de  elementos  franca- 
mente pobladores,  dispuestos  a  integrarse,  sin  condi- 
ciones ni  reservas,  en  el  activo  demográfico,  y  por 
sus  hijos,  en  el  activo  étnico  de  la  nación.  El  emi- 
grante precioso  para  todos  nosotros  es  aquél  que 
llega,  aunque  sea  sin  un  vintén,  pero  con  buena  sa- 
lud corporal  y  moral,  decidido  y  optimista,  dispuesto 
a  conformarse  a  las  modaHdades  del  nuevo  ambiente, 
que  no  es  de  regalo  sino  de  acción  viril,  a  luchar  y 
a  vencer  con  sus  puños  y  su  hombría,  no  precisando 
ni  acordándose  de  otro  amparo  que  el  de  las  leyes  del 
país  de  su  elección. 


yo  La  Cruz  de  Fuego 

XXII. 

RESERVAS    OEVIDADAS 

En  caso  de  necesidad  de  fuertes  contingentes 
de  brazos  en  cierta  época  del  año,  —  fuera  de  las  medi- 
das y  convenios  especiales  que  puedan  parecer  con- 
venientes para  atraer  trabajadores  del  exterior  — 
no  sería  de  mal  consejo  para  el  Brasil  pensar  seriamente 
en  resolver  la  dificultad  con  sus  recursos  propios, 
hasta  que  la  inmigración,  mejor  informada  de  sus 
reales  conveniencias,  venga  como  debe  venir.  Sin 
pretender  que  los  casos  sean  exactamente  iguales, 
puede  ser  útil  recordar,  por  analogías  de  ambientes, 
que  en  la  Argentina,  dos  zafras  que  requieren  tantos 
brazos  como  la  del  azúcar  en  Tucumán  y  la  del  vino 
en  las  provincias  de  Cuyo  (Mendoza  y  San  Juan) 
son  hechas  por  peonadas  nacionales,  que  en  las  épo- 
cas convenientes  son  contratadas  por  empresarios, 
bajo  el  control  de  las  autoridades,  en  las  provincias 
de  San  Luis,  I^a  Rioja,  Catamarca,  norte  de  Córdoba, 
Santiago  del  Estero,  Salta  y  Jujuy  —  las  provincias 
menos  ricas  del  Centro  y  del  ÍÑTorte  del  país.  Esas 
peonadas,  que  viajan  formando  grandes  caravanas 
y  campamentos,  trabajan  los  meses  de  la  vendimia 
en  Cuyo,  o  los  de  la  zafra  azucarera  en  Tucumán, 
y  regresan  en  grandes  cabalgatas  a  sus  provincias, 
cuya  economía  recibe  con  regocijo  aquella  periódica 
irrigación  de  los  sabrosos  salarios  cobrados  por  sus 
contingentes  de  trabajadores. 

También  así  al  paso,  en  el  mismo  orden  de  ideas, 
recuerdo  otro  hecho  que  no  deja  de  ser  expresivo  : 
en  una  excursión  por  los  lejanos  territorios  del  Norte 
argentino,  allá  por  el  año  de  1903,  después  de  algu- 
nos dias  de  viaje  a  caballo  através  de  vastas  campa- 
ñas desiertas,  fui  a  encontrar  en  la  región  vecina  al 
Rio  Bermejo,  en  los  fértiles  contrafuertes  de  la  Sierra 
de  Calilegua,  los  poderosos  ingenios  azucareros  de 
I/cach  y  de  Ovejero,  que  hacían  sus  zafras  con  in- 
diadas de  los  Chacos  argentino  y  boHviano  —  los 
Tobas,   de   aventajada   estatura   y  hábitos   belicosos. 


I<a  Cruz  de  Fuego  71 

habitantes  del  Alto  Pilcomayo,  los  Matacos,  de  ob- 
tuso intelecto  y  pequeños  de  cuerpo,  pero  animosos 
en  el  trabajo,  y  los  Chiriguanos,  los  más  civilizados 
de  las  tres  « naciones »,  hombres  de  carácter  manso  y 
mujeres  aseadas  y  agradables.  Tribus  enteras,  alo- 
jadas en  rancherías  de  paja  hechas  expresamente 
(y  que  son  quemadas  todos  los  años  después  que  los 
indios  se  van),  acampaban  al  rededor  de  los  ingenios, 
trabajando  con  excelente  disciphna,  ya  en  el  corte 
de  la  caña,  ya  en  el  acarreo,  3'a  en  el  servicio  interno 
de  las  enormes  usinas,  donde  durante  toda  la  zafra 
el  trabajo  no  i)ara  un  minuto  ni  de  día  ni  de  noche, 
y  donde  las  peonadas  trabajan  bajo  el  comando  de 
capataces  y  jefes  de  máquinas  casi  invariablemente 
nacionales.  Aquellas  tribus  son  contratadas  allá  en 
sus  reductos  de  las  florestas  chaqueñas,  por  contrata- 
dores que  hacen  de  intermediarios  entre  los  dueños 
de  los  Ingenios  y  los  Caciques.  Discutidas  las  condi- 
ciones en  torno  del  fuego  del  Consejo,  acordadas  las 
remuneraciones  y  cerrados  los  tratos  (en  que  los 
indios  tienen  plena  confianza,  por  que,  por  el  propio 
interés,  los  contratadores  y  los  dueños  de  los  Inge- 
nios ponen  siempre  el  maj^or  escrúpulo  en  cumplir 
cuanto  fué  prometido)  las  tribus  emprenden  el  ca- 
mino a  pié,  con  mujeres,  niños,  perros,  algimos  caba- 
llos, cuanto  poseen.  Tardan  dos  o  tres  meses  en 
llegar  de  los  distantes  Chacos  a  Salta  y  Jujuy,  Tra- 
bajan allí  otros  tres  meses,  y  regresan  a  sus  tolderías 
cargados  de  objetos,  utensilios  y  telas,  que  por  re- 
gla general  prefieren  al  dinero  para  recibir  el  importe 
de  sus  salarios.  Llegué  al  ingenio  « Ledesma »  una 
semana  antes  de  acabar  la  zafra,  y  me  quedé  allí 
hasta  el  fin,  como  huésped  del  Doctor  David  Ove- 
jero, propietario  principal  de  la  usina.  Presencié  así, 
sin  más  propósito  que  el  de  una  natural  curiosidad, 
el  trabajo  de  los  indios,  sus  comidas  en  ranchos,  su 
vida  en  los  caseríos  de  paja,  sus  fiestas  de  los  domin- 
gos, y  finalmente  el  término  de  la  zafra,  celebrado 
con  bailes,  cantos  y  simulacros  guerreros,  el  pago 
general  y  la  partida  de  regreso  para  el  misterioso 
Chaco.    Había,   entre   hombres   y   mujeres,    cerca   de 


72  La  Cruz  de  Fuego 

dos  mil,  sin  contar  los  niños.  En  otros  años  había 
habido  hasta  tres  mil.  Solo  se  permitía  bebida  los 
domingos,  y  recuerdo  que  había  en  el  Ingenio  unos 
veinte  soldados,  un  sargento  y  un  oficial  de  poHcia, 
por  toda  custodia.  Y  puedo  decir  que  nunca  vi  en 
lugares  civilizados,  un  trabajo  de  multitudes  obreras 
tan  tranquilo,  hecho  de  tan  buena  voluntad,  ni  gente 
tan  satisfecha  volviendo  a  su  hogar.  Aquel  trabajo 
tan  ordenado,  tan  fácilmente  sistematizado,  sin  con- 
flictos ni  huelgas,  era  el  simple  resultado  del  trata- 
miento humano  y  justo,  y  del  contrato  respetado  y 
cumpHdo  honestamente. 

XXIII. 

«  GENTE   BUENO,   INDIO   CONTENTO  » 

De  que  regresaban  satisfechos  tuve  un  insospecha- 
ble y  original  testimonio,  que  en  esta  fácil  evocación  de 
sensaciones  pretéritas  me  es  agradable  recordar.  El 
día  en  que  fué  hcenciada  la  tribu  de  los  indios  Tobas, 
qua  partió  de  madrugada,  me  despedí  yo  también. 
Después  de  algunas  horas  de  trote  los  alcancé  poco  an- 
tes de  atravesar  uno  de  los  afluentes  del  Rio  Bermejo, 
creo  que  el  San  Francisco.  Me  adelanté,  atraído  por  el 
espectáculo,  y  detuve  el  caballo  en  la  margen  opuesta, 
en  lo  alto  de  una  barranca,  para  ver  a  la  indiada  atra- 
vesar el  río,  que  aunque  muy  ancho,  Uevaba  poco  cau- 
dal, llegando  apenas  a  la  rodilla.  Eran  unos  quinientos, 
hermosos  tipos,  fuertes,  de  anchas  espaldas,  y  venían 
en  cierta  formación,  los  hombres  delante,  precedidos 
por  el  Cacique,  pintarrajeados  y  armados  como  para 
una  expedición  de  guerra,  llevando  solo  el  arco  y  las 
flechas  ;  las  mujeres  en  el  centro,  conduciendo  el  botín 
del  trabajo,  con  un  paso  tardo  de  animales  cargueros  ; 
detrás,  muchachos  y  viejos  arreando  un  par  des  docenas 
de  carneros  y  cabras  —  3^  circulando  por  los  flancos, 
de  orejas  hirtas,  husmeando  el  posible  peUgro,  unos 
veinte  perros  de  monte,  flacos  y  vigilantes.  El  Cacique 
marchaba  al  frente,  altivo  y  digno  ;  en  la  cabeza,  en 
vez  del  cocar  de  los  otros,  una  galerita  con  una  pluma 
de  gallo  —  sobre  el  cuerpo  la  indumentaria  elementa. 


La  Cruz  de  Fuegc  73 

de  la  floresta  —  e  iba  tocando  con  gravedad  una  espe- 
cie de  flautita  de  marinero  —  una  pequeña  marimba  — 
con  la  cual  incansablemente  hacia  escalas,  para  arriba  y 
para  abajo.  Así  atravesó  el  rio,  tropezando  y  casi  cayen- 
do tres  o  cuatro  veces,  pero  sin  perder  su  compostura 
ni  sacar  el  instrumento  de  la  boca.  Pasaba  a  mi  lado  sin 
mirarme  ;  pero  cuando  le  dirigí  la  palabra  se  detuvo  con 
cierta  cortesía  altanera.  Procuré  perdirle  impresiones, 
conversar,  pero  poco  me  entendía  ;  hasta  que  percibió 
que  le  preguntaba  algo  de  los  patrones  y  del  trabajo. 
Entonces  respondió,  perentorio  y  lacónico  :  «Gente 
bueno ;  indio  contento  ».  Hizo  un  gesto  de  comando  a 
su  tribu  sin  volver  la  cabeza  y  retomó  la  marcha,  to- 
cando serenamente  su  pequeña  marimba. 

Ya  conté  en  irn  libro  algunas  de  estas  cosas  con  más 
pormenor,  especialmente  las  zafras  de  Tucumán  y 
Mendoza,  hechas  por  las  excelentes  peonadas  nativas  (*); 
pero  la  simple  mención  basta  para  hacer  reflexionar  en 
la  forma  en  que,  tanto  las  gigantescas  bodegas  cuyanas 
cuanto  los  poderosos  ingenios  tucumanos  y  jujeños 
(y  posteriormente  las  usinas  de  arroz  y  de  algodón  y  los 
obrajes  de  los  territorios  argentinos  del  Chaco  y  Formosa) 
atienden  a  las  grandes  exigencias  de  brazos  de  sus  za- 
fras y  cosechas  con  operarios  nacionales,  y,  como  se 
vio,  hasta  con  el  concurso,  que  más  nacional  no  puede 
ser,  de  las  tribus  chaqueñas.  No  podría  el  Brasil  resolver 
de  modo  semejante,  por  lo  menos  en  gran  parte,  y  con 
gran  provecho  para  su  economía  y  para  su  gente  nativa, 
el  problema  de  su  cosecha  cafetera,  con  una  bien  estu- 
diada y  bien  preparada  mobilización  de  contingentes 
formados  principalmente  con  los  fuertes  y  frugales 
trabajadores  del  Ceará  y  de  los  vecinos  Estados  del 
Noroeste  ?  Es  probable  que  el  Estado  Mayor  del  Ejér- 
cito, que  tiene  necesariamente  organizados  en  todos 
los  Estados  sus  servicios  de  mobilización,  pudiese 
prestar  a  aquél  fin  un  concurso  precioso,  como  lo  hace 
el  nuestro,  en  el  Uruguay,  para  auxiliar  en  la  lucha 
contra  la  langosta  durante  las  grandes  invasiones,  donde 
el  Ejército  coopera  eficazmente  con  la    Defensa  Agrí- 

(*)  «La  Nación  en  Marchan  (Buenos  Aires,  1904). 


74  Iva  Cruz  de  Fuego 

cola.  Y  no  sería  interesante  una  opinión  del  General 
Rondón  sobre  la  posibilidad  de  que  los  selvícolas  del 
Oeste  patdista  o  del  vecino  Matto-Grosso,  diesen  a  la 
cosecha  cafetera  la  cooperación  que  las  tribus  chaque- 
ñas  dan  a  los  Ingenios  de  Salta,  Jujuy  y  Formosa  ? 
No  hay  —  dice  el  viejo  Michelet  con  la  penetración  de 
su  glorioso  altruismo  —  no  hay  aptitud  inútil  ni  fuerza 
perdida  en  el  seno  de  la  Naturaleza !  » 


XXIV. 

I,A  TAYI^ORIZACIÓN   DEI.   BRAZO   NACIONAL 

En  todo  caso,  la  cuestión  de  los  indígenas  es  una 
cuestión  lateral  y  accesoria,  de  poca  importancia  ma- 
terial, lya  cuestión  superior  es  esta  :  sacar  de  las  po- 
blaciones nativas  el  ma^^or  resultado  posible  que,  en 
relación  al  Brasil,  falta  mucho  para  ser  alcanzado, 
como  lo  demuestra  un  simple  cotejo  estadístico  del  ca- 
pital demográfico  de  los  principales  países  de  la  Amé- 
rica del  Sud  y  de  los  intereses  que  cada  uno  de  ellos  ob- 
tiene de  ese  capital  en  forma  de  riqueza  producida  y 
aprovechada  en  su  comercio  exterior.  El  propio  Bra- 
sil liizo  la  mejor  demostración  de  que  sus  fuerzas  no 
están  más  que  parcialmente  empleadas,  cuando,  durante 
la  guerra,  el  gobierno  del  patriota  Presidente  Braz 
hizo  im  llamado  a  las  energías  de  la  Nación.  La  produc- 
ción surgió,  saltó,  tripHcó,  precisamente  cuando  paraba 
la  inmigración  y  muchos  trabajadores  extranjeros  par- 
tían para  la  guerra.  Riquezas  nuevas  surgieron.  La  es- 
tadística de  la  exportación,  que  solo  registraba  en  sus 
resúmenes  mensuales  ocho  principales  artículos,  pasó 
a  registrar  arriba  de  treinta.  Tal  es  la  experiencia  de 
una  intensificación  de  las  fuerzas  de  la  nación  laboriosa, 
improvisada,  y  naturalmente,  sin  la  coherencia  ni  la 
profundidad  necesaria.  Si  se  admitiera  la  hipótesis 
de  que  el  Brasil  pudiese  quedar  durante  veinte  años  con 
la  misma  población  que  hoy  tiene,  podría  dar  al  fin 
de  ese  tiempo  tres  o  cuatro  veces  mas  de  lo  que  actual- 
mente da,  sin  necesidad  sino  de  preparar,  coordenar, 
disciplinar    mejor    sus    propias    fuerzas    demográficas. 


La  Cruz  de  Fuego  75 

consagrando  al  nativo  un  interés  más  prospectivo  y 
más  profundo.  En  ese  sentido  registra  algima  página  de 
«  O  Gigante  Deitado  »  ima  tendencia  puesta  en  acción 
en  IVIinas  Geraes  por  la  administración  Bernardes. 
Aquél  mismo  espíritu  generalizado  a  toda  la  nación  — 
como  desde  la  Presidencia  de  la  Unión  brasilera,  para 
donde  acaba  de  ser  llamado  por  el  voto  de  sus  conciu- 
dadanos, podrá  obtener  que  sea  hecho  quién  ya  lo 
inició  con  brülo  en  su  Estado  —  dará  un  resultado  que 
sorprenderá  a  sus  propios  evangehzadores,  por  muy 
optimistas  que  sean.  Solo  con  duplicar  la  capacidad 
productora  de  la  nación,  que  en  el  caso  del  Brasil  es 
cosa  más  fácil  y  rápida  de  lo  que  puede  parecer,  los 
treinta  y  seis  millones  de  brasileros  pasan  a  ser  econó- 
micamente setenta  y  dos  millones,  con  la  circimstancia 
de  que  aumentan  su  producto  en  esa  proporción,  pero 
no  su  gasto.  Duplican  la  exportación,  la  riqueza  creada, 
pero  poco  aumentan  la  importación  porque  los  consu- 
midores son  los  mismos.  La  escuela  prácticamente 
orientada  ;  la  enseñanza  profesional  y  técnica  intensi- 
ficada tenazmente  ;  la  enseñanza  agro-pecuaria  ambu- 
lante enérgicamente  difundida  por  todas  las  comarcas 
y  por  todas  las  formas  como  el  medio  seguro  de  —  ense- 
ñando directamente  al  trabajador  —  aumentar  sur 
place  la  condición  productiva  del  trabajo  ;  la  transfor- 
mación sistemática  de  los  huérfanos,  de  los  campesinos 
pobres,  de  los  asalariados  nacionales,  en  colonos,  en 
agricultores  propietarios ;  la  mobilización  metódica 
de  los  trabajadores  siguiendo  la  rotación  de  las  cultu- 
ras regionales  para  que  el  brazo  nacional  produzca  un 
cuociente  mayor  que  el  mínimo  que  hoy  produce  ;  la 
ejecución  vigorosa  y  sistemática  de  la  ley  de  profilaxia 
y  saneamiento  del  país,  para  que  el  habitante  de  las 
regiones  flageladas,  redimido  y  curado  de  endemias  de- 
primientes, readquiera  y  utilice  su  iniciativa  empren- 
dedora y  el  gusto  por  el  trabajo  que  tiene  cuando  está 
en  buena  salud  —  esas  y  otras  medidas  —  algunas  de 
ellas  ya  puestas  en  obra  —  coordenadas  en  im  programa 
y  ejecutadas  con  tenacidad,  harán  en  dos  generaciones 
el  sencillo  müagro. 


76  La  Cruz  de  Fuego 

XXV. 

NACIONAI.TSMO  POBI^ADOR 

Tal  es,  sin  duda  alguna,  la  forma  más  inteligente, 
más  útil  y  más  alta  que  puede  el  nacionalismo  asumir 
en  nuestra  América,  Sin  perjuicio  de  que  los  inmigran- 
tes que  quieran  colaborar  en  nuestra  obra  para  su  y 
nuestro  provecho,  sean  siempre  bienvenidos  y  encuen- 
tren nuestras  puertas  y  nuestros  brazos  abiertos  ;  y 
hasta  debemos  pensar  en  preparar  las  cosas  y  las  leyes 
para  que  ellos  encuentren,  no  con  preferencia,  como 
hasta  ahora,  pero  sí  a  la  par  de  los  nativos,  lo  que  no 
consiguieron  en  su  patria  :  el  ideal  de  la  tierra  propia, 
que  debemos  poner  a  su  alcance,  en  formas  accesi- 
bles, tanto  a  los  que  tengan  haberes  cuanto  a  los  que 
solo  posean  la  ambición  de  hacer  su  camino,  constancia 
y  buena  voluntad.  Es  este  un  problema  trascendental 
para  todos  nosotros,  cuya  solución  contiene  el  secreto 
de  nuestra  prosperidad  pacifica.  En  el  Uruguay,  que 
ha  solido  ser  uno  de  los  campos  de  experimentación  del 
progreso  sudamericano,  tiene  el  Congreso  en  estudio  una 
idea,  articulada  en  un  proyecto  de  ley  por  el  diputado 
(actualmente  miembro  del  Consejo  Nacional  de  Adminis- 
tración) Sr.  JuHo  Maria  Sosa,  que  en  su  mecanismo 
simple  contiene  quizá  la  solución  ideal,  por  lo  menos 
para-  los  paises  que  aún  disponen  de  tierras  extensas  a 
precios  accesibles.  Explicóla  su  propio  autor  hablando  a 
un  periodista  de  Rio  Janeiro  (*),  en  términos  que  me 
brindan  la  manera  de  coronar  estas  reflexiones  con  una 
palabra  de  vibración  y  autoridad.  Después  de  haber 
expresado  cómo  el  Uruguay,  bajo  la  orientación  poli- 
tico-social  de  Batlle  y  del  partido  gobernante,  llegó  a 
ser  precursor  en  América  de  las  ocho  horas,  de  la  regla- 
mentación del  trabajo  de  las  mujeres  y  los  niños,  de  la 
semana  inglesa,  de  la  « ley  de  la  silla  »,  del  divorcio, 
de  las  pensiones  a  la  vejez,  del  derecho  absoluto  de 
huelga,  del  salario  mínimo  para  los  trabajadores  rura- 
les, de  la  nacionalización  de  los  servicios  de  interés  pú- 

(*)  Ver  «  Jornal  do  Comercio  »  de  Rio  de  Janeiro  de  4  de 
agosto  de  1920. 


La  Cruz  de  Fuego  77 

blico,  de  la  distribución  de  utilidades  de  las  empresas 
del  Estado  entre  obreros  y  empleados,  de  la  jubilación 
de  empleados  particulares,  de  ferrocarriles,  comercio, 
bancos,  industrias,  de  las  pensiones  a  los  niños  desam- 
parados, de  la  alimentación  de  los  obreros  sin  trabajo 
por  cuenta  del  Estado,  etc.,  respondió  el  legislador 
uruguayo  a  una  pregunta  respecto  de  las  ideas  domi- 
nantes en  el  Uruguay  en  materia  de  organización  del 
trabajo  agrario,  con  este  resumen  intenso  y  claro,  que  en 
su  concisión  contiene  un  programa  completo,  con  prin- 
cipios, medios  y  fines,  y  que  irá  bien  aqui  porque  ar- 
moniza con  la  orientación  idealista  y  con  el  cordial 
sentimiento  que  inspira  estas  páginas  :  « El  ideal  se- 
« ría  que  la  tierra  no  perteneciese  a  nadie.  Debería 
« ser  im  patrimonio  común  porque  es  un  bien  que  a 
« nadie  se  debe  ;  pero,  estando  las  cosas  como  están 
«  organizadas,  la  propiedad  es,  sin  duda,  un  gran  ele- 
«  mentó  de  bienestar  colectivo  y  de  defensa  social.  To- 
«  do  el  mundo  aspira  a  tener  un  pedazo  de  tierra  o  un 
« techo  propio  ;  y  esta  aspiración  es  tan  fuerte  y  tenaz 
«  en  el  hombre  culto  como  en  el  más  humilde  trabajador 
« de  los  campos.  Procuramos  entonces  orientar  nues- 
« tra  legislación  en  ese  sentido  :  y  con  tal  fin  presenté 
«a  la  Cámara,  con  el  diputado  Tabarez,  un  proyecto 
« por  el  cual  se  adquirirán  como  ensayo  cinco  mil 
«  hectáreas  de  tierra  en  cada  uno  de  nuestros  diez  y 
«  nueve  departamentos,  para  entregarlas  en  propiedad 
« a  agricultores,  después  de  qtiince  años  de  trabajo, 
« mediante  un  módico  arrendamiento,  siempre  que  su 
« acción  productora  llene  determinadas  condiciones  que 
« el  Estado  fijará.  La  principal  ventaja  que  espero 
« de  esta  fórmula,  es  vincular  el  labrador  a  la  tierra, 
«  que  por  ser  suya,  lo  estimulará  fuertemente  a  reali- 
«  zar  un  trabajo  más  perfecto,  más  regular,  y  en  con- 
«  secuencia  más  remunerador  para  él  y  para  la  sociedad. 
«  Pasará  así  el  trabajador  agrario,  como  el  obrero  ur- 
«  baño  que  se  hace  propietario,  a  ser  un  elements  de  orden 
« y  de  paz,  siendo  al  mismo  tiempo  factor  de  bienestar 
« económico  y  social.  Desgraciadamente,  nuestros  es- 
«  casos  recursos  financieros  y  los  altos  precios  ya  al- 
« canzados  en  nuestro  país  por  la  tierra,  no  nos  per- 


78  I/a  Cruz  de  Fuego 

« miten  ir  a  ese  desiderátum  de  la  transformación 
«  del  labrador  en  propietario  sino  por  pequeñas  jornadas. 
«  Pero  el  Brasil,  con  esa  fórmula  ú  otra  análoga  que  mejor 
« responda  a  sus  peculiares  conveniencias,  qué  obra 
«  gigantesca  de  pacificación  social  y  de  prosperidad  po- 
ce dría  hacer  en  poco  años,  con  formidables  recursos 
« financieros  aún  no  empleados,  con  inmensidad  de 
« tierras  óptimas  en  el  Sud,  en  el  Centro,  en  el  Noroeste, 
«  a  precios  todavía  ínfimos,  y  con  gobiernos  dotados  de 
«  facultades  legales  y  de  capacidad  para  las  más  vas- 
« tas  e  intrépidas  realizaciones  !  », 

El  pensamiento  contenido  en  esa  fórmula  no  puede 
dejar  de  despertar  vivo  interés  y  simpatía.  Tendrá  o 
nó  la  suerte  de  ser  el  molde  final  de  la  idea  que  crista- 
liza en  el  hecho  dinámico,  pero  en  todo  caso,  imprime 
una  orientación  nueva  al  estudio  del  problema,  porque 
sin  contener  el  régimen  odiosamente  limitativo  de  la 
venta,  excluye  la  forma  inmoral  de  la  cesión  graciosa, 
creando  una  modalidad  intermedia,  por  la  cual  el  agri- 
cultor paga  la  tierra,  pero  paga  con  un  valor  que  él 
posee  en  potencia  —  con  el  primer  valor  que  el  Creador 
del  mundo  bíblico  puso  en  circulación  —  el  sudor  de 
la  frente  —  valor  que  él  convierte  en  trabajo  produc- 
tivo y  va  entregando  anualmente,  como  si  fuesen  cuo- 
tas en  especie,  no  al  Tesoro  del  Estado  sino  al  acerbo 
de  la  economía  nacional.  El  Brasil,  la  Argentina,  el  Perú, 
Bolivia,  Ecuador,  Venezuela,  Colombia,  Méjico,  todos 
los  países  aún  ricos  en  extensiones  fiscales  o  fácilmente 
expropiables  por  motivos  de  utilidad  pública,  podrán 
reducir  a  diez  años  la  obhgación  de  la  fórmula  Sosa,  que 
quizá  trae  consigo,  por  lo  menos,  el  elemento  esencial 
de  una  solución  superior  del  problema  —  porque  pone 
en  manos  de  todos  los  hombres  de  acción  y  voluntad 
el  medio  de  comprar  su  independencia  con  la  más  legal 
y  la  más  moral  de  las  monedas,  en  prestaciones  de 
trabajo  realizado  y  de  deber  cumpHdo, 

Todo  esto  prueba  que  no  nos  faltan,  ni  al  Brasil,  ni 
a  los  demás  países  del  continente,  medios  de  seguir  ade- 
lante, casi  al  mismo  paso,  aun  cuando,  por  tiempo  más 
o  menos  largo,  tuviésemos  que  valemos  únicamente 
de  nuestros  propios  medios.  Pero  es  preciso  hacer,  es 


La  Cruz  de  Fuego  79 

preciso  proceder,  porque  el  futuro  está  esperando. 
Aquél  gigante  acostado  que  impresionó  mi  retina  y 
mi  espíritu  en  una  clara  mañana  de  1908,  sólo  continua 
acostado  en  la  prodigiosa  síntesis  que  de  su  estatura 
geográfica  quiso  hacer  el  Creador,  para  pasmo  de  ojos 
humanos,  en  aquella  estatua  hecha  de  montañas. 
En  espíritu,  el  gigante  tropical  está  hace  tiempo  en 
pié,  y  trabaja  sin  reposo,  movido  por  el  afán  de  su  inmi- 
nente grandeza.  Sóbrale  fuerza,  corazón  y  genio.  Sólo 
le  falta  —  dejando  .siempre  abiertas  las  puertas  de  su 
hidalga  hospitalidad  a  la  caravana  europea  que  por 
su  propia  conveniencia  ha  de  ir  a  llenarle  los  saluda- 
bles y  ricos  territorios  —  coordenar  mejor  sus  propios 
medios  de  acción,  aprovechar  mejor,  « taylorizar », 
aunque  en  formas  simples,  sus  propias  y  extraordina- 
rias energías,  para  ofrecer  a  las  miradas  y  a  la  simpatía 
del  mundo,  la  evidencia  de  su  plena  capacidad  para 
un  destino  grandioso.  El  gigante  que  aun  duerme  es 
el  genio  de  nuestra  raza,  es  el  buen  gigante  latino- 
americano, que  reposa  descuidado,  en  la  inconsciencia 
del  misterioso  peligro  que,  para  los  que  duermen  el  sueño 
de  la  imprevisión,  puede  venir  en  la  alforja  de  cada 
caminante  que  llega,  o  en  el  seno  electrizado  de  cada 
nube  que  pasa. 

XXVI. 

CONVOCACIÓN  DE   I.A   VANGUARDIA 

Juventud  !  Alma  nuestra  ! 

«  El  Gigante  Acostado  »  es  un  resumen  de  doce  años 
de  labor,  pero  no  es  en  un  archivo  :  es  un  campo  de 
trabajo,  donde  la  acción  comenzada,  continúa.  Nada 
viene  en  él  que  no  tenga  derecho  a  una  supervivencia, 
por  servicios  a  prestar,  no  por  méritos  hechos  :  nada 
vuelve  en  la  vanidad  de  quien  ganó  un  titulo  de  gloria, 
sino  en  la  ansiedad  y  en  la  esperanza  de  quien  aun  no 
llegó  al  fin  de  su  propósito,  ni  quemó  todo  el  aceite 
de  su  lámpara.  I^a  mayor  parte  de  los  trabajos  resumidos 
en  esos  dos  volúmenes  pueden  obrar  por  sí  mismos,  sin 
precisar  presentación  que  los  favorezca  ni  comentario  que 


8o  lya  Cruz  de  Fuego 

los  confirme.  Pero  sobre  dos  de  ellos  desearía  atraer  una 
predilección  simpática,  por  su  valor  actual  como  agen- 
tes de  prestigio  y  de  fuerza  moral  para  nuestro  conti- 
nente y  para  nuestra  raza.  Refiérese  uno  a  la  organi- 
zación del  turismo  continental,  y  el  otro  a  la  creación, 
bajo  ciertas  condiciones,  de  una  Confederación  Olím- 
pica, que  está  propuesta  para  la  América  del  Sud  pero 
que  debe  ser  latino-americana.  Está  explicado  el  por- 
menor de  esas  ideas,  el  pmito  de  que  partieron,  el  ca- 
mino que  hicieron  y  los  fines  a  que  aspiran.  La  organi- 
zación del  turismo  por  un  acuerdo  de  las  capitales  lati- 
no-americanas (*)  decidiendo  contratar  la  cooperación 
de  organizaciones  ya  existentes  tan  sabidamente  efi- 
caces como  la  Agencia  Cook  y  la  empresa  Baedecker, 
es  una  idea  simple  y  clara,  que  no  puede  tener  sino  pro- 
sélitos, y  cuya  organización  sólo  depende  de  que  una 
de  nuestras  capitales  decida,  pero  con  profunda  deci- 
sión, iniciar  el  movimiento.  La  Confederación  Olím- 
pica está  iniciada  de  hecho  por  la  acción  armónica  de 
las  sociedades  deportivas  ;  pero  cuanto  mayor  volumen 
adquieren  ellas,  cuanto  mayor  espacio  exigen  para  la 
expansión  de  sus  viriles  gallardías,  más  evidentemente 
se  impone  al  espíritu  la  necesidad  de  dotarlas  de  órga- 
nos directivos  superiores,  de  una  alta  autoridad  in- 
contestable que  le  amplíe  los  horizontes,  le  aproveche 
todas  las  energías,,  le  evite  el  desgaste  de  las  fricciones 
inútiles  y  de  los  choques  irritantes.  Por  otra  parte, 
ahora,  la  acción  internacional  coordenada  es  casi  exclu- 
sivamente la  del  foot-ball ;  y  el  ideal  útil,  que  se  abre 
camino  y  se  impone,  es  el  de  organizar  el  atletismo  in- 
tegral, para  el  cultivo  metódico  de  todas  las  discipH- 
nas  físicas  por  la  mayor  cantidad  posible  de  ciudadanos 
de  las  diversas  naciones,  con  un  criterio  de  raza  y  ima 
finalidad  sohdaria.  Las  cartas  que  tratan  de  esta  ini- 
ciativa permiten  limitar  aquí  la  referencia  a  im  toque 
de  atención.  Tengo  la  impresión  de  que  esta  vez  lle- 
garemos a  la  hora.  Las  juventudes  de  las  naciones  que, 
a  favor  de    su  vecindad    geográfica,    están    espontá- 

(*)  «  O  Gigante  Deitado  »,  Vol.  II,    pag.  206 :  Pela  nossa 
raga,  na  nossa  América. 


La  Cruz  de  Fuego  8i 

neamente  formando  el  núcleo  inicial  de  la  unión  de- 
portiva latino-americana  —  Argentina,  Brasil,  Chile, 
Uruguay  y,  desde  ayer,  el  Paraguay  —  ofrecen  un  espec- 
táculo espléndido  de  bravura  gentil,  de  emulación 
ardiente,  de  admirable  cultura.  Hombres  de  las  mayo- 
res responsabilidades  y  de  la  más  conspicua  signifi- 
cación —  basta  recordar  a  Aldao,  Toulouse,  Juana- 
rena,  en  la  Argentina  ;  Batlle  y  Ordoñez  (a  quien  se  debe 
la  excelente  lycy  de  Cultura  Física  uruguaya),  Smith, 
Ghigliani,  Gómez,  Sosa,  Sierra,  en  el  Uruguay ;  Guin- 
le  y  Prado  Júnior  en  el  Brasil ;  Alessandri  y  Matte  Gor- 
maz  en  Chüe,  con  su  esfuerzo,  con  su  tiempo  y  con  su 
prestigio,  sirven  la  causa,  —  y  los  pueblos,  desde  sus 
élites  hasta  sus  capas  más  profundas,  vibran  de  emo- 
ción en  las  luchas  y  consagran  los  nombres  de  los  ven- 
cedores con  ardor  ateniense.  Chile,  campeón  atlético 
de  América  por  tres  veces  consecutivas,  recibe  a  Jor- 
quera  que  vuelve  vencedor  de  la  Marathón,  en  tiempo 
record  del  mundo,  en  las  OHmpiadas  de  Buenos  Aires, 
con  una  ovación  que  sacude  a  las  multidudes  desde  el 
valle  del  Aconcagua  hasta  el  archipiélago  de  Chiloé, 
en  un  deHrio  de  entusiasmo  y  de  viril  orgullo  ;  el  pue- 
blo le  regala  una  casa  y  Matte  Gormaz,  Ministro  del 
Exterior,  paga  de  su  pecuHo  el  viaje  de  Jorquera  y  de 
Medina,  también  campeón  sudamericano,  para  que 
vayan  a  disputar  por  Chile,  en  la  arena  de  Amberes, 
el  campeonato  del  mundo.  La  Argentina,  flamante 
campeón  sudamericano  de  foot-ball  y  tennis,  organiza 
con  tenaz  decisión  su  atletismo,  improvisando  tor- 
neos de  prueba  y  estímulo  donde  impresiona  el  enor- 
me número  de  concurrentes,  —  y  la  representación 
argentina  que  fué  a  Chile  en  1920,  improvisada  en  se- 
manas, con  una  preparación  deficiente  en  el  tiempo, 
escasa  en  el  número,  supo  conquistar  para  sus  colores 
por  Entrecasas  y  Rodríguez  Jurado,  dos  records  suda- 
mericanos. El  Brasil,  que  aún  no  participó  en  ningún 
torneo  atlético  internacional,  improvisa  febrilmente 
su  atletismo,  que  no  data  ni  de  dos  años,  pero  que  acaba 
de  demostrar  la  cahdad  de  sus  hombres  :  una  vez  cam- 
peón de  foot-ball,  prácticamente  invencible  en  nata- 
ción y  water-polo  —  por  felices  modalidades  del  am- 


82  La  Cruz  de  Fuego 

biente  que  le  permiten  entrenarse  todo  el  año  en  mar 
—  primero  en  pistola  y  segmido  en  rowing  en  Amberes, 
acaba  de  batir  dos  records  sudamericanos  en  carrera 
y  salto.  Bl  Uruguay,  tres  veces  campeón  de  foot-ball, 
campeón  de  volley  y  basket-ball,  detentor  de  diez 
records  sudamericanos  sobre  veintidós  pruebas  olím- 
picas, compensando  el  reducido  número  de  sus  atle- 
tas con  la  extraordinaria  calidad  de  algunos  de  ellos 
como  Esteves  Martin,  Fernandez,  Patino,  Di  Luca, 
Gradin,  Mazzali,  Rivas,  Gómez  Harley,  Recine,  Berrutti 
y  tantos  otros,  marcha  a  tomar  puesto  de  vanguardia 
en  el  atletismo  sudamericano,  mejorando  posiciones 
año  por  año,  y  proclamando  su  esperanza  de,  en  este 
de  1922,  coronar  el  esfuerzo  colectivo  con  el  título 
máximo.  Finalmente,  el  Paraguay,  que  acaba  de 
despertar  a  la  vida  del  deporte,  batió  el  año  pasado, 
netamente,  con  maravilla  del  mundo  deportivo,  al 
aguerrido  «  once  »  uruguayo,  tres  veces  campeón,  y  a 
quien  por  adelantado  se  le  atribuía  la  victoria.  Éramos 
cuatro  hasta  ayer.  Hoy  somos  cinco.  Mañana  podremos 
ser  diez.  No  pararemos  hasta  ser  diez  y  ocho.  Pero  urge 
organizar  esa  fuerza  magnífica,  que  se  revela  a  la  luz 
del  sol,  en  la  arena  de  las  luchas  hidalgas,  de  una  manera 
coherente  y  prudente,  para  que  las  pugnas,  tanto  en 
el  interior  como  en  el  exterior,  puedan  llegar  al  máxi- 
mum del  ardor  varonil  y  a  lo  más  vehemente  de  las 
viriles  rivalidades,  sin  caer  nunca  en  la  riña  o  en  el 
conflicto,  que  siempre  dejan  cicatrices.  En  el  terreno 
deportivo,  donde  las  susceptibilidades  del  amor  pro- 
pio se  hipertrofian,  especialmente  entre  campeones 
de  países  diferentes,  la  ruptura  de  las  relaciones  equi- 
vale a  una  especie  de  estado  de  guerra.  Así,  por  causa 
del  deporte  apasionado  y  desigualmente  gobernado, 
ha  habido  entre  agrupaciones  del  mismo  país  y  lo  que 
es  más  grave,  entre  Federaciones  de  países  hermanos, 
diversas  pequeñas  declaraciones  de  guerra.  .  .  .  Eso 
siempre  es  ingrato  y  podría,  en  un  momento  dado, 
ser  fvmesto  :  a  tal  punto,  que  si  no  hubiese  medio  de 
evitar  que  los  campeonatos  sean  eventuales  factores 
de  discordia,  más  valdría  suprimirlos.  Afortunada- 
mente hay  medios,  —  y  yo  los  creo  contenidos  en  el 


La  Cruz  de  Fuego  83 

proyecto  de  ley  del  Diputado  Roca  (*)  —  hay  medios 
de  coordinar,  de  una  manera  fuertemente  orgánica, 
esa  fuerza  magnífica,  para  que  una  y  no  separe  ;  para 
que  la  vasta  acción  funcional  de  las  corporaciones  depor- 
tivas se  desenvuelva  dentro  de  una  estrecha  y  fácil 
disciplina  ;  para  que  sus  funciones  se  extiendan  siste- 
máticamente a  toda  la  masa  de  nuestros  pueblos,  dan- 
do al  deporte  una  significación  política  eminente,  ade- 
más de  su  alta  significación  educativa  y  social ;  para 
que  los  vencedores  sean  aclamados  sin  amargura 
aun  en  casa  de  los  vencidos,  sintiendo  todos  que  la 
victoria  de  un  campeón  nuestro  es  ima  victoria  déla 
raza  ;  para  que,  en  fin,  en  los  días  gloriosos  de  las  Olim- 
piadas, por  encima  de  los  alardes  del  músculo,  de  los 
lances  de  la  destreza  y  del  coraje,  por  encima  délos 
campeones  de  pies  ligeros,  de  músctilos  estatuarios, 
de  ojo  certero  y  ardiente  corazón,  por  encima  de  las 
banderas  multicolores  y  de  las  multitudes  vibrantes, 
tutelar  y  previdente,  plañe  un  designio  superior.  Así 
conquistarán  nuestras  juventudes  el  derecho  de  ser 
ellas  las  incumbidas  de  mantener  encendida  y  pasar 
de  mano  en  mano,  viril  y  alegremente,  la  antorcha 
simbólica  de  nuestra  fraternidad  ;  y  de  ser  también 
ellas  las  primeras  en  encender,  si  fuese  preciso,  en  la 
llama  de  nuestros  volcanes,  del  Aconcagua  al  Popoca- 
tepetl,  la  Cruz  de  Fuego,  que  hoy  invita  a  la  unión 
y  es  signo  de  concordia,  —  pero  que  si  nuestra  Liber- 
tad lo  pide  y  el  Destino  lo  manda,  será  nuestro  inven- 
cible signo  de  combate. 

XXVII. 

EN  I.OS  OJOS  DE  I<A  ESFINGE 

El  día  en  que  empecé  a  escribir  estas  líneas  creí 
que  me  bastaría  una  vigilia  para  llegar  al  fin,  desde 
que  solo  quería  poner  al  frente  de  «  El  Gigante  Acos- 
tado )),  ya  impreso  y  sólo  aguardando  una  seña  mia 
para  entrar  al  mundo,  una  palabra  inicial. 

Era  en  uno  de  esos  maravillosos  tramontos  romanos 

(*)  Presentado  al  Congresso  Argentino  en  1918,  creando  el 
Consejo  Nacional  de  Cultura  Física. 


84  La  Cruz  de  Fuego 

que  parecen  teñidos  en  sangre  de  rosas.  Todo  queda,  — 
en  el  mundo  y  en  los  cielos,  las  nubes  y  las  cosas,  — 
todo  queda  como  bañado  en  ese  divino  color,  que  más 
que  un  color  parece  im  rubor  de  la  tarde,  una  suave 
emoción  de  la  Naturaleza.  No  sé  si  aquel  color  augural 
que  me  encantaba  los  ojos  entró  también  en  mi  espí- 
ritu ;  porque  en  aquella  última  hora  del  día,  tuve  una 
sensación  de  amanecer.  Debía  ser  efecto  de  la  simpatía 
penetrante  de  la  hora,  porque  sentí  también  la  impre- 
sión singular  de  que  algo  del  alma  imiversal,  del  alma 
excelsa  de  los  astros  y  del  alma  humilde  de  las  cosas, 
penetraba  en  mi  alma,  y  de  que  el  corazón  de  mi  raza, 
de  la  América  Una  y  Nuestra,  el  corazón  de  la  Huma- 
nidad entera,  palpitaba  en  mi  corazón.  Miré  largamente 
el  tramonto,  que  con  la  vaga  dulzura  de  un  sueño,  se 
desvanecía.  Y  entonces  me  pareció  que  tenía  algo  que  decir. 

Casi  a  mis  pies,  el  agua  rubia  del  Tíber,  siempre 
otra  y  siempre  la  misma,  venida  de  su  fuente  purísima 
pero  arrastrando  al  paso  detritus  y  tragedias,  pasaba, 
con  im  vago  murmullo,  a  perderse  en  el  mar. 

Ilusión !  pensé :  ilusión  formidable  y  excelsa ! 
Ilusión  de  paz,  de  amor,  de  concordia  humana  ;  ilu- 
sión que  naciste  con  los  remotos  tiempos !  Ilusión 
transitoria  y  eterna  !  Tú  también,  como  las  aguas  del 
Tíber,  siempre  la  misma  y  siempre  otra,  nacida  purí- 
sima y  enturbiada  en  amargos  contactos  con  la  pasión 
de  los  hombres,  tú  también  ilusión,  como  las  aguas  del 
Tíber,  vas  a  perderte  en  el  mar  ? 

Pasaron  dos  lentas  semanas.  I^a  palabra  inicial  que 
pretendía  escribir,  contrariando  la  inchnación  seden- 
taria de  mi  naciente  escepticismo  que  más  de  una  vez 
se  encogió  de  hombros  murmurando  « ¿  para  qué  ?  » 
se  acordó  de  que  tenía  alas,  voló  más  allá  de  mi  especta- 
tiva,  se  aproximó  al  Futuro  y  puso  el  oído,  miró  de 
frente  al  Enigma,  se  fué  en  los  tiempos,  entró  en  la  noche. 

¿  Entró  realmente  en  la  noche  ?  .  .  . 

Termino  aquí  estas  palabras  sin  saber  si  quedó 
escrita  la  palabra  inicial.  Sin  embargo,  ésa  era  la 
única  que  habría  deseado  escribir. 

Roma,   Lungotevere,   8  de  abril  de  ig22. 


índice 


Pag. 

I  El  Gigante  acostado 7 

II Asuntos  de  familia 9 

m Cada  vino  en  su  ordre 12 

IV Sin  rumbo  y  sin  programma 13 

V La  lección  del  pasado 14 

VI Programa  político 20 

Vn  Consejo  de  familia 24 

Vm  Las  dos  Américas 27 

IX  Revista  homérica 30 

X Luces  en  el  camino 33 

XI  La  piedra  de  toque 36 

Xn La  zona  de  fuego 39 

Xm E  pluribus  unum  ! 43 

XIV Los  nuevos  tiempos 45 

XV Las  dos  llaves  de  la  América  latina 48 

XVI Horizontes  económicos 53 

XVII El  amplexo  de  acero 55 

XVTII  ....  La  unidad  de  los  destinos 59 

XIX  Los  trabajos  y  los  dias 61 

XX Anunciaciones 65 

XXI  La  fuerza  y  el  hombre 66 

XXII Reservas  olvidadas 70 

XXin  ....  «Gente  bueno,  indio  contento». 72 

XXIV  La  taylorización  del  brazo  nacional 74 

XXV Nacionalismo  poblador    . 76 

XXVI Convocación  de  la  vanguardia 79 

XXVII  ...  En  los  ojos  de  la  esfinge 83 


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V  Bernárdez,  Manuel 

1418  La  cruz  de  fuego 

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